Rallo destroza el mito: España lidera el crecimiento económico pero los españoles viven peor

El FMI eleva al 2,5% el crecimiento español para 2026, pero el consumo privado por habitante apenas se ha movido desde 2019. Rallo explica por qué el PIB sube y la sensación de empobrecimiento también.

España vuelve a encabezar las previsiones de crecimiento de la eurozona y, al mismo tiempo, una parte creciente de la población tiene la sensación de vivir peor que antes de la pandemia. Juan Ramón Rallo dedica su último análisis a desmontar lo que considera un falso dilema: las dos cosas pueden ser verdad a la vez. El economista sostiene que el crecimiento económico España y el bienestar de los hogares son dos magnitudes distintas que hace años dejaron de avanzar de la mano.

El FMI vuelve a colocar a España en cabeza

El punto de partida son los números. El Fondo Monetario Internacional revisó al alza hace unos días su previsión para este 2026 y elevó en cuatro décimas el crecimiento español, hasta el 2,5%. La eurozona se quedará en el 1,1%, Alemania en el 1,3%, Italia en el 0,8% y Francia en apenas un 0,4%. Rallo recuerda que no es un episodio aislado: España cerró 2025 con un avance del 2,6% del PIB y, tomando como referencia 2019, el producto interior bruto ya descontada la inflación ha crecido un 10%, frente al 6,6% de la eurozona, el 7,4% de Italia, el 5,7% de Francia y menos del 1% de Alemania. Con esas cifras sobre la mesa, el relato de la previsión del FMI como aval de la locomotora europea parece blindado.

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Más población, mismo pastel en el PIB per cápita

Aquí es donde el vídeo introduce la primera grieta. El PIB mide cuánto produce un país en su conjunto, y un país puede producir más por dos vías muy diferentes: porque cada persona produce más o porque hay más personas produciendo. En el caso español, argumenta Rallo, el segundo canal pesa de forma decisiva.

Entre 2019 y 2025 la población residente en España aumentó en unos 2,3 millones de personas, cerca de un 5%, y todo ese incremento procede de la inmigración, dado que en cada uno de esos años murieron más personas de las que nacieron. Ese detalle cambia por completo la lectura del milagro. Al repartir el PIB entre la población, el crecimiento por habitante se queda en la mitad: un 5% acumulado, en torno al 0,8% anual. En euros constantes de 2019, el país habría pasado de 26.600 a 27.900 euros por persona.

La comparación europea se desdibuja en ese terreno. Si en PIB total España casi duplicó el ritmo de la eurozona, en PIB per cápita avanzó al mismo paso que el continente: un 5% frente al 4,5%. Italia, cuya población se reduce, vio crecer su producto por habitante un 8,8%, bastante más que el español.

La economía española avanza más que casi cualquier vecino europeo, pero lo hace sumando trabajadores, no elevando lo que produce cada uno de ellos.

— Juan Ramón Rallo

Hay un segundo indicador que el analista considera más revelador. El PIB por trabajador en 2025 era un 0,8% inferior al de 2019: el empleo ha crecido más que la producción, así que, en promedio, cada ocupado aporta menos que antes. Es lo que se llama crecimiento extensivo, sumar factores en lugar de aprovecharlos mejor. Rallo matiza que ese patrón no es negativo por sí mismo, porque ciertos procesos de crecimiento extensivo pueden alimentar después mejoras de productividad, pero advierte de que, si se cronifica, el nivel de vida medio no sube.

El consumo privado apenas se ha movido desde 2019

La prueba de cargo llega con el consumo. Según la contabilidad nacional, el consumo privado por habitante en 2025 apenas era un 1,8% superior al de 2019: seis años de crecimiento casi plano una vez descontada la inflación. La encuesta de presupuestos familiares, que pregunta a unos 24.000 hogares, ofrece un resultado más duro: el gasto medio por persona era un 5% inferior al de 2019. Entre ambas estimaciones, el presentador sitúa la verdad en una horquilla que va del -5% al +2%, con el punto medio rondando el cero.

Dedica varios minutos a explicar por qué las dos estadísticas del INE divergen sin que ninguna mienta. La contabilidad nacional computa como consumo partidas que nadie percibe como una mejora de su bienestar: el alquiler imputado de la vivienda propia, que sube cuando sube el mercado inmobiliario, o unas comisiones bancarias más altas que se compensan con depósitos peor remunerados. La encuesta de hogares, en cambio, depende de lo que la gente recuerde y quiera declarar, y los hogares de renta alta son los que menos responden.

Ocupados y pensionistas, dos trayectorias opuestas

El análisis baja después al detalle que, a juicio de Rallo, explica buena parte del malestar. La encuesta permite separar por tipo de hogar, y el resultado es una brecha generacional nítida: en los hogares encabezados por una persona ocupada, el gasto real por persona en 2025 era más de un 7% inferior al de 2019; en los encabezados por un pensionista, era idéntico al de antes de la pandemia. La razón, según el presentador, es mecánica: las pensiones se revalorizan con el IPC, y en 2023 subieron un 8,5%, mientras los ingresos del trabajo han ido por detrás de los precios.

Y hay un tramo de la población que no aparece en ninguna media: los jóvenes que no logran emanciparse. Un adulto que sigue viviendo con sus padres porque no puede asumir el precio del alquiler no computa como hogar independiente cuya capacidad de consumo se ha hundido, recuerda el analista, pero sus planes de vida sí se han frustrado. Para quienes consiguen independizarse, el gasto se ha contraído mucho más de lo que recoge la estadística.

Lo que el crecimiento no arregla por sí solo

Conviene enmarcar el diagnóstico. La revalorización de las pensiones con el IPC es una regla fijada en la reforma de 2021, y explica que los jubilados hayan defendido su poder de compra en un ciclo de inflación alta. La otra cara es la vivienda: la edad media de emancipación en España ronda los 30 años, de las más altas de Europa, y el alquiler absorbe en muchas capitales más de un tercio del salario neto de un joven. Son datos públicos que encajan con el relato del vídeo.

¿Qué se puede extraer de todo esto? La primera lección es que un titular de crecimiento no dice nada por sí solo sobre cómo vive la gente. La segunda, que el descontento no es una alucinación colectiva ni el fruto de una manipulación mediática: es la experiencia agregada de los hogares que viven de su salario. La tercera afecta a la politica económica. Si el crecimiento se sostiene sobre más trabajadores y no sobre más producción por trabajador, el margen para mejorar el bienestar sin tensionar la vivienda o las cuentas públicas se estrecha. En el vídeo se apuntan tres condiciones para que el PIB llegue al bolsillo: que la productividad suba, que el Estado no capture una porción mayor de las rentas vía impuestos o inflación, y que no se deteriore el acceso a bienes básicos como la vivienda, la sanidad o la educación.

Sobre el último de esos puntos, la valoración del presentador es abiertamente crítica con la gestión del Gobierno del PSOE: sostiene que la producción por trabajador se ha estancado, que la presión fiscal ha aumentado y que el acceso a los servicios fundamentales se ha deteriorado. Es una lectura política, y como tal conviene tomarla. El dato que queda en pie, y que cualquiera puede comprobar en las estadísticas oficiales, es más incómodo que cualquier eslogan: la economía española va rápido, pero va sobre todo a base de sumar gente. Si esa gente no produce cada vez más, la sensación de empobrecimiento seguirá ahí, con o sin récord de crecimiento.

Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Juan Ramón Rallo en YouTube.

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