España crece en cifras macroeconómicas pero sus ciudadanos se sienten cada vez más pobres. Salarios estancados, vivienda inalcanzable y un sistema de pensiones que acumula deuda a un ritmo alarmante. Para entender esta paradoja, el economista Daniel Lacalle ofrece un diagnóstico alarmante, pero a la vez necesario.
Lacalle es uno de los economistas más reconocidos del panorama internacional. Formado en España y forjado en los grandes centros financieros del mundo —desde la City de Londres hasta Citadel o PIMCO—, su trayectoria le otorga una perspectiva privilegiada para analizar lo que está ocurriendo con la economía española y el futuro de las pensiones.
El PIB crece, pero el bolsillo se vacía
El relato oficial habla de récords de empleo y de una economía que avanza como un cohete. Sin embargo, Lacalle desmonta esta narrativa con un dato contundente: según el Fondo Monetario Internacional, el PIB per cápita de España apenas habrá aumentado un 0,1% entre 2017 y 2026.
«Los ciudadanos no están equivocados cuando perciben que están más pobres», afirma el economista, quien señala que dopar el crecimiento mediante gasto público e inmigración masiva no equivale a generar riqueza real.
La inflación, lejos de ser el IPC oficial, es en realidad la pérdida de poder adquisitivo de la moneda. Los alimentos han subido más de un 60% y la vivienda supera el 50% de incremento. Mientras tanto, los salarios reales netos han caído, y la asequibilidad se ha deteriorado de forma sostenida. El resultado es visible en los hábitos de consumo de la población, que cada vez opta por marcas más económicas ante la imposibilidad de mantener el nivel de vida anterior.
Lacalle recuerda que esta divergencia entre los datos macroeconómicos y la realidad cotidiana no es exclusiva de España. «Ocurrió en Grecia antes de su crisis», advierte, y aunque descarta que la situación española sea idéntica, sí apunta a que los síntomas son inquietantemente similares. La deuda de la Seguridad Social se ha multiplicado por cuatro hasta los 136.000 millones de euros y, a partir de octubre, el sistema dejará de financiarse únicamente con cotizaciones.
Las pensiones no se salvan con inmigración de baja cualificación

Uno de los argumentos más extendidos por parte del Gobierno es que la inmigración resulta imprescindible para sostener las pensiones. Lacalle lo rebate con claridad: «Es una falacia de libro». Los datos demuestran que la inmigración de baja cualificación tiene una contribución neta negativa al sistema, es decir, genera más gasto del que aporta en cotizaciones. Dinamarca y otros países del norte de Europa ya han constatado esta realidad.
El economista propone una prueba de fuego sencilla: si disparar el gasto público y aumentar la inmigración fueran la solución para las pensiones, Francia no estaría al borde de la quiebra. Sin embargo, el país vecino es precisamente el espejo en el que España podría mirarse si no cambia de rumbo.
Para que el sistema de pensiones sea sostenible, Lacalle defiende una receta que reconoce como impopular pero necesaria: atraer capital, talento y empresas de alto valor. Lo único que haría sostenible las pensiones es que España empezase a traer ricos de verdad, personas que generen empleo e inversión a gran escala», señala. La contradicción actual es evidente: se rechaza que haya empresas más grandes, más rentas altas y más riqueza privada, pero al mismo tiempo se exigen pensiones cada vez más generosas. Esa ecuación, según Lacalle, es matemáticamente imposible.
El camino correcto pasa, en su opinión, por recortar el gasto público superfluo, eliminar trabas al crecimiento empresarial e incentivar la inversión privada. España destina miles de millones a partidas prescindibles mientras el gasto en pensiones ya representa casi el 40% de los ingresos del Estado.
Sin reformas estructurales de calado, el sistema no se sostiene. No porque falten cotizantes, sino porque el modelo está diseñado para perpetuar la dependencia y no para generar la riqueza que las pensiones del futuro van a necesitar.






