Karma Tenpa, monje budista tibetano nacido en La Plata y afincado en Madrid desde hace más de dos décadas, no predica desde la teoría ni desde un púlpito. Su discurso nace de una experiencia vital atravesada por la búsqueda, la incertidumbre y, finalmente, una decisión radical: entregarse a la vida monástica. En ese recorrido, su mirada sobre la espiritualidad también incluye una crítica directa a instituciones como la iglesia.
El monje budista, que pasó de una vida estable en Buenos Aires a ordenarse en India, pone sobre la mesa cuestiones que siguen golpeando a nuestra sociedad. Entre ellas, una de las más delicadas: los abusos dentro de la iglesia, un problema que ha marcado durante décadas a la institución.
De la orfandad espiritual al monasterio en India
Antes de convertirse en monje, Karma Tenpa gestionaba un restaurante en Buenos Aires. Tenía piso propio, trabajo, pareja y amigos. El cuadro, según sus propias palabras, estaba completo. Sin embargo, algo empezó a filtrarse. “Lo primero que salió fue orfandad espiritual”, recuerda.
“Ese fue mi primer punto concreto”, asegura. Desde allí, y casi por casualidad, llegó al budismo: una tarde de lluvia, una librería, unos libros del Dalái Lama en oferta y la certeza repentina de haber encontrado la voz con la que quería escucharse.
La crisis argentina de 2002 lo llevó a Madrid sin planearlo. Con pocos recursos y menos certezas, caminando por una ciudad que aún no conocía, tomó una decisión que lo cambiaría todo: asumir la ordenación monástica. Dos años después de conversarlo con el director del centro budista de Huesca, viajó a India y, en un gran monasterio, se convirtió oficialmente en Karma Tenpa. Hoy celebra veinte años desde aquel momento.
Lo que ese recorrido le dejó no fue, según explica, un cambio drástico de carácter, sino algo más profundo y más difícil de medir. “Lo que me ha provisto estos veinte años ha sido una conversación muy íntima con la vida”, afirma.
“Me he reconciliado conmigo. Me he perdonado”. Y añade que de tanto en tanto le surge una afirmación que lo resume todo: “Hoy podría morir”. No como deseo, sino como evidencia de plenitud. La de alguien que siente que ha amado y ha sido amado, y que eso, en definitiva, es suficiente.
Celibato, impulso sexual y una crítica directa a la iglesia

Karma Tenpa no rehúye los temas incómodos. Cuando la conversación vira hacia el celibato monástico, explica que ese voto es uno entre cientos, pero reconoce que es el que más llama la atención. Su postura es que el celibato no implica una condena al sexo. “No se está denostando el sexo”, precisa.
“Mientras las relaciones sean consensuadas y respetuosas, listo”. Lo que ocurre, argumenta, es que las relaciones insumen mucho tiempo emocional y ese tiempo, en el marco de una aspiración espiritual mayor, se redirige. Pero advierte que esa renuncia solo funciona si nace de la motivación genuina. Si viene de la represión, estalla. “De las maneras más grotescas, dolorosas y agresivas”, dice sin rodeos.
Y es precisamente desde ese razonamiento desde donde lanza su crítica más directa a la iglesia. Para Karma Tenpa, lo que ha ocurrido dentro de la iglesia durante décadas es la prueba más brutal de lo que sucede cuando la renuncia no tiene raíces auténticas. “En la iglesia hay un problema de pederastia durante muchísimos años”, afirma, “y hay casos verdaderamente aterradores”.
No lo dice con animosidad sino con la serenidad de quien observa un fenómeno que, a su juicio, tiene una explicación estructural. Para muchos especialistas, la iglesia impuso el celibato sin cultivar la motivación que debería sostenerlo.
La diferencia entre la iglesia y la tradición monástica budista, según él, radica justamente en ese punto. En la iglesia, el celibato es una condición impuesta desde afuera. En el budismo, es una consecuencia de una aspiración que crece desde adentro. Y cuando esa diferencia se ignora, la iglesia paga un precio que, en este caso, han pagado las víctimas.
Karma Tenpa habla de todo esto con la misma tranquilidad con la que describe su imagen favorita de la compasión en acción: dos personas mayores que caminan tomadas de la mano por su barrio. “Estoy aquí para ti. Estás aquí para mí”. Para él, ahí está todo. El resto, incluyendo los votos, los monasterios y las escuelas tibetanas, no es más que el camino para llegar a ese gesto simple y enorme.





