El modelo centrado en los hidrocarburos está pasando poco a poco a la historia, para dar pie a un sistema energético basando en infraestructuras eléctricas. Según apunta la última nota de Mirabaud, este cambio de paradigma responde a que las crisis energéticas, como la que se está viviendo en Oriente Próximo, están forzando, junto con la alta demanda energética de los centros de datos, un sistema más defensivo y seguro.
Un sistema basado en hidrocarburos con fecha de caducidad
Durante décadas el principal cuello de botella del sistema energético global fue el suministro de petróleo y gas. Sin embargo, el foco comienza a desplazarse hacia otro punto crítico: la capacidad de generar electricidad, ampliar las redes de transmisión y garantizar la resiliencia de las redes eléctricas. Según apunta el informe, el problema ya no es solo disponer de combustible, sino ser capaz de transportar y gestionar grandes volúmenes de electricidad de forma estable.
Este cambio responde a varias tendencias estructurales, donde una de las más relevantes es el auge de la inteligencia artificial. En este sentido, los grandes centros de datos, que sustentan el desarrollo de esta tecnología, están incrementando rápidamente su consumo energético. Según las estimaciones recogidas por Mirabaud, el consumo mundial de electricidad de los centros de datos podría pasar de unos 450 TWh en 2023 a cerca de 1.200 TWh en 2030, lo que representaría alrededor del 5% de la demanda eléctrica global.
A ello se suma el proceso de electrificación de amplios sectores industriales, que se está produciendo al mismo tiempo que muchos sistemas energéticos siguen apoyándose en infraestructuras diseñadas para una economía basada en hidrocarburos. Esta combinación de factores está generando nuevas tensiones en la red eléctrica y obliga a acelerar las inversiones en infraestructuras energéticas.

En este contexto, según señala la gestora, la crisis de suministro de hidrocarburos actúa como un catalizador. Lo que inicialmente se traduce en un repunte de los precios del petróleo o del gas acaba desencadenando un ciclo de inversión en infraestructuras que puede prolongarse durante años.
El informe describe un proceso de ajuste que suele desarrollarse en cuatro etapas. La primera está marcada por la incertidumbre geopolítica, que introduce una prima de riesgo en los mercados energéticos y desplaza la atención hacia el sector upstream. Posteriormente, los gobiernos priorizan la seguridad energética y la autonomía estratégica, impulsando inversiones en infraestructuras de gas natural licuado y en sistemas de generación flexible que actúan como soluciones de transición.
La tercera fase se produce cuando la expansión de la infraestructura digital comienza a presionar la capacidad energética nacional. En ese punto, la disponibilidad de energía se convierte en un factor limitante para el crecimiento tecnológico. Y finalmente, el sistema entra en una cuarta etapa en la que el verdadero cuello de botella pasa a ser la capacidad de la red eléctrica, lo que dirige el capital hacia redes de alta tensión, refuerzo de la infraestructura de transmisión y generación local de electricidad.
Desde el punto de vista de la inversión, Mirabaud señala que las oportunidades se concentran en tres áreas principales. La primera es la infraestructura eléctrica básica, especialmente los sistemas de cableado de alta tensión y la gestión de redes, que resultan esenciales para sostener el crecimiento de la economía digital. La segunda corresponde a las tecnologías críticas, como el hardware especializado y los semiconductores, que permiten gestionar sistemas energéticos cada vez más complejos y eficientes. La tercera se sitúa en la generación flexible, donde tecnologías como los reactores nucleares modulares o las turbinas de gas de alta eficiencia pueden desempeñar un papel clave para estabilizar redes cada vez más exigidas.

Las implicaciones también varían según la región. Según apunta la consultora, Estados Unidos parte con cierta ventaja gracias a su producción energética doméstica y a su creciente capacidad exportadora de gas natural licuado, lo que le permite amortiguar mejor las perturbaciones del mercado global. Europa, en cambio, afronta una posición más delicada debido a su dependencia estructural de las importaciones energéticas, especialmente de gas natural. Japón y Corea del Sur presentan vulnerabilidades similares, mientras que los países exportadores de materias primas pueden beneficiarse de precios energéticos más altos.
China, por su parte, ocupa una posición intermedia. Aunque sigue siendo un gran importador de hidrocarburos y, por tanto, sufre el impacto de precios más elevados, también ha desarrollado una posición dominante en tecnologías de electrificación y equipos de red, lo que le permite capturar parte del ciclo de inversión en infraestructuras que se está gestando.
En definitiva, el análisis concluye que las crisis energéticas actuales no solo afectan al precio de las materias primas, sino que están redefiniendo la base industrial del sistema energético global, donde se está apuntando por abandonar el sistema basado en hidrocarburos, para optar por uno construido en torno a la electrificación.




