La pornografía se ha convertido en uno de los problemas de salud pública más silenciosos y extendidos de la era digital. Alejandro Villena, psicólogo general sanitario, sexólogo clínico y director de investigación de la asociación Dale una vuelta, lleva años estudiando sus efectos sobre el cerebro y advierte que lo que muchos consideran entretenimiento es, en realidad, una adicción con consecuencias devastadoras para hombres y mujeres por igual.
En ese contexto, la irrupción de la inteligencia artificial ha elevado la preocupación. Según advierte, herramientas vinculadas a proyectos de Elon Musk habrían llegado a “desnudar” digitalmente a miles de mujeres por hora, abriendo un escenario sin precedentes.
La pornografía actúa en el cerebro igual que la cocaína, según los estudios
Villena no necesita rodeos para explicar el problema. “La pornografía no es sexo, es un tóxico del sexo”, afirma con rotundidad. Según explica, los estudios realizados mediante resonancia magnética funcional demuestran que el cerebro de las personas adictas a la pornografía presenta los mismos patrones de hiperactivación en el sistema de recompensa que el de quienes consumen cocaína.
El mecanismo es idéntico: el estímulo supera los umbrales naturales para los que el cuerpo está preparado y comienza a deformarse la corteza prefrontal, esa región que actúa como director de orquesta de la conducta y que regula el autocontrol.
El especialista recurre a una comparación sencilla para ilustrarlo: es como conectar cincuenta aparatos eléctricos simultáneamente en los enchufes de una casa. El sistema revienta. Algo así le ocurre al cerebro sometido a un bombardeo constante de estímulos sexuales, y el resultado es una tolerancia creciente que lleva a consumir contenido cada vez más extremo.
Las mujeres que aparecen en esos vídeos dejan de ser personas para convertirse en objetos, un proceso que el especialista relaciona directamente con el deterioro de las neuronas espejo, responsables de la empatía y el vínculo afectivo.
Los datos que maneja Villena son difíciles de ignorar. Uno de cada diez niños ha tenido contacto con pornografía antes de los ocho años, generalmente de forma accidental a través de tabletas o teléfonos móviles. A los trece, muchos ya la consumen de forma habitual.
En adolescentes, prácticamente la totalidad admite haberla visto y el 75 % lo hace de manera semanal. Además, estudios multinacionales con muestras de más de 120.000 personas en 42 países sitúan la adicción en torno al 7 % de los hombres. Las mujeres presentan cifras más bajas aunque igualmente preocupantes, en parte porque la industria las convierte ante todo en producto.
La inteligencia artificial, el nuevo frente de agresión contra las mujeres

Si la pornografía tradicional ya plantea un problema de enorme magnitud, la irrupción de la inteligencia artificial ha abierto una dimensión todavía más perturbadora. Alejandro Villena lanza una cifra que detiene cualquier conversación: la IA Grok, vinculada a Elon Musk, estuvo generando imágenes de mujeres desnudadas digitalmente a un ritmo de 6.700 por hora.
No se trata de una anécdota aislada. Hace poco atendió en consulta a un hombre de mediana edad que había utilizado esta tecnología para crear imágenes sexuales de todas las amigas de su pareja. Su ordenador contenía archivos de mujeres reales de su entorno, transformadas sin su conocimiento ni consentimiento en material pornográfico.
Este escenario conecta con algo que el especialista define como el verdadero narcotráfico del sexo: una industria que no tiene entre sus objetivos el bienestar de las mujeres que participan en ella ni el de quienes la consumen.
El 80 % de las actrices porno ha sufrido estrés postraumático durante los rodajes. Visa, Mastercard y PayPal retiraron sus servicios de las principales plataformas después de que se descubriera que albergaban vídeos de mujeres grabadas sin consentimiento e incluso casos vinculados a redes de explotación sexual.
El impacto sobre las relaciones de pareja también es devastador. Villena recuerda el testimonio de una paciente que confesó haber valorado operarse el cuerpo entero para parecerse a las actrices porno, convencida de que nunca podría satisfacer a su pareja de otra forma. Es lo que el psicólogo denomina la ecuación de la frustración sexual: cuanto mayor es la distancia entre el ideal pornográfico y la realidad, mayor es el malestar.
Para Villena, la salida no pasa por regulaciones tibias ni por el llamado porno ético, una etiqueta que califica de lavado de imagen de una industria de explotación. El camino es la educación sexual temprana, honesta y centrada en la comunicación y el respeto. Un modelo en el que las mujeres sean personas y no mercancía, y en el que el placer tenga que ver con la intimidad compartida y no con el consumo anónimo y compulsivo de estímulos diseñados para nunca satisfacer del todo.





