Hay una generación entera que estudia con el Código Civil abierto y los ojos clavados en reels de comida a las tres de la mañana. Franco Pisso, abogado y profesor de oratoria y comunicación no verbal, recibió el mensaje de un exalumno que describía exactamente esa situación y decidió transformarlo en una lección para todos. Explica que no es un problema de voluntad, sino que el cerebro ha perdido el control de sí mismo.
El fenómeno tiene nombre en inglés: brain rot o cerebro oxidado. Pisso aborda esta problemática desde el autoconocimiento y la comunicación interna porque sostiene que antes de hablarle al mundo hay que aprender a escucharse a uno mismo. Y eso hoy, con las redes sociales y el entretenimiento infinito, resulta más difícil que nunca.
El algoritmo no necesita tu voluntad: la toma igual

El mensaje que detonó todo lo escribió Facundo, un estudiante de derecho que trabaja en un estudio jurídico y que reconoce que su cerebro es un ruido blanco cada vez que intenta concentrarse. Habla bien en público porque las clases de oratoria de Pisso le dieron seguridad pero cuando se sienta a analizar un fallo en profundidad algo falla. El móvil lo llama. No como distracción sino como necesidad física.
Pisso asegura no se trata de falta de voluntad en el sentido clásico del término. El problema es más profundo y tiene que ver con la forma en que el cerebro humano interpreta el scroll infinito. Desde hace miles de años el cerebro está diseñado para hacer cosas: buscar alimento, desplazarse, construir, sobrevivir. Hoy confunde esa actividad ancestral con el consumo de contenido porque la dopamina que libera es prácticamente la misma. El resultado es una sensación de movimiento constante que no lleva a ningún lado y que deja después un vacío difícil de explicar pero muy fácil de reconocer.
Lo que sigue a ese vacío es un relato interno que puede resultar devastador. El cerebro oxidado no solo distrae sino que convence a su dueño de que está roto para siempre. Pisso advierte que ese diálogo interno es tan determinante como cualquier mensaje que uno le envíe al mundo exterior. Creer que uno ha perdido la capacidad de concentrarse y repetírselo es reforzar exactamente el problema que se quiere resolver. La voluntad no desaparece sino que queda atrapada bajo capas de automatismo y de narrativa negativa.
Recuperar el control no depende de la voluntad sino de la acción
Una de las ideas más provocadoras que desarrolla Pisso es que esperar tener voluntad o ganas para hacer algo importante es una trampa. El cerebro está programado para conservar energía y cualquier tarea que demande esfuerzo real encontrará resistencia. Pensar que primero hay que sentir voluntad y después actuar es invertir el orden correcto de las cosas. La voluntad genuina no precede a la acción sino que emerge de ella.
Por eso su consejo para Facundo y para quienes se reconocen en su historia es aburrirse. Dejar el móvil. Salir a caminar sin destino ni propósito productivo. Estudiar algo cuando no hay ningún examen que lo exija. Esas acciones aparentemente pequeñas son las que le demuestran al cerebro que su dueño sigue siendo el que manda. La voluntad se reconstruye haciendo cosas que no son urgentes ni impuestas desde afuera sino elegidas desde adentro.
El experto también distingue con cuidado entre ser y estar. Una persona no es su cerebro oxidado ni es su incapacidad de concentrarse en un momento dado. Está atravesando esa dificultad lo cual es radicalmente distinto. Esa diferencia no es semántica sino que cambia por completo la forma en que uno se relaciona con sus propios límites. Quien cree que es un problema raramente busca soluciones. Quien sabe que está en un problema empieza a moverse.
El mensaje de Facundo podría haberlo enviado cualquier estudiante universitario de los últimos años. Pisso lo tomó como punto de partida precisamente porque intuye que detrás de cada chico que finge que todo está bien en los pasillos de la facultad hay un cerebro que pelea en silencio contra el algoritmo. La buena noticia que ofrece es que ese cerebro es antifrágil: cuanto más se lo ejercita con cosas difíciles más fuerte se vuelve. La voluntad no es un rasgo de carácter fijo sino un músculo que se entrena. Y como todo músculo necesita que alguien decida usarlo.





