Citroën ha resucitado el 2CV eléctrico por 15.000 euros. La marca francesa lo ha presentado en el Salón de París con una doble carrocería: el turismo de siempre y una variante furgoneta, la Fourgonnette, que recupera el apellido comercial de la saga original.
El movimiento no es menor. Citroën coloca un eléctrico de acceso justo en el suelo de precio que el grueso de la industria europea llevaba años dando por imposible. Después de una década de coches eléctricos cada vez más caros, la firma de los chevrones apuesta por lo contrario: 15.000 euros como reclamo de entrada y una silueta que media Europa reconoce al instante.
Citroën resucita el 2CV: eléctrico, popular y con versión furgoneta
El nuevo 2CV llega con dos cuerpos. Por un lado, el turismo, heredero directo de la silueta que Citroën produjo entre 1948 y 1990. Por otro, la Fourgonnette, la furgoneta de reparto que en su día sirvió de herramienta de trabajo a panaderos, floristas y pequeños comercios. La marca recupera ambos registros en clave eléctrica y con un precio que arranca en los 15.000 euros.
La elección del escenario tampoco es casual. El Salón de París es la cita de casa, el foro donde la marca puede reivindicar su historia ante el público francés y, de paso, medir la reacción de una competencia que lleva meses moviéndose en la misma dirección. Casi todos los grandes grupos han entendido ya que el futuro del coche eléctrico pasa por el segmento pequeño y asequible, no por las berlinas de lujo que dominaron la primera ola.
El precio de 15.000 euros y la guerra del eléctrico barato
La cifra es la noticia. Durante los últimos años el coche eléctrico se ha encarecido, no abaratado: las baterías, los aranceles y la presión regulatoria empujaron los precios de entrada por encima de los 20.000 euros en buena parte de Europa. Un 2CV desde 15.000 euros rompe esa lógica y apunta al hueco que marcas como Dacia o los fabricantes asiáticos habían empezado a ocupar con utilitarios sencillos y baratos.
La versión furgoneta añade otro ángulo. La Fourgonnette apunta a un cliente muy concreto: repartidores, autónomos y pequeñas empresas que buscan un vehículo de trabajo eléctrico sin pagar los precios de una furgoneta industrial. Es un nicho donde históricamente el 2CV comercial se hizo fuerte, y donde el precio vuelve a ser el argumento decisivo.
Resucitar un icono es fácil; venderlo a 15.000 euros sin arruinarse, no. Ahí se decide si el 2CV vuelve para quedarse o para hacerse una foto.
El reto, sin embargo, no está en el escaparate, sino en la fábrica. Vender un eléctrico a ese precio obliga a producir con volúmenes muy altos y costes muy ajustados. La gran pregunta que se escucha en París es si Citroën puede sostener la cifra sin sacrificar margen, o si se trata de un precio gancho que subirá en cuanto lleguen los primeros pedidos en firme.
Conviene recordar el contexto. La familia 2CV fue, durante décadas, sinónimo de coche utilitario en Francia y en media Europa. Su regreso encaja en la estrategia de Citroën de recuperar señas de identidad tras años de modelos que difuminaron su personalidad. El nombre pesa, y la marca lo sabe.

Análisis: por qué vuelve el 2CV y qué se juega Citroën
El 2CV no fue nunca un coche bonito ni rápido. Fue, sencillamente, el coche que puso a Europa sobre ruedas. Nacido en 1948 como respuesta a la necesidad de motorizar el campo francés, vendió millones de unidades a lo largo de cuatro décadas, y se convirtió en el símbolo de la movilidad austera, la del vehículo que cumplía sin pretensiones. Recuperar ese nombre para un eléctrico barato es una decisión a la vez estratégica y emocional: Citroën no vende solo un coche, vende la idea de que la transición eléctrica no tiene por qué ser un lujo.
Esa es la apuesta que se juega en París. La marca, integrada en el grupo Stellantis, ha perdido terreno en Europa durante los últimos años y afronta una competencia que ya no es solo europea. Los fabricantes asiáticos han demostrado que se puede producir eléctrico a bajo precio, y los aranceles han frenado su expansión sin resolver el problema de fondo: el comprador europeo quiere eléctricos, pero no a cualquier precio. El 2CV es la respuesta de Citroën a esa contradicción.
El riesgo es que el símbolo devore al producto. Un coche puede ser simpático en la presentación y decepcionar en el concesionario si la autonomía se queda corta, si los plazos se alargan o si los 15.000 euros de partida desaparecen en cuanto se añade el primer extra. Hay precedentes de marcas que revivieron un nombre mítico y no estuvieron a la altura. Citroën tendrá que demostrar, en los próximos meses, que su compromiso con el coche popular es algo más que una operación de imagen.
Queda por ver si el gesto se convierte en pedido. El primer test real no llegará en el salón, sino con la apertura de la cartera de reservas y con las primeras cifras de producción. Los iconos no se miden por el aplauso de una presentación, sino por lo que ocurre cuando el público deja de mirar y empieza a comprar.



