Google ha publicado en la revista Science un método que reduce unas 40 veces los errores de su chip cuántico Willow. Es un avance de laboratorio, con muchas limitaciones, pero devuelve la computación cuántica Bitcoin a un debate que el sector llevaba años posponiendo: qué ocurre si algún día una máquina logra derivar una clave privada a partir de la clave pública.
El trabajo apareció el 15 de octubre y lo firma el equipo de Google Quantum AI. Willow, el procesador sobre el que se ha probado, tiene 105 qubits, las unidades básicas de información de estas máquinas. Para romper la criptografía que protege bitcoin, según la propia estimación que Google publicó en marzo, harían falta menos de 500.000 qubits. La distancia entre una cifra y otra sigue siendo abismal.
Qué ha conseguido exactamente el chip Willow
El cuello de botella que aborda el artículo no es el número de qubits, sino la basura. Para ejecutar programas útiles, un ordenador cuántico necesita unos ingredientes llamados magic states (estados mágicos), operaciones especiales que se combinan para construir los cálculos. Google calcula que fabricar esos estados con la calidad necesaria podría consumir hasta el 95% de la capacidad de una máquina.
Su solución se llama magic state cultivation y funciona por eliminación. El chip parte de un estado imperfecto, hace comprobaciones sucesivas y descarta los intentos que fallan. Lo que sobrevive es un estado mucho más limpio. En Willow, los estados cultivados mostraron 40 veces menos errores que los generados por el método convencional y alcanzaron una fidelidad del 99,99%, una medida de precisión.
Google no ha ocultado las costuras. En su blog reconocen que todavía deben demostrar que el método funcione a mayor escala y que quedan ‘muchos desafíos técnicos’. Tampoco han puesto fecha. Dicho de otro modo: han mejorado un ingrediente, no han construido el plato.
Lo relevante no es que Willow esté más cerca de romper bitcoin, sino que cada avance reduce el tamaño de la máquina necesaria para intentarlo.
Cuántos bitcoins están expuestos de verdad
La razón por la que este tipo de anuncios inquieta tiene nombre: ECDSA, el sistema de firmas digitales que usa Bitcoin. Una máquina lo bastante potente podría resolver el problema matemático que hay detrás, algo que describe el algoritmo de Shor, y reconstruir la clave privada. Solo es vulnerable la moneda cuya clave pública ya es visible en la cadena, algo que ocurre en direcciones reutilizadas o de las que ya se ha gastado fondos.
Los datos de la firma de análisis on-chain Glassnode sitúan ese grupo en 6,04 millones de BTC, el 30,2% de todo el bitcoin minado. Con la moneda a 81.857 dólares, equivalen a unos 494.000 millones de dólares. El precio subía un 1,19% en las últimas 24 horas en el momento de la publicación del informe.
La mayoría de esas monedas podrían trasladarse a direcciones con esquemas de firma resistentes a la computación cuántica. El problema es el resto: un estudio de junio calculó que alrededor de 2,3 millones de BTC no pueden moverse porque están perdidos, llevan más de una década inactivos o proceden de los primeros años de la red.
Hay un matiz que a veces se pierde: la amenaza no es solo futura. Un atacante puede registrar hoy transacciones y claves públicas y guardarlas hasta que exista la máquina capaz de explotarlas, una práctica que en ciberseguridad se conoce como ‘recoger ahora, descifrar después’. Eso no cambia nada para quien nunca ha reutilizado una dirección, pero sí para las carteras antiguas que llevan años dormidas.

El debate que nadie quiere cerrar
Coinbase entró en el asunto el 13 de octubre con una publicación que describe la transición como una pregunta complicada. El exchange enumera las opciones sobre la mesa: congelar los bitcoin antiguos, habilitar herramientas de rescate para que los dueños puedan reclamarlos o dejar que la red decida con el tiempo. Su preferencia es un enfoque gradual, en el que las carteras activas adopten primero las soluciones resistentes. La firma aclara que es una aportación a un debate abierto, no una postura final.
Los plazos tampoco ayudan a bajar la temperatura. El mismo estudio de junio estima que una migración que arrancase este año podría completarse entre 2029 y 2031. Una máquina capaz de romper códigos, en el mejor de los casos, no llegaría hasta 2035, según las proyecciones más optimistas que maneja el sector. Hay margen, pero no infinito.
Lo que de verdad está en juego
Bitcoin ya ha cambiado su criptografía bajo presión. La activación de Taproot en noviembre de 2021, una actualización que mejoró la privacidad y la eficiencia de las firmas, demostró que la red puede coordinarse para tocar sus cimientos. También demostró lo contrario: hizo falta un proceso de años, disputas públicas y un consenso frágil entre desarrolladores, mineros y usuarios.
Ahí está la contradicción que este anuncio deja al descubierto. El riesgo cuántico no es el escenario de un martes cualquiera; es un problema de gobernanza que exige decisiones antes de que la amenaza sea real, cuando todavía parece abstracta. Y en el centro hay una pregunta con implicaciones legales: si se congelan 2,3 millones de bitcoin, ¿se protege la red o se expropia a sus dueños, incluidos los que perdieron sus claves por accidente? Esta redacción no tiene respuesta, y conviene desconfiar de quien la tenga demasiado clara.
Por contexto, la industria ya se ha movido en otra capa: el NIST publicó en 2024 los primeros estándares de criptografía post-cuántica, pensados para sistemas que sí pueden actualizarse con un parche. Bitcoin no funciona así. Su lentitud para cambiar es su blindaje frente a modas y, a la vez, su punto débil frente a un reloj que avanza despacio pero no se detiene.
Google no ha dado fechas para probar su método a mayor escala, y ahí está la próxima señal que conviene vigilar. Mientras el magic state cultivation no se demuestre en un sistema grande, la conversación seguirá siendo teoría con hardware real. Cosas que pasan en 2026.



