El primer gran hallazgo que subraya Fundalib es el peso del miedo a la cuota como freno psicológico y económico. Para muchos jóvenes, darse de alta como autónomo no representa una puerta de entrada al mercado, sino un coste fijo que llega antes incluso de que existan ingresos estables. En ese contexto, el informe apunta a que una parte del autoempleo juvenil acaba desplazándose hacia fórmulas informales, trabajos esporádicos sin alta o colaboraciones que no llegan a formalizarse.
Ese comportamiento no responde solo a una cuestión de mentalidad, sino a la estructura misma del sistema. Si el inicio de actividad exige pagar desde el primer día una cuota que no siempre guarda relación con los ingresos reales, el incentivo no es crecer, sino esperar. Y cuando el proyecto depende de clientes inestables, de ventas aún pequeñas o de una red comercial que tarda en madurar, la decisión de no entrar en el RETA se convierte para muchos en una forma de supervivencia.
El informe dibuja así un problema de fondo: la falta de un entorno de arranque amable para el emprendimiento joven. No se trata únicamente de facilitar la alta, sino de reducir la sensación de riesgo que acompaña a cada euro que debe salir del bolsillo antes de haber facturado con regularidad. En esa tensión, la economía sumergida aparece como refugio, no como primera opción.
La burocracia como freno al relevo generacional en los negocios
La segunda gran barrera que señala Fundalib es la burocracia. El estudio plantea que los trámites administrativos siguen siendo uno de los principales desincentivos para que los menores de 30 años den el paso, especialmente en sectores donde el relevo generacional ya es urgente, como el comercio, la hostelería o los servicios personales.
La sucesión de licencias, altas, declaraciones, cambios de titularidad y obligaciones fiscales no solo consume tiempo: también exige conocimientos que muchos jóvenes no tienen al comenzar. A esto se suma una percepción cada vez más extendida entre quienes intentan emprender: que abrir un negocio pequeño en España implica asumir una complejidad similar a la de una empresa mucho mayor. Esa sensación termina desalentando a perfiles que sí tienen iniciativa, pero no músculo administrativo.
El impacto es especialmente visible en los negocios familiares. Cuando llega el momento de sustituir a la generación anterior, el relevo no siempre se produce porque el sucesor potencial ve demasiados costes, demasiada inseguridad y demasiadas cargas previas. El informe interpreta este punto como una pérdida doble: se frena el autoempleo juvenil y, al mismo tiempo, se debilita la continuidad de pequeños negocios que sostienen empleo y actividad en barrios y municipios.
Propuestas fiscales para reactivar el autoempleo juvenil
Fundalib defiende que la solución pasa por una reforma fiscal específica para el arranque de actividad. Su propuesta estrella es una tarifa cero de dos años, de aplicación nacional y sin condicionarla al nivel de facturación. La lógica de fondo es que el primer tramo de vida de un negocio es el más frágil, y por tanto el que más necesita protección si se quiere que el proyecto llegue a consolidarse.
La medida, según el informe, tendría un efecto doble. Por un lado, reduciría la barrera de entrada para jóvenes que hoy no se dan de alta por miedo a no poder sostener la cuota. Por otro, ayudaría a aflorar actividad que ya existe, pero que no siempre se formaliza por puro cálculo de supervivencia. En la práctica, eso supondría más cotizantes, más base fiscal futura y un ecosistema más favorable para quienes quieren probar suerte por cuenta propia.
El documento también sugiere que las ayudas deberían centrarse menos en subvenciones puntuales y más en un marco estable, previsible y fácil de entender. Para muchos jóvenes, el problema no es solo pagar demasiado, sino no saber cuánto van a pagar ni bajo qué reglas. En ese sentido, una tarifa clara y prolongada sería, a juicio de Fundalib, más útil que un sistema de bonificaciones cortas, sujeto a cambios y lleno de requisitos.
La lectura política del informe es nítida: el autoempleo juvenil no necesita solo discursos sobre emprendimiento, sino condiciones reales para empezar sin miedo. Si el RETA sigue percibiéndose como una trampa de entrada, los jóvenes seguirán buscando otras salidas, legales o no, antes que lanzarse a abrir su propio negocio.




