La ofensiva contra la regulación del alquiler: datos, relato y poder

En los últimos meses se está intensificando una campaña discursiva contra la regulación del mercado del alquiler en España. Informes, columnas y análisis aparentemente técnicos insisten en una misma idea: limitar precios no solo no funciona, sino que perjudica a quienes pretende proteger. Dos de los ejemplos recientes son la campaña de Idealista contra Gobierno de Navarra, que ha demostrado que la regulación baja precios sin desplomarse la oferta, y el reciente trabajo de Esade titulado ‘Inquilinos cada vez más ricos: la paradoja del esfuerzo en alquiler’, que admite la caída de precios en Catalunya, pero asegura que las regulaciones expulsan a los más pobres del alquiler regulado.

El argumento es sofisticado y, en parte, se apoya en hechos reales. Efectivamente, los datos muestran cambios en la composición de los inquilinos: aumentan los hogares con rentas medias y medias-altas, mientras disminuye el peso relativo de los más pobres en el alquiler de mercado, especialmente en Catalunya.

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También es cierto que algunos indicadores, como la tasa de esfuerzo, pueden mejorar por un ‘efecto composición’: si los más vulnerables quedan fuera, la media de quienes permanecen dentro mejora automáticamente. Sin embargo, el problema no está en los datos, sino en el uso que se hace de ellos.

DIAGNÓSTICO PARCIAL

El salto argumental es claro: a partir de estos fenómenos, se sugiere que la regulación de precios reduce la oferta y, en consecuencia, empeora el acceso a la vivienda. Es una tesis conocida y repetida, pero no por ello incuestionable. Lo que se omite sistemáticamente en este tipo de análisis es el contexto estructural del mercado de vivienda en España: un parque público de alquiler prácticamente inexistente, décadas de políticas orientadas a la propiedad, y una fuerte presión especulativa en zonas urbanas tensionadas.

En ese marco, cualquier política aislada —incluida la regulación de precios— tiene efectos limitados si no va acompañada de una intervención pública más amplia. Presentar la regulación como causa principal de la exclusión residencial es, como mínimo, una simplificación interesada. No estamos ante un debate puramente técnico.

La insistencia en los supuestos efectos negativos del control de alquileres forma parte de una batalla política más amplia sobre el papel del Estado en la economía. La idea de fondo es conocida: el mercado, si se deja funcionar, asigna mejor los recursos. Bajo este prisma, cualquier intervención pública genera distorsiones.

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Vivienda en alquiler. Foto: EP.

Pero este marco teórico choca con una realidad evidente: el mercado de la vivienda no es un mercado cualquiera, ya que afecta a un derecho constitucional reconocido como principio rector, lo que legitima una intervención pública más decidida. En este contexto, la proliferación de estudios que destacan los fallos de la regulación sin poner el mismo énfasis en los fallos del mercado contribuye a construir un relato desequilibrado.

No se trata de negar los posibles efectos adversos de ciertas políticas, sino de preguntarse por qué solo se subrayan esos efectos y no otros igualmente relevantes. La regulación del alquiler no es una solución mágica, pero sí podría ser una herramienta necesaria para evitar abusos en contextos de alta presión de precios.

Renunciar a ella bajo el argumento de sus limitaciones equivale a aceptar un mercado que, por sí solo, ha demostrado ser incapaz de garantizar acceso equitativo. El riesgo de la narrativa actual es claro: convertir problemas complejos en argumentos simples contra la intervención pública. En ese proceso, se corre el peligro de deslegitimar políticas necesarias sin ofrecer alternativas reales.

Lo que estamos viendo no es solo un debate académico, sino una creciente alineación de discursos que apuntan en la misma dirección: cuestionar la regulación del alquiler como herramienta legítima de política pública. Esto no implica necesariamente coordinación explícita, pero sí refleja una convergencia de intereses capitalistas e ideas liberales.


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