La paradoja de los 21,8 millones: ¿Por qué España crea empleo pero pierde productividad?

El mercado laboral vive su mejor momento: más empleo, menos paro y un discurso oficial que convierte cada dato en prueba de éxito del modelo

España encadena máximos históricos de afiliación a la Seguridad Social, con más de 21,3 millones de cotizantes de media y más de 21,4 millones en los registros diarios a mediados de 2024. Sobre el papel, el mercado laboral vive su mejor momento: más empleo, menos paro y un discurso oficial que convierte cada dato mensual en prueba de éxito del modelo.

Sin embargo, cuando se levanta la alfombra de las estadísticas, aparece la cara B de la historia. Distintos informes apuntan a que, en la última década, el PIB real ha crecido algo más del 20%, mientras que el valor añadido por trabajador apenas se ha movido en torno al 0,5%. Es decir, España crea empleo, pero cada puesto adicional aporta muy poco más de riqueza que el anterior. Es la paradoja de los 21,8 millones: récord de ocupados, productividad en punto muerto.

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El espejismo de las cifras: más trabajadores para el mismo valor añadido

El relato triunfal se sostiene en datos difíciles de rebatir. La Seguridad Social ha sumado en un solo año más de 500.000 afiliados, encadena más de cuatro años de crecimiento casi ininterrumpido y ha consolidado el umbral simbólico de los 21 millones de cotizantes. Nunca había habido tanta gente trabajando en España, lo que facilita el mensaje político: el modelo funciona.

Pero la foto cambia cuando la unidad de análisis deja de ser el número de ocupados y pasa a ser la productividad por persona o por hora trabajada. El informe sobre el estado del mercado laboral 2015‑2025 de InfoJobs y Esade muestra que el país ha reducido el paro, sí, pero fundamentalmente a base de sumar empleos de bajo valor añadido. Se trabaja más, pero no necesariamente mejor, ni con un salto apreciable en la riqueza generada por cada puesto.

La comparación europea es especialmente incómoda. Según análisis de CaixaBank Research y Eurostat, el PIB por hora trabajada en España ronda el 76% de la media de la eurozona, apenas un par de puntos más que a comienzos de siglo. Veinte años de crecimiento, reformas laborales y ciclos expansivos han servido para crear empleo, pero no para cerrar de forma significativa la brecha de productividad con el núcleo del euro.

BBVA Research llega a una conclusión similar: el valor añadido bruto por hora trabajada se mantiene sistemáticamente por debajo del promedio del área del euro, y el déficit se ha ensanchado en la última década pese al auge del empleo. El motor del crecimiento ha sido la cantidad de trabajo, no la calidad ni la eficiencia.

Los sectores de bajo valor: hostelería y servicios tiran del carro

La clave está en qué empleo se crea. Los datos de afiliación revelan que, trimestre tras trimestre, son los servicios (y en particular la hostelería) los que tiran del carro. Temporada alta, refuerzo masivo en hoteles, bares y restauración; temporada baja, parte de esos contratos desaparece. El patrón es bien conocido y apenas ha cambiado, pese a las sucesivas reformas del mercado laboral.

BBVA Research subraya el peso del turismo, el comercio, el transporte y la hostelería como factor central para entender por qué el valor añadido por hora trabajada en España se sitúa entre un 20% y un 25% por debajo de la media del euro. Son ramas intensivas en mano de obra, de márgenes reducidos y con un potencial limitado de escalado tecnológico si se las compara con la industria avanzada o con las actividades intensivas en conocimiento.

El desequilibrio no se limita al turismo de sol y playa. España cuenta con menos empleo relativo en sectores de alta productividad (tecnologías de la información, servicios profesionales avanzados, industria de alto contenido tecnológico) que muchos de sus socios. El resultado es una economía que genera mucho trabajo en segmentos de bajo valor, mientras se queda corta precisamente en los nichos que más tiran de salarios, innovación y productividad en el resto de Europa.

A este sesgo sectorial se añaden debilidades estructurales conocidas: tejido dominado por pymes con escasa capacidad de inversión en tecnología y formación, déficits en capital humano y en calidad de la gestión empresarial, y una cultura empresarial que a menudo compite sobre precios en lugar de hacerlo sobre productividad. La suma de todos estos factores levanta un techo de cristal que ni siquiera el boom de afiliación ha logrado romper.

El reto de 2026: ¿hacia un modelo de precariedad institucionalizada?

Con estos mimbres, la gran pregunta de cara a 2026 no es cuántos afiliados más puede absorber el sistema, sino qué tipo de modelo productivo se está consolidando. El INE, el Banco de España y los servicios de estudios privados empiezan a dibujar un escenario dual: ligera mejora de la productividad por hora desde 2022, pero muy insuficiente para compensar décadas de rezago.

Al mismo tiempo, el Banco de España alerta de que la productividad por ocupado apenas avanzará en 2025, mientras los costes laborales por trabajador y por hora crecen en torno o por encima del 3% anual, según las estadísticas del INE. Si los salarios suben más deprisa que la productividad en una economía volcada en sectores de bajo valor, el margen empresarial se estrecha y el riesgo de que el próximo ajuste vuelva a caer sobre el empleo aumenta.

El informe de InfoJobs y Esade añade una dimensión social al problema: un mercado laboral capaz de crear mucho empleo, pero que mantiene a una generación atrapada en salarios bajos, dificultad para ahorrar y acceso a la vivienda cada vez más restringido. España ha reducido el paro, pero no ha construido todavía un itinerario claro para que la mayoría de los trabajadores vean mejoras sostenidas en su nivel de vida.

El verdadero reto de 2026 no es celebrar el afiliado número 22 millón, sino decidir qué hacer con ese ejército de trabajadores. Reequilibrar el peso de los sectores, acelerar la inversión en capital tecnológico y humano y alinear salarios con ganancias reales de productividad son tres piezas inevitables de la discusión. De lo contrario, la paradoja de los 21,8 millones corre el riesgo de convertirse en algo peor: un modelo de precariedad institucionalizada disfrazado de éxito estadístico.


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