Quesitos de Mercadona y Lidl: de El Caserío al rescate por sus propios trabajadores

Queserías Menorca controla el 60% del mercado español de porciones de queso y factura ya más de 50 millones al año. Sus trabajadores tomaron el control de la compañía tras el paso fallido de los Ruiz-Mateos.

Queserías Menorca fabrica los quesitos de marca blanca que Mercadona y Lidl venden en sus lineales y ya supera los 50 millones de facturación anual. La compañía menorquina controla el 60% del mercado español de porciones de queso, un negocio que hace quince años estuvo al filo de la liquidación. Lo rescataron sus propios empleados.

Del queso de Mahón al imperio de los quesitos

La historia arranca en los años treinta del siglo pasado. El menorquín Pedro Montañés viajó a Francia, descubrió los quesitos y pensó que Menorca podía aprovechar sus excedentes de leche para fabricarlos. Casi un siglo después, la idea sigue en pie: la compañía recoge un tercio de la leche que se produce en la isla y tiene capacidad para absorber el 100%. ‘Somos una válvula de regulación de la producción láctea’, resume el consejero delegado, Jesús Esparza.

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En los años cuarenta, los quesitos empezaron a viajar a la Península bajo la marca El Caserío. En 1992, cuando la empresa rozaba el 70% del mercado español, llegó una oferta del gigante estadounidense Kraft. ‘La familia Montañés no tenía la mayoría de control y, al ser una oferta muy importante, tuvieron que claudicar’, recuerda el presidente, Francisco Tutzó, testigo de casi toda la historia. Bajo el mando del grupo norteamericano, la fábrica de Mahón llegó a producir 22.000 toneladas anuales de queso fundido, casi el doble que antes.

La etapa estadounidense terminó en 2007. Ese año Kraft decidió llevarse la producción a Namur, Bélgica, y la marca El Caserío se quedó con los americanos. Tutzó y Esparza buscaron un comprador para evitar el cierre. Apareció una llamada desde Andalucía: Nueva Rumasa, el holding de la familia Ruiz-Mateos.

El rescate que firmaron los trabajadores

Los directivos menorquines tardaron poco en entender la naturaleza del comprador. ‘Por una persona externa nos enteramos de que habían pedido una hipoteca de 15 millones de euros sobre el activo inmobiliario de Queserías’, relata Tutzó. La conclusión fue clara: había que empujar a los Ruiz-Mateos fuera cuanto antes. Los andaluces accedieron a que empleados y equipo directivo asumieran la propiedad, pero entonces el imperio de Nueva Rumasa entró en concurso de acreedores y el acuerdo quedó congelado.

Fue el momento más delicado. Sin clientes y sin capital, Tutzó y Esparza viajaron a Cáceres para convencer a la jueza del concurso de que la única salida era mantener el pacto. ‘Dijo que sí, la decisión fue inmediata’, narra el presidente. Los directivos se quedaron con el 51% del accionariado y el resto se repartió entre los 190 empleados de entonces, de los cuales 108 continúan hoy en plantilla.

Menos del 2% de las empresas que entran en concurso de acreedores se salva de la liquidación. Queserías Menorca lo consiguió con sus trabajadores como propietarios.

Quedaba lo más difícil: levantar el negocio con las manos vacías. En 2011, los directivos viajaron a Bilbao para visitar a Eroski, un viejo cliente. ‘Les dijimos: nosotros somos la solución, no el problema. El problema lo han creado otros’. Con una reducción salarial del 20%, dos ampliaciones de capital y un ERTE flexible, fueron recuperando volumen poco a poco. En 2022 saldaron definitivamente el agujero que habían dejado los Ruiz-Mateos.

Hoy Queserías Menorca produce más de 368 millones de porciones de quesitos al año y otras tantas de queso en lonchas, además del rallado. La plantilla suma 155 empleados. En el ejercicio 2025 ganó 3,4 millones de euros y rompió la barrera de los 50 millones facturados, lo que la convierte en una de las mayores compañías de Menorca, a la altura de los grandes grupos hoteleros de la isla.

El reto: exportar sin perder la escala

El caso de Queserías Menorca es una anomalía en un sector acostumbrado a las ventas apresuradas. Es la mayor empresa agroalimentaria de Baleares, en una comunidad donde el turismo representa el 83% del PIB, y presume de ser una isla industrial dentro de la isla. Su modelo de propiedad, repartido entre directivos y trabajadores tras el rescate, no tiene muchos precedentes en el lácteo español, más habituado a la concentración.

Su futuro pasa por mejorar las líneas de fabricación e incrementar la producción ahora que puede destinar recursos a invertir y no a devolver deuda. Crecer en cuota dentro de España es complicado cuando ya se controla el 60% del mercado de quesitos. Por eso la compañía mira a Francia, Italia, y el Reino Unido, mercados donde la exportación apenas supone el 10% de las ventas. El reto es mover un producto perecedero y de márgenes ajustados sin perder la escala que da la fábrica de Mahón.

Hay, además, una lectura incómoda. El rescate demuestra que un proyecto industrial puede sobrevivir a la peor de las herencias —deuda, marca ajena y clientes perdidos— cuando hay un equipo dispuesto a renunciar al 20% de su sueldo. Pero también demuestra lo frágil del equilibrio: bastó un comprador sin proyecto para poner, en muy poco tiempo, el negocio al filo de la liquidación. La dependencia de grandes distribuidoras como Mercadona, Lidl o Dia da volumen, sí, pero también poder negociador al cliente. Es el peaje de vender marca blanca.

La compañía no ha fijado fecha para su próximo gran salto, pero el rumbo está claro: más capacidad, más exportación y, si el mercado lo permite, crecer en los lineales de otros países. Menorca ya exportó una vez su queso fundido a media España. Repetir la jugada fuera de casa será bastante más difícil.


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