Hay decisiones que se toman de prisa y sin medir los riesgos. Fermín Torrano lo sabe mejor que nadie. El 24 de febrero de 2022, con la imagen de los tanques rusos avanzando hacia Kiev en todos los medios de comunicación, este periodista navarro recogió su mochila, dejó a su perro con su padre y se subió a un autobús rumbo a Logroño para bajar a Madrid y coger un vuelo hacia la guerra. Sin chaleco, sin casco y sin seguro.
Lo que siguió fue una de las experiencias más intensas y reveladoras del periodismo español en los últimos años. Torrano, freelance curtido en guerras anteriores, vivió en primera persona los primeros días de una guerra que casi nadie supo leer bien desde dentro ni desde fuera.
El periodista que pensó que Ucrania caería en días
Torrano no esconde sus errores. Con una honestidad poco frecuente en el gremio, reconoce que en aquellos primeros días creyó que la resistencia ucraniana duraría poco. Los blindados rusos avanzaban desde el norte, el sur y el este al mismo tiempo, y los helicópteros sobrevolaban Kiev con una libertad que no presagiaba nada bueno.
“Reconozco que yo no imaginé que Ucrania iba a resistir”, afirma sin rodeos, y añade que aquello le enseñó una lección fundamental sobre el periodismo de guerra: los reporteros no deberían hacer predicciones. Su trabajo es contar lo que ocurre, no adivinar lo que ocurrirá.
Lo curioso es que tenía más información que la mayoría. Había estado en el Donbas en 2019 y en 2021, conocía el país y mantenía contacto con ucranianos que habían combatido en conflictos anteriores. Uno de ellos le aseguró que la capital no caería fácilmente, que no habría un colapso masivo. Pero la narrativa oficial en los medios internacionales pintaba otro escenario y era difícil sustraerse a esa presión colectiva.
Años después, Torrano aprendió que la batalla del aeropuerto de Gostomel, a las afueras de Kiev, estuvo a punto de inclinar la balanza hacia los rusos. Si hubieran tomado ese aeropuerto estratégico, la capital probablemente habría caído. Una pequeña batalla que nadie vio en su verdadera dimensión en tiempo real decidió, en parte, el rumbo de toda la guerra.
Un Renault Thalia sin frenos y 390 euros para cubrir una guerra

La historia de cómo Torrano se instaló definitivamente en Ucrania a partir de 2023 tiene algo de novela picaresca. Después de que un proyecto documental se cayera en el peor momento posible, con él en pleno frente de Bajmut y sin medio de comunicación al que volver, tomó una decisión radical: establecerse. Y para establecerse en una zona de guerra necesitaba un coche.
Salió a Polonia a buscarlo. Después de varios días sin encontrar nada en buen estado, y con el tiempo prácticamente agotado, apareció un anuncio de un profesor universitario de cincuenta y tantos años que vendía un Renault Thalia rojo del año 2004. El precio era de 390 euros. El único problema, le advirtió el vendedor con toda la honestidad del mundo, era que los frenos no funcionaban del todo bien. Torrano lo compró.
El primer semáforo después de salir de casa del vendedor lo pasó de largo, sin frenar. Le quedaban 500 kilómetros hasta la frontera y otros mil hasta el frente. Cruzó a 80 por hora, llegó a Leópolis y llevó el coche a un taller de militares. Lo primero que le preguntó el mecánico fue si pensaba volver a llevarlo a Europa. La respuesta era evidente.
Ese coche rojo sin frenos lleva desde entonces recorriendo zonas de conflicto junto a su dueño. Torrano lo cuenta como lo que es: un ejemplo de que las grandes decisiones a veces dependen de pequeñas casualidades. Si ese anuncio no hubiera aparecido en el último momento, probablemente habría vuelto a España. La suerte existe, insiste, pero solo encuentra a quien la está buscando activamente hasta medianoche frente a una pantalla.





