Alba Cardalda (37), psicóloga y neuropsicóloga: “El impacto de las redes sociales en la salud mental es brutal; es una bomba”

Alba Cardalda alerta sobre el impacto de las redes sociales en la salud mental y advierte que la sinceridad sin empatía puede dañar, en un entorno digital que amplifica emociones y afecta especialmente a los jóvenes.

Alba Cardalda, psicóloga y neuropsicóloga, advierte que “el impacto de las redes sociales en la salud mental es brutal; es una bomba” para la ciudadanía y, según diversos especialistas, principalmente para los jóvenes. Sus palabras no solo apuntan al entorno digital, sino también a cómo nos comunicamos en lo cotidiano.

En ese escenario, emerge un concepto cada vez más frecuente en los consultorios: el “sincericidio”. Decir lo que se piensa sin filtro, sin contexto y sin empatía puede generar más daño que beneficio, aunque sea en la redes sociales.

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El “sincericidio”: cuando decir la verdad sin empatía también puede hacer daño

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La idea de que “ser sincero siempre es bueno” empieza a mostrar grietas. Según explica Alba Cardalda, la sinceridad sin empatía puede convertirse en una forma de agresión encubierta. No se trata de mentir, sino de entender cómo, cuándo y por qué decir algo.

El problema aparece cuando esa sinceridad no es solicitada. Opiniones lanzadas sin contexto, críticas innecesarias o comentarios impulsivos pueden impactar de lleno en la autoestima del otro. Este fenómeno, conocido como sincericidio, es cada vez más habitual en entornos digitales, donde las redes sociales amplifican cualquier mensaje.

Las palabras, insiste Cardalda, tienen un poder “brutal”. Pueden construir o destruir. En muchos casos, incluso dejan una huella más profunda que una agresión física. En la infancia, por ejemplo, un comentario negativo reiterado puede marcar la identidad de una persona durante años.

Aquí aparece una de las claves de la comunicación asertiva: no se trata solo de lo que se dice, sino de cómo se dice. El tono, el momento y la intención son determinantes. En un contexto dominado por las redes sociales, donde la inmediatez prima sobre la reflexión, este equilibrio se vuelve cada vez más difícil de sostener.

Opiniones sin filtro y críticas impulsivas: el efecto amplificador de las redes sociales

Opiniones sin filtro y críticas impulsivas: el efecto amplificador de las redes sociales
Fuente: IA.

El otro gran eje que plantea Cardalda tiene que ver con el impacto directo de las redes sociales en el cerebro. No es una metáfora: hay un correlato biológico. Cada “like” o interacción activa circuitos de recompensa vinculados a la dopamina, el neurotransmisor asociado al placer y la motivación.

El problema es la sobreexposición. Las redes sociales generan una necesidad constante de validación externa. Esa búsqueda permanente de aprobación se convierte en un ciclo adictivo. Cuanto más reconocimiento se recibe, más se necesita.

Pero el efecto no es solo positivo. Cuando aparecen críticas o comentarios negativos —el llamado “hate”— el cerebro responde de manera opuesta. En lugar de dopamina, se liberan hormonas como el cortisol, vinculadas al estrés. Este vaivén químico impacta directamente en el estado de ánimo.

En este sentido, las redes sociales funcionan como un amplificador emocional. No solo intensifican lo bueno, sino también lo negativo. La comparación constante, los estándares irreales y la exposición permanente deterioran la autoestima, especialmente en jóvenes.

Los datos refuerzan esta preocupación. La depresión afecta al 3,8% de la población mundial y su incidencia sigue en aumento. En paralelo, el uso intensivo de redes sociales se consolida como uno de los factores que más inciden en el malestar psicológico contemporáneo.

A esto se suma otro elemento estructural: la falta de recursos. Cardalda señala que los sistemas de salud no están preparados para responder a esta demanda. Las listas de espera y la escasez de profesionales dificultan el acceso a tratamiento, mientras el problema crece.

Sin embargo, no todo recae en lo institucional. También hay una responsabilidad individual y colectiva. Aprender a comunicarse mejor, pedir permiso antes de opinar y desarrollar empatía son herramientas para reducir el impacto del sincericidio.

Del mismo modo, revisar el uso de las redes sociales se vuelve imprescindible. No se trata de eliminarlas, sino de establecer límites. Reducir el tiempo de exposición, evitar la comparación constante y priorizar las relaciones reales son pasos concretos hacia un mayor bienestar. Porque, como concluye Cardalda, la calidad de nuestras relaciones sigue siendo el principal indicador de felicidad. Y en ese terreno, las palabras —dichas o escritas— tienen un peso decisivo.


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