En el periodismo de guerra, la diferencia entre una exclusiva mundial y un obituario suele medirse en granos de arena, en decisiones de último segundo o, simplemente, en cinco minutos de reloj. Raúl Gallego, uno de los documentalistas y reporteros más laureados de España —poseedor de un premio Emmy y el prestigioso Edward Murrow—, es un hombre que ha aprendido a caminar sobre ese finísimo hilo que separa la vida de la muerte.
La trayectoria de Gallego no es la de un buscador de adrenalina convencional; es la de un narrador que, desde sus inicios en la Facultad de Periodismo, sintió una atracción magnética por las historias más potentes que un ser humano puede cubrir. Sin embargo, la teoría universitaria se desmoronó la primera vez que escuchó el silbido de las balas en Palestina.
Cuando la guerra te pone a prueba: del instinto a la supervivencia

El inicio de Raúl Gallego en la guerra no fue progresivo ni amable. En su primera cobertura en Palestina, en plena Segunda Intifada, el sonido de los disparos lo obligó a tirarse bajo un coche. Fue el primer contacto real con un entorno donde el miedo no es opcional, sino una herramienta de supervivencia.
Lejos de abandonar, aquel episodio confirmó su vocación. En la guerra, explica, el miedo no desaparece, pero se transforma en una brújula que ayuda a tomar decisiones. No se trata de valentía inconsciente, sino de saber cuándo avanzar y cuándo detenerse.
Esa lógica se volvió determinante en 2003, durante la invasión de Irak. Instalado en el Hotel Palestina de Bagdad, epicentro de la prensa internacional en la guerra, Gallego decidió abandonar su habitación tras un presentimiento difícil de explicar. Apenas cinco minutos después, un tanque estadounidense disparó contra el edificio. En ese ataque murieron, entre otros, el cámara ucraniano Taras Protsyuk y el periodista español José Couso.
El propio Gallego había estado grabando en ese mismo balcón instantes antes. “Son esos momentos en los que entiendes que una decisión mínima marca la diferencia entre vivir o morir”, ha señalado en varias ocasiones.
La experiencia, lejos de ser aislada, forma parte de lo que en la jerga del reporterismo se conoce como close calls. Episodios donde la guerra deja de ser una historia y se convierte en una amenaza inmediata.
El precio de contar la guerra: entre la vocación y el desgaste emocional
Cubrir una guerra no solo implica riesgo físico. También deja una huella emocional que rara vez se menciona. Gallego reconoce que con el tiempo se desarrolla una coraza. La exposición constante a la violencia termina por normalizar situaciones extremas.
Uno de los momentos más críticos de su carrera tuvo lugar en Georgia. Allí fue detenido por fuerzas especiales rusas que previamente le habían amenazado de muerte. Durante horas, creyó que sería ejecutado. “Pensé en mi madre. No en mí”, recuerda. Finalmente, fue liberado tras una negociación, pero la experiencia dejó una marca difícil de borrar.
Ese tipo de episodios revelan una constante en la guerra: la delgada línea entre el trabajo periodístico y la supervivencia. Aun así, muchos reporteros continúan regresando al terreno. En parte por compromiso, en parte por una inercia difícil de romper.
Sin embargo, con los años, la mirada de Gallego cambió. Dejó de centrarse exclusivamente en la espectacularidad del combate para apostar por historias más humanas. Entendió que la guerra no se comprende a través de explosiones, sino de personas.
Un ejemplo de ese enfoque ocurrió en Bangladesh, lejos del frente armado pero dentro de otra forma de conflicto. Allí conoció a una mujer que lo había perdido todo en unas inundaciones. Cuando le preguntó qué necesitaba para reconstruir su vida, la respuesta fue simple: dos vacas. Gallego decidió comprárselas.
El gesto, aparentemente pequeño, redefinió su manera de entender el periodismo. “A veces es más útil cambiar una vida que contar mil tragedias”, ha reflexionado. Desde entonces, su narrativa busca generar empatía en lugar de saturar con imágenes de guerra.
La experiencia también le llevó a cuestionar el impacto real de la información. Según su visión, el consumo constante de noticias sobre guerra puede generar indiferencia en la audiencia. De ahí su apuesta por relatos más profundos, capaces de conectar emocionalmente con el espectador.
A pesar de todo, Gallego no idealiza su profesión. Reconoce que el ego, la competencia y la adrenalina juegan un papel importante en el reporterismo de guerra. También admite que la vida personal suele quedar en segundo plano, afectada por la distancia y la incertidumbre.





