El precio del menú del día ha subido un 3,5% y alcanza los 14,70 euros de media en España, según los datos que recogen El Diario Vasco y La Vanguardia. La cifra consolida el encarecimiento de la restauración de los últimos años y deja la barrera psicológica de los 15 euros a un paso. La brecha territorial, eso sí, es mayor que la subida: Euskadi cocina unos tres euros por encima de Canarias y Murcia.
Ningún índice oficial mide lo que cuesta comer de mediodía un martes cualquiera. Lo mide la pizarra de cualquier bar de barrio. Y esa pizarra, en 2026, marca 14,70 euros por primero, segundo, pan, bebida y postre o café. Pocos termómetros del poder adquisitivo resultan tan honestos como esta fórmula de precio cerrado, nacida en la segunda mitad del siglo XX al calor del despegue turístico y convertida hoy en costumbre diaria de millones de trabajadores.
El mapa del menú: Euskadi arriba, Canarias y Murcia abajo
El reparto geográfico es el dato que mejor explica el fenómeno. Euskadi se sitúa unos tres euros por encima de Canarias y Murcia, las comunidades más asequibles de la comparativa. Galicia, con 14,5 euros de media, se queda ligeramente por debajo de la media nacional, según los datos que publica La Voz de Galicia. En el extremo alto, el menú roza ya los 15 euros en los territorios donde el alquiler del local y el salario del cocinero compiten directamente con el precio final del plato.
Detrás de la subida hay tres partidas que no dan tregua: la energía, el alquiler del local y el coste laboral. El menú del día es un producto de margen estrecho por definición. El hostelero fija un precio cerrado que debe cubrir mermas, personal y suministros, y lo fija con meses de antelación, cuando todavía no sabe cuánto pagará por el aceite en primavera. Cuando cualquiera de esas tres patas se mueve, el margen desaparece antes de que la carta se reimprima.
El enemigo tampoco llega solo desde el recibo de la luz. El Mundo ha descrito el avance del mercaurante, ese híbrido de supermercado y bar donde se come por seis euros lo que en un restaurante cuesta quince. La comparación tiene trampa —no es el mismo servicio ni el mismo producto—, pero cala en el consumidor y presiona a la baja sobre el ticket medio del mediodía.
Sobre el papel, el cálculo es sencillo: quien come de menú cinco días a la semana paga ahora medio euro más por servicio, alrededor de once euros al mes. No es una ruina. Es, sin embargo, la clase de ajuste que se nota en la cuesta de enero y que en las rentas bajas obliga a elegir entre el bar y el táper.
El menú del día no mide la inflación de España: mide cuánto aguanta la clase media antes de buscarse otra mesa.
Del margen al ticket: quién paga realmente la subida

La respuesta corta es que la subida se reparte. El restaurante absorbe una parte vía margen y el cliente absorbe otra vía precio. La respuesta larga depende del tipo de establecimiento. En las zonas tensionadas, el hostelero ha optado por una de dos salidas: retirar el menú de la carta y empujar al cliente hacia la oferta libre, más rentable, o reconvertirlo en un menú ejecutivo con suplemento por plato principal.
El consumidor, mientras tanto, cambia de hábitos antes que de presupuesto. Aumenta la demanda en la franja más temprana del mediodía, crece el pedido para llevar y se consolida la costumbre de compartir el primer plato. Son ajustes pequeños que, sumados, sostienen la cuenta de resultados de miles de negocios familiares.
La barrera de los 15 euros y el coste de perder la costumbre
Hay una anomalía en el dato que conviene subrayar. España es uno de los pocos países europeos donde sigue existiendo una fórmula de precio cerrado con pan, bebida y postre incluidos a mediodía. Francia conserva el menu du jour y en Italia resiste el menú a precio fijo en las zonas turísticas, pero en ambos casos con menor penetración y sin la función social que aquí cumple. Ese carácter cotidiano explica por qué el menú es un indicador tan sensible y, a la vez, tan frágil.
Mi lectura es que el riesgo no está en los 15 euros. Está en la tentación de dejar de ofrecerlo. Cuando un restaurante retira el menú de la pizarra no solo cambia de producto: cambia de cliente. Y ese cliente, el que come solo, con prisa y con presupuesto tasado, es el que sostiene la caja de lunes a viernes. El Instituto Nacional de Estadística publicará a mediados de noviembre el IPC de restaurantes y hoteles, la serie que mejor correlaciona con esta pizarra; ahí se verá si el 3,5% fue un ajuste puntual o el penúltimo escalón antes de la barrera.
El menú aguanta. La paciencia, menos. La pregunta que queda abierta no es cuánto costará en 2027, sino cuántos bares seguirán colgando uno en la puerta.




