Turquía y Pakistán han empezado a mover tropas hacia Arabia Saudí y lo hacen al amparo de un acuerdo que hace apenas dos meses nadie situaba en el centro del tablero. En su último análisis, VisualPolitik sostiene que la activación del Pacto de la Meca, firmado el 7 de agosto, es la primera prueba de fuego de una arquitectura de seguridad que el Golfo está construyendo por su cuenta, sin esperar a que suene el teléfono de Washington.
El detonante es la campaña hutí contra el reino. El canal describe cómo los ataques con misiles y drones se han cebado con aeropuertos, refinerías e instalaciones energéticas, y cómo esa presión sostenida ha empujado a Riad a buscar socios dispuestos a defenderle con algo más que comunicados. La respuesta ha llegado desde Ankara y desde Islamabad, y el propio ministro de Exteriores turco la ha comparado sin rodeos con el artículo 5 de la OTAN: un ataque contra uno es un ataque contra todos.
Un artículo 5 con acento musulmán
Lo llamativo, subraya VisualPolitik, no es solo el anuncio, sino la velocidad. La alianza se firmó el 7 de agosto en la Meca por Mohamed bin Salmán, Recep Tayyip Erdogan y el primer ministro paquistaní, y apenas dos meses después ya se ha activado por primera vez. El contenido exacto del texto sigue siendo opaco: lo poco que se conoce ha llegado a cuentagotas, entre filtraciones y declaraciones institucionales. Con esas piezas, el canal dibuja un esqueleto bastante razonable: un comité de disuasión colectiva integrado por los ministros de Exteriores y Defensa y los jefes de Estado Mayor de los tres países, más una secretaría general con sede en Riad para gestionar el día a día.
Qué aporta cada uno de los tres socios
Sobre el papel, sostiene el canal, los tres ganan. Turquía pone encima de la mesa el segundo ejército de la OTAN y una industria de defensa en plena expansión que ya vende fuera de sus fronteras. Pakistán aporta volumen -más de 650.000 soldados en activo- y algo que ningún otro país de mayoría musulmana tiene: bomba atómica, con un arsenal estimado en unas 170 cabezas, casi el doble de las que se atribuyen a Israel. Arabia Saudí, por su parte, aporta el dinero, la energía y, sobre todo, la necesidad. Y no son los únicos nombres sobre la mesa: VisualPolitik apunta a Egipto, el ejercito más grande del mundo árabe con cerca de medio millón de soldados, como próxima incorporación posible.
El precedente de 2015: cuando Pakistán dijo no
Aquí llega el matiz escéptico. El presentador admite que tiende a desconfiar de este tipo de anuncios, y recuerda por qué. Desde 1982 existe un acuerdo que permite a Pakistán desplegar tropas en territorio saudí, pero en 2015, cuando Riad entró en la guerra de Yemen y pidió cazas, soldados y barcos, el Parlamento paquistaní votó por unanimidad quedarse al margen. Once años después, Islamabad envía tropas junto a Turquía. Algo ha cambiado, reconoce el canal, y la gran duda es si ese algo resistirá cuando lleguen los malos momentos.
Si Turquía y Pakistán responden de verdad en Yemen, el pacto habrá demostrado que va en serio. Si todo queda en declaraciones, será papel mojado.
— VisualPolitik
El cerco a Riad: hutíes, Irán y Emiratos
VisualPolitik insiste en que Arabia Saudí no se ha movido por capricho. Su seguridad, que hace un año parecía más o menos atada, se ha desmoronado en cuestión de meses. La guerra con Irán dejó las garantías de Washington en entredicho: los misiles iraníes cayeron sobre el reino y las bases estadounidenses que debían protegerlo se convirtieron en blanco preferente. En el sur, los hutíes lanzaron en septiembre una ofensiva que les llevó hasta la costa del mar Rojo, con la toma de Moca y de islas estratégicas como Perim, en pleno estrecho de Bab el-Mandeb, la puerta del mar Rojo. Desde ahí han decretado un bloqueo naval contra barcos saudíes y golpean ciudades, aeropuertos y refinerías, incluida una instalación de Aramco. En el norte, un Irak inestable y ligado a Teherán completa el cuadro.
A ese cóctel se suma el giro de Emiratos Árabes Unidos. Riad y Abu Dabi llevan años chocando en Yemen, Sudán, Somalia y en el contencioso entre Etiopía y Eritrea, pero el pulso se mantenía contenido porque el petróleo obligaba a ambos a sentarse en la misma mesa. Según recuerda el canal, los Emiratos han anunciado su salida de la organización que coordinaba su política energética, lo que les deja margen para ir por libre y, previsiblemente, para chocar con los intereses saudíes. A eso se añade un acercamiento cada vez más intenso de Abu Dabi a Israel.
Qué significa esto para el lector
Merece la pena tomarse en serio lo que se anuncia, aunque sea con distancia. Si el Pacto de la Meca funciona, la seguridad energética del Golfo deja de depender en exclusiva del paraguas estadounidense y pasa a sostenerse sobre un eje con un miembro nuclear, Pakistán. Eso cambia la disuasión regional y cambia tambien el cálculo de Israel y de Irán, que hasta ahora jugaban con un único árbitro externo. Para un lector europeo, el vector más directo es el mar Rojo: cualquier escalada sostenida en Bab el-Mandeb encarece el transporte marítimo, los seguros y, por extensión, la energía que llega al Mediterráneo. Y hay un segundo efecto, menos visible pero igual de relevante: si Riad comprueba que sus nuevos socios responden, dejará de ser un cliente que compra protección y se convertirá en el núcleo de un bloque propio. Si no responden, la alternativa que le queda es incómoda, porque implica elegir entre arrimarse a Israel, pactar con Teherán o volver a depender de Washington, precisamente la potencia cuya credibilidad ha quedado tocada. El propio canal advierte de que el pacto tiene hoy más de promesa que de estructura militar desplegada, y que será Yemen el terreno donde se compruebe si esto es una alianza o un comunicado bien redactado.
La pregunta que lanza VisualPolitik es sencilla y algo incómoda: si la alianza no funciona, ¿a quién llama Riad? ¿A Jerusalén, a Teherán o de nuevo a la Casa Blanca? La respuesta se escribirá, probablemente, en el mar Rojo.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de VisualPolitik en YouTube.





