En un mundo saturado de aplicaciones para contar calorías, dietas milagro y rutinas de ejercicio extenuantes, la pregunta que resuena en las consultas de nutrición y en los gimnasios sigue siendo la misma: “¿Por qué, si como solo lechuga y hago cardio todos los días, no logro eliminar la grasa de la barriga?”.
Para Mark Romera, experto en fisiología y composición corporal con más de 15 años de trayectoria y fundador de Elite Fitness Academy, la respuesta no se encuentra en las matemáticas de la nutrición, sino en la profundidad de nuestra biología evolutiva. Según Romera, el cuerpo humano no es una calculadora, sino un organismo diseñado para sobrevivir a toda costa.
El error de base: perder peso no es lo mismo que perder grasa

Durante años, la narrativa dominante ha sido comer menos y moverse más. Sin embargo, Romera advierte que este enfoque, aunque eficaz a corto plazo, puede volverse contraproducente. “El déficit calórico garantiza pérdida de peso, pero no necesariamente pérdida de grasa”, sostiene.
La diferencia no es menor. Cuando el cuerpo percibe una restricción prolongada, activa mecanismos de defensa. El metabolismo se ralentiza, aumenta el hambre y se prioriza la conservación de energía. En ese proceso, es habitual perder masa muscular mientras la grasa se mantiene, especialmente en la zona abdominal.
Este fenómeno tiene consecuencias que van más allá de lo estético. El aumento del cortisol, la conocida hormona del estrés, puede favorecer la acumulación de grasa, alterar el sueño y afectar al estado de ánimo. A su vez, la reducción de hormonas sexuales impacta en la energía y la motivación.
En palabras del especialista, el cuerpo no distingue entre una dieta voluntaria y una situación de escasez. Si interpreta que está en riesgo, hará todo lo posible por conservar grasa, incluso a costa de otros tejidos.
Las claves invisibles que explican la grasa abdominal
Romera identifica varios factores que ayudan a entender por qué la grasa abdominal es tan resistente. El primero es el estrés crónico. En la vida moderna, las preocupaciones constantes mantienen elevados los niveles de cortisol, lo que favorece la acumulación de grasa en el abdomen.
El segundo factor es la sensibilidad a la insulina. Cuando esta hormona se mantiene elevada durante largos periodos, el cuerpo tiende a almacenar más grasa. Además, una mala gestión de los carbohidratos puede agravar este proceso.
También influyen aspectos menos conocidos, como la densidad de receptores hormonales o la irrigación sanguínea en determinadas zonas del cuerpo. Esto explica por qué muchas personas pierden grasa en la parte superior, pero encuentran más dificultades en la zona baja del abdomen.
A todo ello se suma el componente hormonal. Cambios como la menopausia o periodos de alto estrés alteran el equilibrio interno, dificultando aún más la pérdida de grasa. En estos casos, aplicar las mismas estrategias de siempre no solo resulta ineficaz, sino que puede empeorar la situación.
El experto insiste en que no existe una única fórmula válida para todos. Dos personas pueden seguir el mismo plan y obtener resultados completamente distintos. La clave está en el contexto fisiológico.
Lejos de proponer soluciones extremas, Romera apuesta por un enfoque más equilibrado. Reducir el estrés, mejorar el descanso y priorizar el entrenamiento de fuerza son algunos de los pilares. Este último, en particular, resulta fundamental para preservar músculo y favorecer un entorno metabólico más eficiente.
Además, cuestiona prácticas habituales como el abuso del cardio o los ayunos prolongados sin supervisión. En ciertos casos, estas estrategias pueden enviar al cuerpo señales de alerta, dificultando la pérdida de grasa en lugar de facilitarla.
En conclusión, el cuerpo no funciona como una simple calculadora de calorías. Es un sistema complejo que responde a múltiples estímulos. Entender cómo interactúan estos factores es el primer paso para dejar de luchar contra la biología y empezar a trabajar con ella.





