Gabriel Rufián ha sido probablemente el más gráfico de todos tras conocerse la muerte de Maricarmen, la mujer de 87 años que se convirtió en símbolo de las protestas por la vivienda en España después de ser desahuciada de la casa en la que había vivido durante más de siete décadas.
Pero si alguien ha puesto palabras a lo ocurrido durante estas semanas ha sido Jordi Évole. El periodista acertó al poner el foco en el tratamiento mediático que había recibido el caso y, especialmente, en la forma en la que determinados medios habían convertido el conflicto en un espectáculo. «A ver a qué vecino de Maricarmen entrevistan hoy. O a qué empresario inmobiliario desenfocan esta noche. Medios buitre. Medios carroñeros», escribió Évole.
El mensaje iba directamente contra una manera de hacer televisión que ha permitido que durante semanas se sucedieran entrevistas a vecinos, propietarios y personas relacionadas con el desahucio, mientras la propia Maricarmen se convertía en un personaje televisivo a atacar. El caso tuvo además uno de sus episodios más llamativos en ‘Horizonte’, el programa presentado por Iker Jiménez, que entrevistó desenfocado al propietario de Urbagestión y lo presentó como «un empresario español» que no era «un yihadista».

No fue el único medio y programa que realizó una cobertura de dudoso gusto. Medios como Okdiario y El Español publicaron polémicos reportajes sobre el caso como «La otra vida de Maricarmen según sus vecinos». En televisión, ‘Y ahora Sonsoles’ entrevistó a vecinos de la mujer desahuciada, mientras ‘Espejo Público’ dio voz al testimonio del antiguo casero, Ignacio Lázaro, quien afirmó: «Fue una mala vecina, se atrincheró en la casa hasta el día del desahucio».
El problema llegó cuando el foco dejó de estar en la vivienda y empezó a situarse directamente sobre la vida privada de Maricarmen. La cuestión dejó de ser cómo una mujer de 87 años había llegado a perder su vivienda y qué consecuencias tenía para ella, para convertirse en una investigación sobre sus hábitos, su dinero, sus relaciones con los vecinos o incluso sus vacaciones.
El ministro Óscar Puente también recordó las palabras de Lucía Etxebarria, colaboradora de Mediaset, que se había pronunciado con enorme dureza sobre la mujer. La escritora llegó a publicar: «Sobre Mari Carmen, ATERRADOR. Se iba de vacaciones todos los fines de semana. Cuentan en su barrio que al parecer tiene un piso en la playa».
La propia Etxebarria reconocía que el supuesto piso en la playa no estaba comprobado, aunque aseguraba haber comprobado que Maricarmen cobraba 2.000 euros al mes. También la calificó de «señora complicada», afirmó que no estaba apoyada por sus vecinos, la definió como «déspota» y «franquista de toda la vida» y sostuvo que había visto una oportunidad para hacer «el troleo y quedarse con la casa». Añadió además que «gran parte del dinero que le sobraba se lo gastaba en el bingo».
La dureza de estas afirmaciones resulta todavía más llamativa después del fallecimiento de Maricarmen. Una mujer de 87 años con el 50% de discapacidad que había quedado convertida en personaje público fue sometida en vida a un juicio mediático sobre su comportamiento y sus circunstancias económicas que poco tenía que ver con el problema estructural que había puesto su caso en el centro del debate.
Otro de los nombres que ha quedado señalado es Chapu Apaolaza. El escritor sostuvo en ‘Horizonte’ que Maricarmen había sido elegida por Pedro Sánchez mediante un supuesto «casting». La afirmación ha generado una fuerte polémica, pero el periodista se negó ayer a pedir disculpas. Tampoco lo han hecho las televisiones privadas. Isabel Díaz Ayuso, además, se ha negado a guardar un minuto de silencio en la Asamblea de Madrid por Maricarmen.
Jorge Javier Vázquez fue uno de los comunicadores que reaccionó con mayor contundencia tras conocerse la muerte. «Al enterarme de la muerte de Mari Carmen lo primero que se me viene a la cabeza es la incomprensible cantidad de odio que ha recibido antes de morir. Se han burlado de ella en programas de televisión, en tertulias de bar. En cualquier sitio», escribió.
Y añadió: «Pero Mari Carmen se ha convertido en un símbolo que retrata con precisión las miserias más oscuras de nuestra sociedad».
La frase debería servir también para abrir una reflexión dentro de algunos medios. No porque tengan que apoyar al Gobierno de Pedro Sánchez ni porque deban asumir el discurso de la izquierda. Los medios tienen todo el derecho a criticar al presidente, cuestionar sus decisiones, denunciar sus errores, sus contradicciones y mentiras, y los casos de corrupción que afectan a su Gobierno.
Otra cosa es convertir la crítica política en una excusa para construir determinados relatos de manera sistemática. Y ahí las televisiones privadas deberían mirarse a sí mismas antes de afrontar unas elecciones generales que volverán a llenar sus parrillas de debates, entrevistas y tertulias.
Una cosa es que Pedro Sánchez no guste a determinados medios. Otra es que esos medios terminen convirtiendo el espectro público en un espacio de legitimación de determinados discursos de la ultraderecha. El problema no es solamente el Gobierno que haya en La Moncloa.
La vivienda es uno de los mejores ejemplos. Durante años se ha construido una enorme cobertura alrededor de la llamada «okupamanía», mientras millones de inquilinos sufren alquileres desorbitados, jóvenes no pueden emanciparse y familias enteras viven con dificultades para mantener su vivienda.
Algo parecido ocurre con la inmigración y con la cobertura de Ceuta, con determinados discursos racistas que encuentran una enorme facilidad para entrar en las tertulias, o con la manera de informar sobre los asesinatos machistas. Cada víctima debería recibir una consideración y una dignidad semejantes a las que se aplican a otras víctimas terrorista. Y, sin embargo, no siempre sucede.
El caso de Maricarmen debería servir como advertencia. Algunos medios comenzaron contando la historia de una anciana que iba a perder su vivienda y terminaron examinando si viajaba los fines de semana, cuánto cobraba, si tenía un piso en la playa, si iba al bingo o si mantenía una buena relación con sus vecinos.
Los medios y Sánchez
Durante estos últimos ocho años, Sánchez ha sacado lo peor de determinados sectores mediáticos, incluidos algunos que se dicen progresistas pero no soportan que los comunistas formen parte del Gobierno, tampoco que el PSOE pacte con independentistas y menos aún que determinados datos macroeconómicos sean mejores de lo que esperaban cuando gobierna la derecha, o algunos avances sociales como las mejora del SMI.
Para algunos, la unidad de España se sitúa por encima de determinados derechos sociales de los españoles. La paradoja es que ahora incluso celebran que Carles Puigdemont pueda tumbar decretos progresistas desde el punto de vista social porque sus decisiones perjudican al Gobierno de Sánchez.
Tampoco es un fenómeno completamente nuevo. Hace treinta años algunos periodistas y comunicadores conversos, siempre van de la izquierda a la derecha, se presentaban como progresistas, pero antifelipistas. Decían no poder soportar los GAL, la corrupción o las decisiones del Gobierno de Felipe González. Con el paso del tiempo terminaron jaleando a José María Aznar y algunos han acabado en la órbita de Vox, reivindicando incluso al propio Felipe González como un «hombre de Estado» y una figura con mucho sentido común.
Ahora pasará lo mismo: del mentiroso progresismo antisanchista han pasado a no levantar la voz contra los excesos de Vox, lo cual legitima la vuelta al poder en España de la ultraderecha, que llama «Morocarmen» a Maricarmen y cuenta entre sus estrellas con Hermann Tertsch, que ha pedido que le hagan «la autopsia» a la fallecida, quizá por si pueden encarcelar a Sánchez por ello. Sus socios no son mucho mejores: el PP mantiene como concejal en Benalmádena a un sujeto que ha calificado a la anciana desahuciada como «puta sinvergüenza con miles de euros en el banco».
Y todo ello ocurre mientras algunos medios que se presentan como demócratas, europeístas, sensatos y liberales contribuyen a normalizar este tipo de discursos. Es un particular liberalismo el de algunos de estos medios: critican el gasto público salvo cuando se trata de publicidad institucional repartida por determinados gobiernos regionales y defienden la libre competencia siempre que no le salgan competidores a algunas de sus estrellas y se mantengan rentabilísimos negocios protegidos por barreras de entrada.





