Milton Friedman, uno de los grandes economistas de la historia, dijo en alguna ocasión que “el salario mínimo impide a muchas personas obtener un empleo”. Las palabras del genial académico chocan hoy con las conclusiones más comunes a las que llegan muchos de los últimos trabajos sobre el impacto de una subida del SMI: un salario más alto puede generar más empleo. El problema principal de Friedman no era que estuviera equivocado, tenía razones de peso para pensar así, sino que nunca conoció en lo que se convertiría una empresa como Amazon.

Amazon es un gigante que se está comiendo, literalmente, sectores económicos enteros. Un crecimiento que la pandemia ha exacerbado. La firma fundada por Jeff Bezos incorporó a 427.300 empleados entre enero y octubre, hasta acumular más de 1,2 millones de trabajadores. Pero esas increíbles cifras no acaban ahí. Así, los trabajadores temporales contratados para la campaña de Navidad o los cientos de miles de repartidores, muchos autónomos, elevan la cifra final fácilmente por encima de los dos millones. Un total que le sitúa ya como una de las firmas que más empleados tiene en la historia.

Pero no es volumen, por el momento, sino la velocidad a la que los absorbe. Así, Amazon pasó en julio de incorporar a unos 1.400 empleados al día a 2.800. Ahora, en mitad de la campaña de Navidad más online de la historia dicha cifra probablemente haya crecido más rápidamente. Ese ingente volumen está. Incluso, por encima del sector industrial en tiempos de guerra y, obviamente, eran distintas empresas. En resumen, el mundo (ni Friedman) nunca había visto ni a un actor tan dominante ni los desequilibrios que eso puede generar.

AMAZON ES CAPAZ DE FORZAR A LA BAJA LOS SALARIOS

Así, Amazon se ha convertido en los últimos años en un monopsonio laboral, esto es que al ser un agente tan grande su poder como empleador es enorme a la hora de fijar las condiciones que crea conveniente. Entre ellas, el ya conocido ‘Efecto Amazon’ o la capacidad que tiene la compañía para tumbar sistemáticamente los salarios en una región, empezando obviamente por los que paga ellos. Solo bajo dichas condiciones, que son relativamente nuevas, tiene sentido la afirmación del principio: un salario más alto puede generar más empleo.

Y, es que, la clave está en que el incremento del SMI por la vía política debe buscar impulsar un salario que se mantiene artificialmente bajo por el poder del empleador. Además, ese incremento no solo afecta a aquellos con los salarios más bajos, sino que se extiende al resto de trabajadores. Eso mismo, se puede encontrar en un estudio realizado por distintos académicos de la Universidad de Washington en la ciudad de Seattle donde se ha llevado a cabo una agresiva política de incremento del salario mínimo.

El equipo liderado por Ekaterina Jardim encontró que los trabajadores con salarios bajos veían aumentar sus ingresos semanales entre 8 y 12 dólares. Aunque la mayor parte de esa ganancia provenía de aquellas personas con menos ingresos, pero con niveles de experiencia superiores a la media. En otras palabras, que las compañías no solo estaban obligadas a subir los salarios más bajos, sino que también tenían que pagar más a otros trabajadores. Por ejemplo, a los encargados para que siga siendo rentable acumular más responsabilidad, algo lógico. Pero esta espiral de incremento de costes lleva a otras dos preguntas: ¿Son asumibles para las empresas? Y, en ese caso, ¿Quién lo paga?

LA PRODUCTIVIDAD OLVIDADA EN ESPAÑA

Para responder a la primera hay que acudir a la teoría más elemental que subyace al SMI, las fuerzas del libre mercado. En pocas palabras, en ausencia de un salario mínimo, dicen los libros, un trabajador debería cobrar por lo que se conoce como su “producto marginal del trabajo”. Un término que se refiere grosso modo al valor de lo que produce. Pero evidentemente, nunca se cumple estrictamente, como por ejemplo se puede ver en España. Así, el valor de la producción de vehículos en España se incrementó entre 2008 y 2015 un 28,7%, mientras que el coste salarial medio, que incluye remuneraciones en metálico y en especie, lo hizo un 15,6%.

Detrás de esos datos hay dos factores: por un lado, la automatización, el uso de la tecnología, por otro la contención de los salarios por efecto de la crisis económica. El primero, es especialmente importante a medida que las empresas son más intensivas en tecnología como ocurre, de nuevo con Amazon. De hecho, uno de los grandes avances productivos de los que siempre habla Bezos fue la adquisición de mesas para empaquetar los productos que vendía, antes se hacía en el suelo. Así, según relata el propio multimillonario “la productividad se duplicó”, pero los sueldos no se doblaron.

Lo anterior, también ofrece un debate muy amplio sobre el papel del factor tecnología, la productividad y los salarios. España es un buen ejemplo de ello. En la actualidad, el tejido económico empresarial acumula un valle en productividad que ya supera los 30 años, por el excesivo peso que han acumulado industrias como la construcción, primero, y el sector servicios, más tarde. Por ello, no sorprende a nadie que el salario mínimo en el país esté entre los más bajos de Europa. Al fin y al cabo, son las empresas más pequeñas las que más sufren con las subidas del SMI.

ALTERNATIVAS PARA NO PERJUDICAR A LAS PYMES

Ese efecto regresivo lo ha puesto de relieve el trabajo de Lex Drucker y Katya Mazirov. Ambos comprobaron a través de su trabajo en Israel, entre 2006 y 2008, que las empresas más pequeñas son las que más abusan de los contratos ajustados al SMI y que ante una subida del mismo sus ganancias caían en proporción al número de trabajadores que tenían. En otras palabras, los dueños de negocios más pobres sufrieron mayores pérdidas. Hay que recordar que en España el 95% de las compañías son pymes.

Lo anterior, tiene otra lectura que sirve para responder (en parte) a la pregunta anterior de quién asume los costes. En el trabajo de Ducker y Mazirov se aprecia que son las empresas más pequeñas, por extensión los empresarios, los que asumen ese coste. Pero otro estudio en Seattle, que se ha convertido en un gigantesco centro de experimentación, descubrió en 2019 que el aumento en el salario mínimo no tuvo ningún impactó en los precios de los supermercados. Otros señalan que un aumento del 10% en el salario mínimo eleva los precios de las hamburguesas solo un 0,9%. En definitiva, que la clave para que ese aumente no se repercute en el consumidor no es el tamaño de las empresas, sino la competencia en el sector.

La conjunción de factores es vital para dibujar el nuevo panorama español del SMI español. La decisión de subirlo en plena recesión quizás no sea tan mala idea, para que no quede desfasado como se ha visto con las ganancias de las empresas de automóviles durante la última. Pero sus efectos sobre el 95% de las compañías españolas puede ser excesivamente lesivo, más si cabe tras una crisis. Por lo que una solución intermedia podría ser ejecutarla por escalones de ingresos, como en EEUU, o dando subsidios a las más pequeñas, como hizo Corea del Sur. En definitiva, que los economistas ya no crean que los salarios mínimos más altos sean siempre malos, no es lo mismo que decir que siempre sean buenos.