Ana Ibáñez, experta en neurociencia aplicada: “Nuestro cerebro no entiende de tiempo; cree que lo que sientes durará para siempre”

Ana Ibáñez explica cómo el cerebro, guiado por supervivencia, percibe las emociones como permanentes y amplifica el estrés, pero también cómo entrenarlo permite recuperar flexibilidad mental y romper el ciclo de ansiedad cotidiana de forma.

El cerebro humano no distingue entre lo temporal y lo permanente. Cuando algo duele, concluye que siempre dolerá. Ana Ibáñez, experta en neurociencia aplicada y fundadora de Mind the Studio, lleva 16 años trabajando para revertir esa lógica y devolver a las personas el control sobre su propio estado mental.

Para Ibáñez, quien cuenta con seis centros de entrenamiento cerebral repartidos entre Madrid, Barcelona y Valencia, y una comunidad que la sigue en todo el mundo hispanohablante, su trabajo consiste en traducir los últimos descubrimientos sobre plasticidad neuronal en herramientas concretas para el día a día. El estrés, afirma, está en la base del 80% de los problemas que llegan a sus centros.

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Por qué el cerebro nos arrastra al peor escenario posible

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Fuente: Canva.

El cerebro está diseñado para la supervivencia, no para la felicidad. Esa distinción, que Ibáñez repite con énfasis, explica muchos de los patrones que las personas reconocen en sí mismas sin saber descifrar. El cerebro tiende a automatizar todo aquello que ya conoce porque lo seguro es lo que tiene final predecible. Por eso se frecuentan los mismos lugares, se busca la compañía de quienes piensan parecido y se evita la incertidumbre aunque sea estimulante.

El problema es que el mundo actual exige exactamente lo contrario. La velocidad del cambio le dice al cerebro, de forma constante, que no sabe cómo terminarán las cosas. Y esa señal se traduce en estrés crónico que, cuando no se trata, activa las frecuencias cerebrales conocidas como high beta en las áreas temporales, parietales y prefrontales del hemisferio derecho.

En términos prácticos, bloquea el córtex prefrontal —el centro de la reflexión y la perspectiva— y amplifica la amígdala, que gestiona el miedo y la amenaza. Desde ahí, el cerebro ve las situaciones más oscuras de lo que realmente son.

La buena noticia que Ibáñez aporta es que ese patrón se puede revertir. El entrenamiento en frecuencias cerebrales, similar en su lógica al entrenamiento físico, permite que el cerebro recupere flexibilidad: la capacidad de pasar de un estado a otro sin quedarse atrapado en ninguno. Un cerebro flexible puede concentrarse cuando lo necesita, transitar un duelo sin derrumbarse y salir del círculo vicioso de la ansiedad sin que el secuestro amigdalar lo paralice por completo.

Herramientas concretas para entrenar el cerebro desde casa

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Ibáñez es la primera en reconocer que no todo el mundo puede acceder a un centro especializado. Por eso dedica buena parte de su trabajo a divulgar técnicas que cualquier persona puede practicar sin más recursos que su propia atención.

La más poderosa de ellas es la visualización del resultado: antes de enfrentar cualquier situación que genere estrés o miedo, cerrar los ojos y verse en ella ya terminada y terminada con éxito. El cerebro, explica la experta, no distingue con claridad entre lo que ocurre de verdad y lo que se imagina con intensidad. Cuando se le muestra un final seguro, deja de activar la alarma.

Una segunda técnica igualmente eficaz es lo contrario: ante la ansiedad, buscar en la memoria un momento en el que no existía. Visualizarlo con detalle, adoptar la respiración de ese instante y sostenerla. La resonancia magnética funcional muestra que el patrón eléctrico cerebral comienza a cambiar hacia el estado que se está imaginando aunque el entorno siga siendo estresante.

Y luego están los recursos más cotidianos que Ibáñez menciona con entusiasmo genuino: la postura corporal y la música. Abrirse de hombros y mantenerse erguido le envía al cerebro una señal de fortaleza que choca con el estado de vulnerabilidad y empieza a modificar las frecuencias. Una canción que ya esté asociada a un buen momento activa esa memoria corporal y lleva al cerebro de vuelta a ese estado casi de forma inmediata.

El mensaje central que Ibáñez defiende después de más de una década y media de trabajo con casos clínicos es tan sencillo como transformador: el cerebro cambia cuando tiene razones para cambiar. No basta con querer sentirse mejor; hay que mostrarle adónde ir. Y cuando eso ocurre, la vida —en sus propias palabras— empieza a conspirar a favor.


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