Antonio Molina, Guardia Civil: “Hay días que no podemos salir de patrulla; no hay vehículos ni folios”

Antonio Molina denuncia la precariedad de medios en la Guardia Civil, con falta de vehículos y recursos básicos, brecha salarial y presión psicológica creciente, en un cuerpo clave que opera al límite mientras sufre carencias estructurales.

Detrás del uniforme verde que custodia carreteras, fronteras y pueblos de toda España hay personas que cargan con el peso de lo que ven y lo que viven. Antonio Molina, presidente de la Asociación Unificada de Guardias Civiles a nivel provincial, pone voz a una realidad que pocas veces llega a los titulares: la de quienes velan por todos pero nadie parece velar por ellos.

Molina llegó al cuerpo sin tradición familiar, empujado por la vocación y el deseo de hacer algo distinto después de años trabajando en hostelería. Hoy, con dos décadas de servicio a sus espaldas, habla sin rodeos sobre los retos materiales, humanos y emocionales que enfrenta la Guardia Civil en una sociedad que la valora enormemente pero que rara vez se pregunta en qué condiciones trabaja.

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Guardia Civil: Vehículos averiados, folios escasos y una burocracia que frena a quien más trabaja

Guardia Civil: Vehículos averiados, folios escasos y una burocracia que frena a quien más trabaja
Fuente: agencias

Una de las denuncias más llamativas que plantea Molina es tan concreta como reveladora. Hay días en que los agentes no pueden salir de patrulla por falta de vehículos operativos. Coches con 300.000 kilómetros, radiocintas obsoletas y averías en mitad de un seguimiento o de una intervención urgente. Mientras tanto, conseguir una caja de folios requiere enviar hasta tres correos y esperar respuesta.

La comparación con otros cuerpos resulta inevitable. La Policía Nacional dispone de vehículos en régimen de leasing que se sustituyen cuando fallan. La Guardia Civil espera, improvisa y sale adelante como puede.

Molina también señala la brecha salarial como una herida abierta: en servicios extraordinarios, un guardia civil cobra alrededor de 12 euros la hora frente a los más de 40 que puede percibir un policía local que acude al mismo requerimiento. Una diferencia que, en sus palabras, no tiene ninguna justificación lógica.

La Guardia Civil gestiona hoy delitos telemáticos que han crecido un 500%, controla fronteras, atiende a ancianos caídos en sus domicilios a las cuatro de la mañana y responde a todo tipo de emergencias que otros cuerpos no cubren. La institución llega donde nadie más llega y esa amplitud de funciones contrasta con unos medios que no han crecido al mismo ritmo.

La presión que no se queda en el cuartel: salud mental y vida familiar en el cuerpo

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Molina reconoce sin pudor que hay días en los que llega a casa con el peso de lo vivido pegado al cuerpo. Un accidente con víctimas mortales, un incendio, una situación violenta. Todo eso no desaparece al cerrar la taquilla.

La Guardia Civil ha puesto en marcha un programa de prevención del suicidio y un teléfono de atención psicológica disponible las 24 horas, pero el presidente de la asociación considera que aún es insuficiente. Lo que hace falta, defiende, es una evaluación periódica y obligatoria para todos los agentes, no recursos que dependan de que cada persona dé el paso de pedirlos.

El apoyo familiar resulta fundamental en este contexto. Molina lo sabe bien porque ha pasado veranos enteros fuera de casa por decisión propia, asumiendo comisiones de servicio voluntarias. Su familia lo entiende, aunque no siempre con facilidad. La Guardia Civil no elige sus horarios ni sus turnos y esa falta de control sobre la propia vida cotidiana pesa, especialmente cuando en casa también hay problemas que atender.

Para quienes estén valorando incorporarse al cuerpo, Molina es directo: si el equilibrio entre vida personal y servicio es una prioridad, hay que pensarlo bien. La Guardia Civil exige una entrega que va más allá del horario laboral.

Sin embargo para quienes sienten vocación genuina esa misma exigencia es también fuente de satisfacción. Molina lo resume con sencillez: cuando te gusta lo que haces, las horas no importan tanto. Lo que importa es que quien da tanto reciba algo digno a cambio. Y en eso, según él, todavía queda mucho camino por recorrer.


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