Las palabras poseen un poder que solemos subestimar en el ajetreo de la vida cotidiana. No son meros vehículos de información, sino auténticas herramientas capaces de modelar nuestra biología y determinar cómo enfrentamos los desafíos más complejos.
Para el reconocido Dr. Mario Alonso Puig, la forma en que nos hablamos a nosotros mismos es crucial. El diálogo interno tiene la capacidad de transformar un simple bache en una enfermedad o, por el contrario, convertirse en el motor principal de nuestra sanación.
El poder de las palabras en el origen de la enfermedad

Lejos de tratarse de una afirmación aislada, la relación entre lenguaje, pensamiento y enfermedad tiene raíces antiguas. Ya en la medicina griega se intuía que la conversación con el paciente podía tener un efecto sanador. Hoy, esa intuición encuentra respaldo en la neurociencia.
Según explica Puig, el pensamiento genera emociones y estas, a través de vías hormonales y nerviosas, impactan en el organismo. De esta manera, una idea repetida en el tiempo puede traducirse en una respuesta física. Cuando alguien se repite que no puede, su cuerpo acaba actuando en consecuencia. Y lo mismo ocurre en sentido inverso.
En este punto, la palabra adquiere un papel determinante. No solo refuerza el pensamiento, sino que lo amplifica. Al verbalizar una idea, el mensaje entra también por el oído y activa con más intensidad los circuitos emocionales. Así, la frontera entre lo psicológico y lo físico se vuelve cada vez más difusa en el desarrollo de una enfermedad.
El especialista sostiene que muchos procesos patológicos tienen, entre sus factores, un componente de ansiedad. Esa ansiedad surge cuando la mente anticipa un problema futuro y genera una respuesta de alerta en el presente. En ese estado, el cuerpo libera hormonas como el cortisol, que en niveles elevados y sostenidos pueden alterar el sistema inmune y favorecer la aparición de una enfermedad.
Del pensamiento al cuerpo: cómo romper el ciclo
Uno de los aspectos más relevantes de su planteamiento es que no se trata de eliminar los pensamientos negativos, sino de aprender a gestionarlos. Puig lo define como el “arte de elegir”. Es decir, reconocer la presencia de una idea limitante sin dejar que determine la conducta.
Este enfoque tiene implicaciones directas en la evolución de una enfermedad. Cuando una persona queda atrapada en un bucle de pensamientos negativos, su organismo entra en un estado de estrés continuo. Ese estrés, mantenido en el tiempo, deteriora funciones esenciales como la respuesta inmunitaria.
Por el contrario, introducir pequeñas pausas, cambiar el foco mental y cuestionar el discurso interno puede iniciar un proceso de recuperación. No es un cambio inmediato, pero sí progresivo. El primer paso, según el cirujano, es preguntarse qué acción mínima se puede realizar para recuperar la sensación de control.
En este proceso, prácticas como la meditación han demostrado ser útiles. Diversos estudios han observado cambios físicos en el cerebro asociados a una menor reactividad emocional. Esto se traduce en una mayor capacidad para gestionar el miedo y la ansiedad, factores clave en muchas formas de enfermedad.
Otro elemento que gana protagonismo es el papel del intestino. Considerado por algunos expertos como un “segundo cerebro”, su estado influye tanto en la salud física como en el equilibrio emocional. La microbiota intestinal, además, está directamente relacionada con el sistema inmune, lo que refuerza la idea de que múltiples factores convergen en el desarrollo de una enfermedad.
Puig insiste en que este enfoque no pretende sustituir a la medicina tradicional, sino complementarla. Entender cómo el lenguaje interno afecta al cuerpo permite abrir nuevas vías de prevención y tratamiento. En este sentido, la enfermedad deja de ser solo un fenómeno biológico para incluir también una dimensión mental.
La forma en la que una persona se habla a sí misma puede marcar la diferencia entre quedar atrapado en una enfermedad o iniciar el camino hacia la recuperación. No se trata de negar la realidad, sino de construir una narrativa interna que favorezca el equilibrio.
En un contexto donde el estrés y la ansiedad forman parte del día a día, este enfoque invita a revisar algo tan cotidiano como el lenguaje propio. Porque, como concluye Puig, cada palabra tiene un impacto, y en ese impacto puede estar parte del origen o de la solución de una enfermedad.





