La inteligencia artificial se ha colado en la lista de riesgos que preocupan a Vitalik Buterin. El cofundador de Ethereum ha advertido de que la IA generativa puede convertirse en un problema serio para la seguridad de las criptomonedas en un horizonte de dos años, y su aviso ha venido acompañado de una recomendación muy concreta desde dentro de la propia Ethereum Foundation: prepararse para el modo búnker.
Qué ha dicho Vitalik Buterin sobre la IA y las criptomonedas
El detonante no es un comunicado oficial de la Fundación. Es una serie de mensajes de Justin Drake, uno de los investigadores más reconocidos del equipo de Ethereum, que ha pedido a los grandes tenedores empezar a planificar ‘con calma’ un traslado masivo de fondos hacia direcciones nuevas, capaces de mantener la clave pública oculta, en declaraciones recogidas por el medio especializado BeInCrypto.
Dejar de dar pistas al atacante, en una frase, es lo que propone el modo búnker. Alrededor de 7 millones de bitcoin descansan hoy en direcciones cuya clave pública ya es visible, en torno a un tercio del suministro total y unos 580.000 millones de dólares al cambio actual. En Ethereum el fenómeno es idéntico: toda cuenta que ya haya firmado una transacción ha dejado su clave pública a la vista de cualquiera.
Qué es el modo búnker y por qué el aviso no es solo cuántico

Aquí llega el matiz que casi nadie ha contado bien. El miedo de Drake no apunta a un ordenador cuántico, sino a la capacidad de la inteligencia artificial para resolver problemas matemáticos complejos con máquinas corrientes. El investigador vinculó su preocupación a la publicación por parte de OpenAI de 722 trabajos matemáticos generados por un modelo interno, y lo leyó como una señal de que la superinteligencia matemática ya ha llegado. Si un sistema así encontrase la forma de reconstruir una clave privada a partir de una clave pública, el damnificado sería el algoritmo que bitcoin y ether usan para demostrar quién es el dueño de cada moneda: el ECDSA, la firma digital de curva elíptica.
Michael Gutkin, vicepresidente de investigación de la firma de infraestructura Fireblocks, puso el apellido correcto a ese escenario: es una ‘ruptura clásica’, no cuántica. Nadie ha demostrado nada de eso todavía, y la probabilidad real sigue, siendo objeto de debate.
Hablamos de un riesgo con fecha difusa y consecuencias enormes, y esa combinación es exactamente la que peor se gestiona en el mundo cripto.
El calendario oficial añade presión sin necesidad de dramatizar. El NIST, el instituto estadounidense que fija los estándares criptográficos del mundo, dejará de recomendar los métodos de firma actuales a partir de 2030. Para bitcoin, eso abre una ventana estrecha que el ecosistema discute a través de propuestas como BIP-360. En Ethereum la conversación es distinta y, en cierto modo, va por delante.
Por qué Ethereum parte con ventaja (y por qué no basta)
Ethereum ya ha demostrado que puede cambiar cosas enormes bajo los pies. En septiembre de 2022 completó The Merge, la migración de un sistema de validación por prueba de trabajo —mineros y potencia de cálculo— a uno por prueba de participación, donde los validadores bloquean 32 ETH como garantía y cobran por mantener la red. Se ejecutó en producción, con cientos de miles de millones de dólares en juego, y la red no se detuvo. En marzo de 2024, el upgrade Dencun abarató de golpe las comisiones de los rollups —las redes de segunda capa que procesan transacciones fuera de la cadena principal y luego envían un resumen a Ethereum— gracias a los blobs, un espacio de datos temporal y barato. En julio de 2024, los ETFs spot de ether abrieron la puerta al capital institucional sin tocar una línea del protocolo.
La ventaja de Ethereum en este terreno tiene dos patas. La primera es la abstracción de cuentas, el conjunto de cambios que permite que una cuenta funcione con reglas propias —límites de gasto, recuperación de acceso, firmas alternativas— en lugar de depender siempre de una única clave privada. La segunda es que el propio Buterin ha explorado en sus escritos la migración hacia firmas basadas en hash y árboles de Merkle, un método de verificación que seguiría siendo válido con los ordenadores cuánticos sobre la mesa.
El problema es que la mayoría de las cuentas de Ethereum siguen siendo del modelo antiguo: una clave privada, un dueño, ninguna red de seguridad. Cambiar el esquema de firma de todo un ecosistema no es pulsar un botón. Eso no se improvisa: exige coordinar clientes, exchanges, custodios y usuarios, y ha llevado años cada vez que se ha intentado algo parecido. A eso se suma un riesgo que no tiene nada que ver con la criptografía, la concentración del ether en staking en un puñado de operadores, entre ellos Lido y los grandes exchanges, que convierte cualquier decisión técnica en una conversación política.
Hoy no hay ataque demostrado ni una fecha fiable para uno. Lo que hay es un calendario, el de 2030, y una recomendación incómoda que obliga a los grandes tenedores a preguntarse dónde guardan sus monedas y con qué firma las protegen. La conversación sobre el modo búnker no va de acertar en 2026, sino de no llegar tarde cuando deje de ser teórica.



