Las reservas estratégicas de petróleo de España se vaciarán en 4,4 millones de barriles más durante este mes de octubre. El Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO) ha confirmado una segunda fase de liberación dentro del compromiso que el país adquirió en marzo con la Agencia Internacional de la Energía (AIE) para amortiguar el impacto de la crisis de Oriente Medio en los precios de los carburantes.
La operación no arranca de cero. El pasado 17 de marzo, el Consejo de Ministros autorizó la puesta a disposición del mercado de hasta 11,5 millones de barriles, procedentes en su totalidad de las existencias que están en manos de la industria, las distribuidoras y los operadores petrolíferos. La primera fase ya inyectó el equivalente a cuatro días de consumo nacional: 3,75 millones de barriles. La que ahora se ejecuta añadirá otros 4,4.
Quedarán algo más de tres millones de barriles de la cantidad comprometida. Fuentes del ministerio apuntan que ese remanente queda ‘sujeto a un análisis continuo de la situación’. Los socios de la AIE que secundaron el esquema escalonado trabajan con el mismo criterio: liberar el resto en función de cómo evolucionen los mercados internacionales y no de un calendario rígido.
España no almacena sus reservas en un único emplazamiento estatal. El sistema se apoya en las existencias que mantienen las compañías y los operadores, que ceden parte de su inventario al mercado cuando el Gobierno activa la orden correspondiente. Ese diseño permite una respuesta rápida, pero también explica por qué la liberación se ejecuta por fases y no de golpe: no hay un solo grifo que abrir.
Qué contiene el volumen autorizado
La composición del cargamento revela qué producto es el que preocupa. De los 11,5 millones de barriles movilizados, 2,2 millones corresponden a gasolina y nueve millones a destilados medios —gasóleos de automoción, otros gasóleos y querosenos de aviación—. El fuelóleo representa apenas 297.000 barriles, una porción residual dentro del total.
El grueso de lo liberado no es gasolina de surtidor, sino destilados medios: el combustible que mueve camiones y aviones, y el segmento donde Europa sigue corto.
El sesgo hacia el diésel no es casual. Es el segmento más tensionado del sistema petrolero europeo desde hace tres años, y la propia AIE ha reclamado liberaciones adicionales de este producto ante las dificultades de suministro y los precios elevados. El reparto español replica esa prioridad, tal y como se desprende de la información difundida por el Ministerio para la Transición Ecológica.
Liberar reservas compra tiempo, no resuelve el problema de fondo: cada barril de emergencia que sale hoy es un barril menos para cuando el suministro se corte.
El detonante de todo el mecanismo es el conflicto desencadenado en Oriente Próximo. La Agencia Internacional de la Energía coordinó la puesta a disposición del mercado de 400 millones de barriles durante 90 días, algo más de cuatro millones de barriles diarios, para contrarrestar la volatilidad de los precios. España responde por su parte proporcional dentro de ese reparto multilateral, igual que el resto de socios que optaron por liberar de forma escalonada.
El efecto real en el surtidor
La pregunta que sobrevuela la operación es cuánto de esos barriles acaba notándose en la bomba. El objetivo declarado de la AIE y de los gobiernos que la secundan es amortiguar el precio de los carburantes, pero el mecanismo no actúa de forma directa sobre el surtidor: inyecta producto en el circuito mayorista y deja que el mercado haga el resto.
El mecanismo funciona como un amortiguador, no como un tope. Al sumar barriles a la oferta disponible, los gobiernos buscan evitar picos puntuales de escasez y moderar la prima de riesgo que el conflicto introduce en las cotizaciones internacionales. Si funciona, el traslado al surtidor es gradual y difuso; si no, la reserva se agota sin que el conductor note alivio alguno en la factura de la gasolinera.

El efecto sobre el consumidor español depende, además, de variables que escapan al control del Gobierno. El precio final de la gasolina y el gasóleo se forma con el coste del crudo, los márgenes de refino, la fiscalidad y el tipo de cambio. La liberación de reservas actúa solo sobre el primero de esos factores, y lo hace de manera indirecta: no fija un precio, sino que trata de evitar que la oferta se tense más de lo que ya está.
Un colchón diseñado para otra amenaza
Las reservas estratégicas nacieron para cubrir interrupciones físicas de suministro, no para gestionar precios. Ese es el punto incómodo de la operación. El sistema se diseñó tras la crisis del petróleo de 1973, cuando los países industrializados entendieron que depender del suministro exterior sin un colchón propio era una vulnerabilidad estratégica. Desde entonces, la AIE exige a sus miembros mantener el equivalente a 90 días de importaciones netas.
Usar ese colchón para contener precios es una decisión distinta, con más consecuencias de las que parece. Primero, porque vacía un seguro que existe precisamente para el día en que el suministro se corte de verdad. Segundo, porque el mercado interpreta cada liberación como una señal de que la situación de fondo sigue sin resolverse: si los gobiernos abren sus reservas, es porque no esperan una distensión rápida.
España parte, además, de una posición que conviene mirar con calma. Tras las dos fases de octubre, el grueso del volumen autorizado ya estará fuera del colchón y solo quedarán esos tres millones de barriles sujetos a revisión continua. El margen de maniobra se estrecha justo cuando el conflicto no da señales de agotarse.
El precedente tampoco invita al optimismo. Las liberaciones coordinadas de 2022, tras la invasión de Ucrania, aliviaron el precio durante unas semanas, pero no revirtieron la tendencia de fondo. Los barriles de emergencia compran tiempo; no cambian el tablero geopolítico que tensiona el mercado ni recomponen las cadenas de refino que Europa ha ido desmantelando durante la última década.
Lo que ocurra con los tres millones de barriles restantes será la mejor señal de por dónde sopla el viento. Si el ministerio los mantiene en reserva, es que espera una distensión próxima en Oriente Próximo. Si los libera antes de lo previsto, la lectura será la contraria: un invierno largo, con el petróleo como moneda de cambio geopolítica y los carburantes como primera factura para el consumidor. De momento, España habrá puesto en el mercado más de ocho millones de barriles de su colchón en apenas siete meses.




