El conflicto de Irán ha dado pie a que la energía sea vista como un bien estratégico que condiciona crecimiento, inflación y estabilidad global. Esta es la principal conclusión de la última nota de Generali Investments, que apunta a que los mercados han dejado de ver la energía como un bien abundante, sino como un factor de riesgo.
Irán no ha generado un cambio en el sistema, lo ha acelerado
A partir de ahí, el informe elaborado por Generali Investments profundiza en un cambio estructural que ya venía gestándose, pero que debido al reciente conflicto de Irán, se ha acelerado. El informe insiste en que la clave ya no es cuánta energía existe en el mundo, sino dónde está, quién la controla y cuán fiable es su suministro.
En este contexto, el conflicto en Irán no se interpreta únicamente como una amenaza directa sobre la producción, sino como un elemento que incrementa la prima de riesgo en una de las regiones más estratégicas del planeta para los mercados energéticos. No por nada, en el estrecho de Ormuz circula alrededor de una quinta parte del petróleo mundial. Este riesgo se suma a otras tensiones geopolíticas que afectan a grandes exportadores como Rusia o Venezuela; por lo que en conjunto hay un 10% del suministro mundial de petróleo que está expuesto a la incertidumbre.

Por otro lado, el informe apunta a que el sistema energético global llega con una serie de debilidades estructurales acumuladas propias del viraje a energías más verdes. Durante más de una década, el sector petrolero sufrió una infrafinanciación estructural, en parte por las políticas de des carbonización y por la percepción de que los combustibles fósiles estaban en declive. Como consecuencia, el peso del sector energético en los índices bursátiles cayó hasta el 3%-4%, muy lejos del 14%-15% que representaba en los años noventa.
Irán continúa elevando el riesgo de un nuevo shock energético global
A esta falta de inversión se suma otro factor crítico: la pérdida de flexibilidad del sistema. En este sentido, la nota de Generali Investments apunta a que la producción de petróleo de esquisto (shale) en Estados Unidos, que durante años actuó como un “colchón” capaz de equilibrar el mercado, está entrando en una fase de madurez. En 2025, la producción se sitúa en torno a los 13,6 millones de barriles diarios, con un techo estimado cercano a los 13,8 millones, lo que indica una clara desaceleración. Esto limita la del mercado para reaccionar rápidamente ante shocks de oferta.
El resultado es un sistema más rígido y vulnerable. Aunque actualmente existe un aparente superávit de alrededor de 1,8 millones de barriles diarios, el informe advierte de que se trata de un equilibrio frágil, sostenido por factores temporales. En este nuevo entorno marcado ahora por la guerra de Irán, cualquier perturbación puede provocar reacciones bruscas en los precios.

Por el lado de la demanda, el informe señala que China está emergiendo como un elemento estabilizador. El gigante asiático ha acumulado más de 1.200 millones de barriles en reservas, equivalentes a más de 100 días de importaciones, lo que le permite amortiguar parcialmente las tensiones del mercado. Sin embargo, esta estrategia también refleja una tendencia más amplia: los países están priorizando la seguridad energética por encima de la eficiencia.
Además, el informe introduce un nuevo vector de presión: el auge de la inteligencia artificial. El crecimiento de centros de datos y de infraestructuras digitales está generando una demanda energética constante, elevada y poco flexible, lo que añade tensión a un sistema ya limitado. Este fenómeno pone de relieve las dificultades de una transición energética basada en fuentes intermitentes, como las renovables, frente a la necesidad de un suministro estable.
En este escenario, Europa aparece como una de las regiones más expuestas, ya que combina la alta dependencia de importaciones, regulación exigente y retrasos en la inversión. Todo ello se traduce en una reducción en su capacidad de adaptación, al tiempo que amplía la brecha de costes energéticos frente a otras economías.
Con todo, la conclusión del informe es clara: el mundo está entrando en una nueva fase en la que la energía deja de ser un input más para convertirse en un activo estratégico central. La prioridad ya no es únicamente el coste, sino garantizar el acceso, la estabilidad y la previsibilidad del suministro. Un cambio de paradigma que, según Generali Investments, tendrá implicaciones profundas tanto en la economía global como en las decisiones de inversión en los próximos años.





