Amazon

Amazon ha llegado para poner patas arriba el mundo. Además, lo ha hecho con una sola frase: ‘low cost, always in stock’ (que viene a decir, siempre disponible y a bajo coste). Una declaración de intenciones que muchos han convenido en llamar innovación turbocompresora, por la velocidad que ha impreso en los avances tecnológicos. Entre todos ellos hay uno que sobresale notablemente: su perfeccionamiento del modelo de suministro. Así, la firma creada por Jeff Bezos ha patentado su propia ‘cadena de montaje logística’, con la que ha logrado multiplicar la producción y reducir sus costes.

Con el paso de las décadas, las multinacionales han aprendido el incalculable valor de las cadenas de montaje. Así, su máximo exponente, que no inventor, Henry Ford, logró cambiar el curso de la historia apoyado por esta tecnología. De hecho, a comienzos del siglo XX lo normal era encontrar vehículos eléctricos y no de gasolina por las avenidas de las grandes ciudades. Pero la innovadora idea de Ford y su equipo para construir el Modelo T en masa y a precios muy asequibles invirtieron la tendencia. Una lección que muchos han aprendido.

Las cadenas de montaje tienen unas características tan potentes como conocidas: logran una producción enorme a un coste reducido. El sueño para cualquier empresa. Aunque en esas virtudes se logran gracias a una deshumanización del trabajo o en otras palabras una automatización de los trabajadores.

Lo anterior, no se debe entender como una fantasía ludita en la que los empleos desaparecen. Esa fase viene mucho después. Simplemente, en este tipo de sistemas relega al obrero a una tarea muy especifica y puramente mecánica. Una ocupación que una vez desprovista de toda complejidad puede realizar cualquiera, esto es, mano de obra poco cualificada.

CÓMO LA IA DESHUMANIZA A LOS TRABAJADORES

Al igual que Ford no inventó la primera cadena de montaje, Amazon tampoco fue el inventor de está tecnología para el suministro. De hecho, empresas como FedEx lo hacían incluso antes. El gran mérito de Bezos ha sido perfeccionarla y ponerla a disposición del gran público gracias a reducir drásticamente sus costes. La magia detrás no es más que su continuado avance en el campo de la inteligencia artificial (IA). Hasta el punto, de que el responsable histórico de dicha área, Jeff Wilke, es el número dos de la firma.

Tanto es así, que los mejores algoritmos diseñados por Wilke están al servicios de la empresa y no se sacan al mercado. En 2018, Amazon era capaz de predecir la demanda de cientos de millones de productos que vendía en su web, incluso con 18 meses de anticipación. Hoy esa capacidad se ha multiplicado varias veces. La capacidad de adivinar qué se va a vender y dónde no solo le permite vender mucho más, sino que le permite optimizar sus almacenes. De hecho, la compañía abastece miles de millones de productos con entre dos y tres veces menos de stock que sus competidores.

Una ventaja considerable que se traduce en un enorme ahorro económico. De hecho, el coste para las empresas por el exceso de existencias supera los 400.000 millones en un solo año, según la firma de investigación IHL Group. Pero el uso de la IA va mucho más allá porque gracias a esas predicciones. Con ello, la compañía ha sido capaz de estructurar sus almacenes y al personal como si de una cadena de montaje, como la de Ford, se tratase. En otras palabras, la IA ha logrado, en parte, deshumanizar al trabajador en Amazon.

LOS ROBOTS TOMAN EL CONTROL DE LOS ALMACENES

El segundo elemento vertebrador en la cadena de Amazon es la robotización. Si los almacenes se alinean según los algoritmos de Wilke, se mueven y funcionan gracias a las invenciones de Brad Porter, el jefe del área de robótica de Amazon. El principal trabajo de Porter no solo es optimizar la zona de trabajo en función de los algoritmos de ventas, sino también exprimir el tiempo en conseguirlo. Una parte vital en todo este entramado es que las máquinas desarrolladas por la firma minimicen el trabajo de sus operarios.

En este punto, hay que recordar que otra de las características del modelo desarrollado por Ford incluía que los automóviles se movían por la línea de ensamblaje. Amazon ha conseguido desarrollar esa idea central en sus zonas de trabajo. Así, todo comienza cuando los paquetes se precipitan a lo largo de las cintas transportadoras a gran velocidad. En el corazón del almacén, en una zona vallada, se levantan miles de estanterías amarillas en las que cientos de robots los mezclan en filas ordenadas con un orden que parecería aleatorio, pero no lo es.

Finalmente, tras toda esa maraña de máquinas, engranajes y robots los paquetes llegan a los empleados. Los cuales tienen entre sus funciones la de recogerlos o empaquetarlos para ser, de nuevo, transportados y almacenados. Un proceso en el que Porter y su equipo trabaja cada día para optimizar el tiempo, de tal manera, que se mide el espacio de los embalajes (las llamadas vainas) o el tiempo que esperan los trabajadores a que un robot arrastre una cápsula a su estación. Todo ello, con el objetivo que la inactividad de cada empleado sea mínima y el flujo sea más rápido.

EL ‘EFECTO AMAZON’ O LA DEVALUACIÓN SALARIAL QUE VIENE

Todo ello se resume en pocas palabras: el grueso del trabajo en Amazon, más de un 90%, se puede cubrir con trabajadores pocos cualificados o lo que es lo mismo salarios bajos. Una característica vital cuando eres la empresa con el mayor número de trabajadores del planeta. Además, se le unen otras peculiaridades como que es un trabajo preferentemente para jóvenes, que todavía ganan menos, y que se ha convertido en un actor tan relevante, lo que le otorga excesivo poder de negociación frente a empleados o competencia.  

Así, es como se genera el llamado ‘Efecto Amazon’ que viene a decir que donde coloca una de sus gigantescas instalaciones los salarios medios en el sector caen a plomo. The Economist demostró que los salarios relacionados con el sector caían hasta un 10% de media a medida que la compañía se establecía en una región. En el informe se explicaba que, por ejemplo, en Lexinton (EEUU) donde colocó uno de sus primeros almacenes, al paso de ocho años el salario era un 30% menor. En Chesterfield, en Virgina, disminuyeron un 17%, mientras que en Tracy lo hicieron un 16%.

Uno de los problemas derivados de todo esto es que todos esos factores -desempleo juvenil, mano de obra poco cualificada e incremento de los empleos en almacenes- son mucho más marcados en España. En otras palabras, que el Efecto Amazon puede terminar por añadir más presión a una economía ahora decadente y con una productividad muy baja. En definitiva, que el mejor aliado de los consumidores en los últimos años, gracias a sus bajos precios y rapidez en la entrega, también puede acabar por convertirse en un ogro que impacte con dureza en la economía española.