Ana Ibáñez, neurocientífica: “La ansiedad es miedo, aunque creas que no lo tienes; tu cerebro sí lo siente”

Ana Ibáñez sostiene que la ansiedad es una respuesta de miedo automática: el cerebro reacciona a amenazas percibidas aunque la mente las niegue, y solo al entrenarlo se puede recuperar equilibrio y control emocional sostenido.

El cerebro humano no ha cambiado en miles de años, pero el entorno sí lo ha hecho a una velocidad sin precedentes. En medio de la sobreestimulación digital, la incertidumbre constante y la presión social, la ansiedad deja de ser un episodio puntual para convertirse en un estado habitual que muchas personas ya no identifican como problema.

Ana Ibáñez, neurocientífica, advierte que esta respuesta no es psicológica en origen, sino biológica: el cerebro reacciona automáticamente ante amenazas reales o imaginadas. Comprender este mecanismo y aprender a intervenirlo se vuelve fundamental para recuperar el control sobre la atención, las emociones y la conducta cotidiana.

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Por qué vivimos en un estado permanente de alerta sin darnos cuenta

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El cerebro humano de hoy es biológicamente idéntico al de hace trescientos mil años. Eso significa que un órgano diseñado para detectar amenazas físicas e inmediatas está intentando gestionar las complejidades de la vida moderna: la incertidumbre laboral, la polarización social, la sobreestimulación digital. El resultado es una ansiedad silenciosa que muchas personas ni siquiera reconocen como tal porque se ha instalado como ruido de fondo permanente.

Ibáñez explica que cuando el cerebro percibe una amenaza, aunque sea imaginaria, desencadena una secuencia de respuestas automáticas: se activa la amígdala, suben las frecuencias cerebrales del estrés conocidas como high beta, se dispara el cortisol y el cuerpo entra en estado de alerta. Todo eso ocurre en décimas de segundo sin que la persona lo decida conscientemente. La ansiedad en ese momento no es una debilidad de carácter sino una respuesta biológica antiquísima que se ha quedado sin calibrar para el mundo actual.

Lo que diferencia a un cerebro flexible de uno que vive en este estado de alarma constante es la capacidad de interrumpir esa secuencia. Un cerebro entrenado puede detenerse y preguntarse si realmente existe un peligro o si la señal de alarma es una falsa alarma. Ese gesto aparentemente simple, una respiración profunda y una pausa para analizar la situación, activa el córtex prefrontal y desconecta la respuesta de estrés. La ansiedad no desaparece de inmediato pero deja de comandar el comportamiento.

La sociedad actual, señala Ibáñez con preocupación, está alimentando esa ansiedad de manera activa. La polarización del pensamiento, la presión por encajar en un bando u otro y la intolerancia a la ambigüedad generan un estado de miedo crónico disfrazado de opinión firme. Aprender a sostener matices y a cambiar de idea sin sentirlo como una derrota es también una forma de entrenar el cerebro para reducir la ansiedad que genera lo incierto.

Visualización y talento: las herramientas que el cerebro usa para salir de la ansiedad

Visualización y talento: las herramientas que el cerebro usa para salir de la ansiedad
Fuente: agencias

Una de las propiedades más fascinantes del cerebro que Ibáñez trabaja en sus sesiones de entrenamiento es que no distingue con precisión entre lo que ocurre de manera real y lo que se imagina con suficiente nitidez. Eso significa que visualizar una situación temida con un desenlace positivo produce cambios reales en la neuroquímica cerebral. La ansiedad que generaba ese escenario disminuye porque el cerebro ya lo ha vivido de otra manera.

Esta herramienta es especialmente poderosa para atravesar miedos que bloquean decisiones importantes. Ibáñez no habla de superar el miedo sino de atravesarlo. La distinción es relevante porque nadie actúa cuando está convencido de que primero debe dejar de sentir ansiedad. El movimiento ocurre cuando se pone una ilusión suficientemente grande al lado del miedo y se avanza con ambos presentes.

El otro pilar que Ibáñez trabaja con sus pacientes es la conexión con el propio talento. Señala que los talentos genuinos son casi siempre invisibles para quien los tiene porque resultan tan naturales que no parecen extraordinarios. El mejor lugar para encontrarlos está en los comentarios de los demás: aquello que otros reconocen con sorpresa y que la propia persona desestima por considerarlo obvio. Esa naturalidad es precisamente la señal.

Cuando alguien actúa desde su talento la ansiedad disminuye porque el cerebro está en un terreno que le resulta seguro y placentero. La ansiedad se alimenta de la incertidumbre y el talento es exactamente lo opuesto: es el territorio donde la persona sabe que puede moverse con soltura. Identificarlo y cultivarlo no es solo una estrategia de desarrollo personal sino una forma concreta de reducir el ruido interno que tantas personas cargan sin saber exactamente de dónde viene.


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