Pilar Sordo (59), psicóloga: “Viví años sin amor propio; siempre ponía al otro por encima de mí”

Pilar Sordo revela cómo años de complacencia y falta de amor propio marcaron su vida, y plantea un cambio clave: priorizarse, poner límites y redefinir el éxito desde el equilibrio emocional y la coherencia personal sostenida.

La sociedad contemporanea nos exige constantemente ser la mejor versión de nosotros mismos. En este escenario, Pilar Sordo emerge con una confesión que desarma cualquier prejuicio sobre el éxito. La reconocida psicóloga revela que, tras décadas de guiar a otros, ella misma transitó gran parte de su vida en una carencia profunda de identidad personal.

Durante años, su estructura vital se basó en la complacencia absoluta, donde las necesidades ajenas siempre resultaban más urgentes que las propias. Hoy, con 59 años y 14 libros a cuestas, Sordo comparte los hallazgos de un viaje introspectivo que la llevó a entender que el reconocimiento externo es frágil si no existe un cimiento sólido de amor propio.

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Del éxito profesional a la deuda emocional

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Detrás de sus libros, conferencias y reconocimiento internacional, la psicóloga reconoce una etapa marcada por decisiones tomadas desde la carencia de amor propio. “Estructuré mi vida desde la complacencia”, admite, en referencia a una dinámica en la que el otro siempre ocupaba el centro.

Durante años, el amor propio estuvo ausente. Esa falta no solo condicionó su vida personal, sino también su manera de vincularse con el entorno. La dificultad para poner límites, decir que no o priorizarse derivó en elecciones que, con el tiempo, ella misma califica como equivocadas.

El fenómeno no es aislado. En su análisis, Sordo sostiene que muchas personas han sido educadas bajo patrones similares, donde el sacrificio y la entrega al otro se confunden con virtud.

A pesar de haber alcanzado prestigio en el ámbito profesional, su relato desmonta una idea frecuente: el éxito no garantiza equilibrio emocional. Durante años, tuvo que “probar” que su conocimiento era válido, en un entorno donde además enfrentó barreras por ser mujer. Esa presión reforzó una autoexigencia que profundizó la desconexión con el amor propio.

Con el tiempo, ese esquema comenzó a resquebrajarse. No por una epifanía puntual, sino por un proceso gradual de revisión personal. “Hoy me quiero y me respeto”, afirma, marcando un punto de inflexión en su historia.

Amor propio: el cambio silencioso que redefine la vida

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Fuente: Canva

El giro en su narrativa no implica abandonar su esencia. Sordo sigue definiéndose como una persona generosa, pero introduce un matiz clave: la selectividad. El amor propio, en este sentido, no elimina la entrega, sino que la ordena.

Este cambio se traduce en una lógica más clara: dar sin perderse. La psicóloga insiste en que el amor propio no es egoísmo, sino una forma de autocuidado que permite sostener vínculos más sanos. En su modelo actual, integra conceptos como autoaceptación, límites y responsabilidad emocional.

Uno de los puntos más relevantes de su discurso es la desmitificación del sufrimiento como única vía de aprendizaje. Durante años, ella misma sostuvo esa idea. Sin embargo, hoy plantea que el crecimiento también puede darse desde el bienestar. El amor propio, en ese marco, funciona como un eje que ordena decisiones y reduce la necesidad de atravesar procesos dolorosos para evolucionar.

En paralelo, cuestiona una tendencia social cada vez más visible: la necesidad de construir “vidas extraordinarias”. Según su mirada, existe una presión por convertir cada experiencia en algo excepcional. Frente a eso, propone una idea más simple y, a la vez, más incómoda: “al final somos tan simples”.

Otro aspecto que atraviesa su reflexión es la gestión del tiempo emocional. Sordo rechaza la idea de que el tiempo por sí solo cura. En cambio, plantea que es el uso consciente de ese tiempo lo que permite sanar. En esa ecuación, el amor propio vuelve a ser determinante: define cómo se procesan las experiencias y qué decisiones se toman a partir de ellas.

Su recorrido también expone una tensión habitual entre lo público y lo privado. Mientras su figura crecía, su vida personal exigía renuncias. Ausencias, pérdidas y costos que, según reconoce, forman parte del trayecto. Sin embargo, lejos de romantizar ese sacrificio, lo integra como parte de una narrativa más honesta.

Según ella, no se trata de evitar errores, sino de entenderlos en contexto. “Uno hace lo que puede con las herramientas que tiene”, sostiene. El amor propio, entonces, no solo se construye hacia adelante, sino también hacia atrás, en la manera en que se interpreta la propia historia.

Hoy, su mensaje encuentra eco en una audiencia que busca respuestas en medio de la incertidumbre emocional. No desde la perfección, sino desde la experiencia. El amor propio, lejos de ser una consigna vacía, se presenta como un proceso dinámico, incómodo en ocasiones, pero necesario.

En conclusión, la historia de Pilar Sordo no gira en torno al éxito, sino a la reconstrucción. Una reconstrucción que empieza por lo más básico y, al mismo tiempo, lo más complejo: aprender a ponerse en el centro sin dejar de mirar a los demás.


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