Eric Schmidt alerta: la IA reescribe la guerra en Ucrania y ya decide los ataques

Eric Schmidt sostiene en The Economist que la guerra en Ucrania se ha convertido en el laboratorio del futuro combate y que Rusia ha aprendido a innovar con muchos más recursos que Kiev.

Eric Schmidt ya no habla de Silicon Valley. El exconsejero delegado de Google, hoy inversor en inteligencia artificial y en tecnología de defensa, sostiene en una entrevista con The Economist que Ucrania y Rusia están construyendo, a golpe de innovación y de bajas, el modelo de guerra que el resto del mundo acabará copiando. Y avisa: Moscú ha dejado de ser el rival grande y lento.

La conversación forma parte del programa Inside Defense de The Economist y se grabó en Kiev, con la guerra todavía en curso a pocos cientos de kilómetros. El entrevistador presenta a Schmidt como uno de los padres del Silicon Valley moderno, inversor en algunas de las empresas de IA más relevantes y, sobre todo, como alguien que ha creado y escalado una compañía de drones en Ucrania y que ha visitado el frente en repetidas ocasiones.

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Un laboratorio llamado Ucrania

Según el relato del propio Schmidt, llevaba más de tres años trabajando en este terreno. Ha visto cómo los ucranianos se esforzaban por innovar y cómo sostenían la línea a un coste enorme. Durante ese tiempo, la premisa dominante era cómoda: Ucrania innova, Rusia aguanta con masa y lentitud. Esa premisa, dice, ya no se sostiene. Las nuevas tecnologías tienen versión ofensiva y defensiva, y ambas se están probando al mismo tiempo en el mismo campo de batalla.

Por eso el exdirectivo de Google describe el conflicto como un emparejamiento desafortunado: dos países que se están inventando mutuamente el futuro del combate. Lo que él vio en el frente no se parece a la tecnología que se discute en las conferencias del sector. Se parece a un ciclo de prueba y error permanente, donde cada avance se responde con otro en cuestión de semanas.

Rusia ya no es el gigante que se suponía

En un artículo publicado en The Washington Post, Schmidt escribió que estaba más preocupado que en cualquier otro momento desde los primeros días de la invasión. Lo explicó así en la entrevista: Rusia está recorriendo una curva de mejora parecida a la de Ucrania, pero con muchos más recursos detrás. A eso sumó una idea incómoda, la de una estrategia de guerra total que habría neutralizado parte de la ventaja innovadora ucraniana.

El cambio de diagnóstico importa. Si ambos bandos mejoran al mismo ritmo pero uno dispone de una base industrial y humana mucho mayor, el tiempo deja de jugar a favor del innovador más débil. Es, en el fondo, la vieja lección de la guerra industrial aplicada a una era de software, drones y datos.

‘La única forma que conozco de detener a un agresor es responder’, sostiene el exconsejero delegado de Google.

— Eric Schmidt

El problema que no tiene solución conocida

Entre los datos que Schmidt maneja hay uno que repite con crudeza: no existe una forma eficaz de interceptar los misiles balísticos que Rusia está empleando. Es un reconocimiento sin adornos. Toda la conversación sobre drones baratos, enjambres y software de puntería choca contra esa pared cuando el ataque llega a alta velocidad y desde muy lejos.

La conclusión del exdirectivo no es un catálogo de soluciones sino un diagnóstico: el sistema que debería proteger a la población está por detrás del sistema que la amenaza. Ahí es donde la defensa aérea, la industria europea y la ayuda occidental entran en la ecuación con más urgencia que retórica.

La guerra real no se parece al cine

Schmidt contrapone su experiencia en el terreno con la imagen que se transmite en las películas. Describe la muerte real, la destrucción de una ciudad y el sufrimiento de civiles, y lo resume de un modo incómodo: es peor de lo que la gente imagina. De ahí su punto de partida moral: el objetivo debería ser parar la guerra, y la única manera que conoce de frenar a un agresor es oponer resistencia.

Drones, IA y una carrera que no espera

El entrevistador recuerda que ha visitado el cuartel general de Nemesis, una de las brigadas de drones ucranianas, y asegura que allí se ve un atisbo de cómo serán los conflictos futuros. Es el contexto en el que encaja la trayectoria de Schmidt: inversor en inteligencia artificial, promotor de tecnología militar y, a la vez, defensor abierto de que Europa y Estados Unidos aceleren en defensa.

La lectura editorial que se desprende de la conversación es clara. Si el software y los drones marcan el ritmo, la frontera entre ataque y defensa se difumina y las decisiones se comprimen en segundos que ningún humano puede cubrir a mano. Esa es la puerta por la que entra el debate sobre armas autónomas, con todas sus consecuencias legales y éticas, y es también la razón por la que una entrevista grabada en Kiev interesa mucho más allá de Ucrania.

Qué significa todo esto

Para el lector, el mensaje de Schmidt es menos una predicción que un aviso con fecha. La ventaja tecnológica no es permanente, y quien la tiene puede perderla en pocos meses si el adversario copia, ajusta y produce en volumen. Ucrania ha demostrado que un país mediano puede innovar más rápido que una potencia mayor; ahora Schmidt advierte de que esa potencia también ha aprendido a innovar.

De ahí se derivan dos consecuencias prácticas. La primera es que la ayuda militar se juega tanto en la cantidad como en la velocidad de adaptación: los sistemas que hoy funcionan pueden ser obsoletos en un trimestre. La segunda es que Europa, acostumbrada a comprar tecnología madura y a esperar ciclos largos, tendrá que decidir si financia su propia base industrial de drones, sensores y software o si sigue dependiendo de terceros.

Hay una tercera, más incómoda. Si la innovación se acelera, la tentación de delegar decisiones en máquinas crece. Schmidt no reclama eso en la conversación; subraya la necesidad de resistir y de proteger. Pero cualquier país que observe lo que ocurre en Ucrania tendrá que fijar pronto dónde pone el límite entre asistir a un operador humano y decidir por él.

La entrevista termina donde empezó: en una guerra que no se parece a las anteriores y que se está escribiendo en tiempo real. La pregunta abierta es quién aprenderá antes, si el que innova con menos recursos o el que copia con más. Y qué pasa con los que solo miran.

Puedes ver la entrevista completa en el vídeo original de The Economist en YouTube.

Youtube video

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