El coste oculto del MEI: el “hachazo” silencioso a las nóminas de las pymes

El Mecanismo de Equidad Intergeneracional (MEI) nació como un recargo “temporal” para reforzar la hucha de las pensiones, pero para las pymes se ha convertido en algo mucho más prosaico: un incremento fijo y creciente de los costes laborales. Cada nómina lleva hoy un pequeño mordisco adicional que no aparece en el discurso oficial, pero que sí se nota en la cuenta de resultados de cualquier empresa pequeña.

La clave del MEI está en su diseño: se aplica como un recargo porcentual sobre la base de cotización por contingencias comunes, repartido entre empresa y trabajador, y con una senda de subida gradual año a año. Traducido del tecnicismo al lenguaje de la pyme, significa que, por cada euro de salario bruto, la factura en cotizaciones sociales es hoy claramente más alta que hace dos años, incluso sin subir sueldos.

Según las tablas oficiales, el tipo del MEI ha ido incrementándose de forma escalonada, aproximándose al entorno del 1,2% de la base de cotización, con la mayor parte de ese esfuerzo recayendo en la parte empresarial. No es un salto brusco, sino una suma de décimas que van apareciendo ejercicio tras ejercicio. La narrativa política es que se trata de un esfuerzo “moderado” y “progresivo”; la realidad, para quien paga las nóminas, es un aumento estructural de la presión fiscal sobre el trabajo.

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El efecto es doble. Por un lado, encarece el coste de mantener a un trabajador que ya está en plantilla, incluso aunque su salario nominal se mantenga a la misma cifra. Por otro, eleva el coste marginal de cada nueva contratación, porque a los habituales tipos de cotización hay que sumar ahora este añadido específico. La pyme no ve un impuesto nuevo, sino una línea más gruesa en la columna de costes laborales.

En términos prácticos, para un salario medio, la diferencia entre el coste total de empresa de hoy y el de hace dos años se traduce en decenas de euros más al mes, que multiplicados por 12 pagas y por la plantilla completa acaban siendo miles de euros adicionales al año. No es un concepto que se vea en el recibo de la luz ni en el alquiler del local, pero está ahí, mes tras mes, en la nómina.

Pymes al límite: el impacto en los márgenes de beneficio

A diferencia de las grandes corporaciones, la mayoría de las pymes opera con márgenes muy ajustados y una capacidad limitada para repercutir cualquier subida de costes en sus precios. En muchos sectores la competencia es intensa y el cliente final no está dispuesto a asumir incrementos a la ligera.

En ese contexto, el MEI actúa como un recargo silencioso sobre los márgenes. La empresa pequeña tiene tres opciones: absorber el sobrecoste y ganar menos, intentar trasladarlo a precios y arriesgarse a perder clientes, o ajustar por el lado del empleo, frenando nuevas contrataciones o recortando horas y servicios. Ninguna de las tres es especialmente atractiva para quien ya venía de soportar subidas de salario mínimo, inflación de costes y encarecimiento de la financiación.

Las organizaciones empresariales llevan tiempo advirtiendo de este fenómeno en sus circulares y notas informativas. Para ellas, el MEI se suma a un entramado de cotizaciones, recargos y obligaciones que, en conjunto, sitúan el coste laboral real muy por encima del salario que figura en la nómina del trabajador. El riesgo es evidente: que cualquier mejora nominal del sueldo acabe neutralizada por la carga que soporta la empresa para poder pagarlo.

Además, la subida paulatina del MEI introduce un elemento adicional de incertidumbre. El empresario que planifica hoy su estructura de costes para los próximos tres o cuatro años sabe que la cotización no se va a quedar como está, sino que seguirá incrementándose. Esa previsibilidad al alza condiciona decisiones de inversión, expansión o simplemente mantenimiento de plantilla.

¿Efecto expulsión? Por qué las empresas frenan las contrataciones indefinidas

El resultado de este cóctel puede resumirse en una expresión que ya se escucha con frecuencia en despachos de asesores laborales: “efecto expulsión” de las contrataciones indefinidas. No porque el contrato fijo haya dejado de estar de moda, sino porque cada nueva alta en la Seguridad Social conlleva una carga proporcionalmente mayor que hace dos años.

En la práctica, muchas pymes están optando por estrategias defensivas: prolongar periodos de prueba hasta el límite legal, encadenar contratos de menor jornada, recurrir a fórmulas de externalización o subcontratación, o simplemente renunciar a crecer en plantilla aunque tengan algo más de trabajo. El mensaje que transmiten es claro: con esta carga de cotizaciones, el margen de error a la hora de contratar se ha reducido drásticamente.

Paradójicamente, una medida diseñada para garantizar la sostenibilidad futura del sistema de pensiones puede acabar lastrando la creación de empleo estable en el presente. Si el coste total de un trabajador indefinido sigue subiendo por la vía de las cotizaciones, las empresas más pequeñas tenderán a reservar esta figura para perfiles muy seguros y recurrirán a alternativas más flexibles (y a menudo más precarias) para el resto.

El MEI no aparece en los titulares como un gran “impuestazo”, ni se debate en tertulias con la misma intensidad que el salario mínimo o el IRPF. Pero su efecto sobre las nóminas de las pymes es real y creciente. Es el tipo de medida que no provoca una crisis de un día para otro, pero que, acumulada en el tiempo, puede terminar definiendo el modelo laboral: más carga sobre el trabajo, más presión sobre los márgenes y más miedo a contratar de forma indefinida.


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