Enmanuel Macron
El presidente francés, Emmanuel Macron en el palacio del Eliseo de París. | Christophe Morin/Bloomberg

Emmanuel Macron ha recibido el prestigioso premio Carlomagno, íntimamente ligado con la construcción europea. Desplomado el Imperio romano occidental en 476 (el oriental duraría casi mil años más), la noción imperial revivió en occidente con Carlomagno, coronado Emperador por el Papa en el año 800. Su capital fue la alemana Aquisgrán, fronteriza con Bélgica. La centralidad del Imperio romano era mediterránea, la del carolingio, centroeuropea.

Carlos V fue uno de sus herederos, con la misma prioridad geoestratégica. Los españoles lo comprobamos en Flandes y Alemania. La Unión Europea es la última heredera de Carlomagno. Esencialmente eurooccidental por sus fundadores (Alemania, Francia, Italia y el Benelux), contiene el vínculo francoalemán, esencial en un entramado que busca la paz, la democracia y la prosperidad europea.

Sin embargo, las periferias son renuentes a esta centralidad eurooccidental y a su espíritu político-cultural. Al Oeste, los ingleses se marchan. Nunca han aceptado un poder fuerte continental. Al Este, Rusia tampoco lo quiere y desea, además, el desgaste del vínculo transatlántico. De paso resopla en el cogote de los países bálticos, que la UE no podría proteger sin la OTAN. Muy inquietos andan los bálticos viendo al Trump que se desdice alegremente de los compromisos de los EEUU. Recuerdan la invasión rusa de Crimea en 2014 y ven cómo medra Moscú en Ucrania y en los Balcanes, asediando a la UE.

Los cuatro de Visegrado tampoco quieren una Unión fuerte que impida sus autoritarismos. Los escandinavos solo quieren un gran mercado. Al sur, la crisis económica ha dividido, de Portugal a Grecia, las expectativas. Unos quieren más Europa, para salvarse, otros, menos Europa, por dura y fiscalizadora.

Alemania también duda actualmente. Aceptó en su día transformar el Marco, una divisa fuerte, en el Euro, pero no desea mutualizar la deuda (sobre todo la de los impredecibles sureños) o compartir las riendas de la dirección económica de la Unión.

Va, pues, con lentitud desesperante la integración que realmente importa, la políticoeconómica. Se juguetea con la defensa europea con diferentes proyectos más o menos complementarios. Autonomía estratégica, PESCO, industria armamentista europea o coalición de los más comprometidos son diversas expresiones que carecen aún de una verdadera base económica integrada (común).

Hay, asimismo, unas cuestiones que atender como la disuasión nuclear, que solo será francesa tras el Brexit, o la OTAN, con su respaldo americano en el que ya no confían Merkel y Macron tras verle cada vez más las orejas a Trump. Sin embargo, Alemania ha congelado su presupuesto militar para los próximos cinco años. La realidad es que, a la hora del compromiso militar estratégico, sólo se mojan plenamente Francia y el Reino Unido.

Esta es la Unión que recoge el Emperador Macron. Juan Carlos I, Felipe Gonzalez y Javier Solana también fueron galardonados con este premio Carlomagno. Sin embargo, el Presidente francés es el actual ariete titular que lucha por una Europa fuerte y democrática; plenamente integrada política y económicamente; y con un compromiso en materia de defensa compatible con la Alianza Atlántica.

Habrá que independizarse de Trump, pero no desvincularse de los EEUU. En efecto, el concepto cultural y cimentador del Mare Nostrum romano está actualmente encarnado en el Atlántico, sin perjuicio de vaivenes que, esperemos, sean circunstanciales como los que provoca el irresponsable magnate de la Casa Blanca. Alemania está en esta postura.

El Gobierno español ha presentado unas medidas modestas para reforzar el euro. Unos economistas y expolíticos españoles de derecha, centro e izquierda (entre ellos Almunia, Piqué, Borrell, Ontiveros) han publicado un manifiesto más ambicioso política y económicamente, más cercano al pensamiento del nuevo Carlomagno que, ojalá, se salga con la suya. No será fácil.

Carlos Miranda es Embajador de España

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