La economía española avanza, sí… pero lo hace con ese equilibrio frágil que a veces recuerda a caminar sobre una cuerda floja. Un pequeño desequilibrio —una guerra, un susto en los precios— y todo puede tambalearse. Esa es, más o menos, la sensación que dejan las últimas previsiones del Banco de España.
Crecer… pero con ese “pero” constante
Para 2026, se espera un crecimiento del 2,3%. Sobre el papel suena bien. De hecho, lo es. Pero claro… siempre hay un “pero”. Porque detrás de ese número hay una especie de tira y afloja entre lo que empuja hacia arriba y lo que tira hacia abajo.
Por un lado, la economía venía con cierto impulso del año anterior. También ayuda el plan de respuesta del Gobierno, que actúa como red de seguridad. Pero luego está el contexto internacional… y ahí es donde la cosa se complica.
El conflicto en Oriente Medio, con impacto en Irán, resta crecimiento. No de forma dramática, pero sí lo suficiente como para notarse. De hecho, sin ese factor, España podría estar creciendo en torno al 2,4%. Parece poca diferencia… pero es como cuando te falta ese último empujón para llegar más lejos.
Al final, el motor seguirá siendo el de casa: consumo e inversión. La demanda interna tira del carro con fuerza, mientras el exterior no acompaña tanto. Y eso, si lo piensas, dice bastante del momento que vivimos.
Empleo: buenas noticias… con matices

El empleo sigue creciendo, sí. Pero ya no corre como antes. Para 2026 se prevé un aumento del 2,2%. Es positivo, claro, pero más pausado.
La tasa de paro bajaría hasta el 9,9%. Ese número que roza el 10% y que siempre parece tener algo simbólico. Poco a poco se va reduciendo, aunque sin grandes saltos.
Ahora bien, hay una piedra en el zapato que sigue ahí: la productividad. No termina de despegar. Y esto, aunque no siempre se note en el día a día, es clave.
Aquí me viene una de esas preguntas que flotan en el ambiente económico: ¿podemos seguir creciendo así, sin mejorar cómo producimos? La respuesta no es sencilla… y tampoco especialmente tranquilizadora.
Además, si miramos un poco más allá, 2027 apunta a una cierta desaceleración. El crecimiento bajaría al 1,7%. Entre la retirada de ayudas y unos precios que siguen tensos, el ritmo se enfría.
Inflación: esa vieja conocida que vuelve

Hay palabras que nunca terminan de irse. Y “inflación” es una de ellas.
Para 2026 se espera que suba hasta el 3%. Y aquí sí que se nota más. Porque no es un número abstracto: se traduce en la compra, en la gasolina, en ese “oye, todo está más caro” que todos hemos dicho alguna vez últimamente.
El culpable principal vuelve a ser la energía. El encarecimiento del petróleo y el gas, tras el conflicto, ha tenido un efecto directo. Y luego están los alimentos, los costes de producción… una especie de efecto dominó que acaba llegando al bolsillo.
La inflación subyacente —la más “estable”, por decirlo de alguna forma— se quedará en torno al 2,7%. Especialmente en servicios, donde los precios siguen presionando.
De cara a 2027, la previsión es que baje al 2,5%. Pero ojo, porque dependerá mucho de cómo evolucionen los precios energéticos y de si desaparecen ciertas ayudas. Es decir, no está todo escrito. Ni mucho menos.
Cuentas públicas y lo que puede cambiarlo todo

En cuanto a las cuentas públicas, el déficit se mantendría en el 2,3% del PIB. Sin grandes sobresaltos. Y eso, en un contexto como el actual, ya es casi una buena noticia.
La deuda, por su parte, irá bajando poco a poco: 99,2% en 2026 y 98,1% en 2027.
Si todo se mantiene relativamente controlado, el crecimiento sería del 2,2% y la inflación subiría al 3,9%. Pero si el conflicto se complica… ahí cambia todo.
El crecimiento podría caer al 1,9% en 2026 y la inflación dispararse hasta el 5,9%. Y en 2027, aún peor: apenas un 1,1% de crecimiento.
Es como si la economía tuviera varios caminos posibles… y no todos llevan al mismo sitio.
Al final, todo esto deja una idea bastante clara. La economía no vive aislada. Depende de lo que pasa fuera, de decisiones que se toman lejos, de situaciones que no siempre controlamos.




