¿Cuánto de lo que somos depende de nosotros y cuánto viene de serie? Roberto Colom, catedrático de Psicología Diferencial en la Universidad Autónoma de Madrid y autor de 29 libros sobre inteligencia, tiene una respuesta que incomoda a muchos. Su tesis es contundente y está respaldada por décadas de investigación científica: la genética pesa más de lo que la sociedad está dispuesta a admitir.
Colom desafía algunos de los mitos más arraigados sobre la inteligencia humana. Explica cómo se mide la inteligencia, qué determina su desarrollo y por qué la famosa cultura del esfuerzo tiene un límite biológico que muy pocos se atreven a señalar en voz alta.
La inteligencia no es lo que la mayoría cree que es
Cuando alguien le pregunta a Colom qué es la inteligencia, su respuesta sorprende. “Lo que escucho habitualmente me hace casi llorar”, admite con ironía. Y es que la definición popular dista mucho de la científica.
Para él, la inteligencia no es la capacidad verbal ni la habilidad matemática ni la memoria. Es algo más profundo: la supercapacidad que coordina y orquesta todas esas aptitudes para orientar la acción de la manera más eficiente posible. El cerebro como director de orquesta y las capacidades mentales específicas como los músicos. Una metáfora que Colom abraza sin dudar porque la considera perfecta.
Esta capacidad integradora es lo que en psicología científica se conoce como factor g o inteligencia general. Fue identificada hace más de un siglo por el psicólogo británico Charles Spearman cuando observó algo aparentemente sencillo: los alumnos que destacaban en una asignatura tendían a destacar en todas las demás.
Lo que parecía una curiosidad escolar resultó ser la punta de un iceberg que lleva décadas estudiándose con rigor. Hoy se sabe que ese patrón no solo se repite en humanos, sino también en primates, perros y ratas. No hay debate científico sobre su existencia. Lo que sí genera discusión es su origen.
En cuanto a la medición, Colom es tajante: el cociente intelectual no mide la inteligencia en sí misma, sino que la estima. Los test están diseñados deliberadamente con retos abstractos y heterogéneos porque lo que se busca no es evaluar conocimientos culturales, sino aislar esa capacidad general de integración.
Quien critica estas pruebas por parecer simples o arbitrarias comete el mismo error que quien juzga la potencia de un licor por su color. La concentración de alcohol etílico no se ve a simple vista. Y la inteligencia general tampoco.
La genética explica más que el esfuerzo, y la ciencia lo demuestra

Aquí es donde la conversación con Colom se vuelve verdaderamente compleja para quienes defienden sin matices la cultura del esfuerzo. El catedrático no niega que el entorno importe, pero sí afirma que la genética es el factor más determinante a la hora de explicar las diferencias de rendimiento intelectual entre personas. Y lo argumenta con estudios que comparan el recorrido vital de miles de individuos en función de su potencial genético y su contexto socioeconómico.
El resultado es revelador: una persona con alto potencial en su genética nacida en una familia con pocos recursos tiende a superar con el tiempo a una persona con menor potencial genético nacida en un entorno privilegiado.
La genética, dice Roberto Colom, acaba imponiéndose. Y esto tiene consecuencias directas en lo que entendemos por movilidad social. Eso que atribuimos al mérito y al trabajo tiene bastante más que ver con la biología de lo que el discurso dominante reconoce.
Pero la afirmación más provocadora del catedrático va más allá. No solo la inteligencia tiene un fuerte componente genético, sino también el esfuerzo mismo. Estudios con gemelos han demostrado que la cantidad de horas que alguien dedica a practicar un instrumento musical o a desarrollar una habilidad no depende únicamente de la voluntad, sino también de la genética.
“Tu capacidad intelectual y tu nivel de esfuerzo provienen del mismo órgano”, señala Colom. Los dos salen del cerebro y el cerebro es en buena medida producto de la herencia genética.
Esto no significa que el esfuerzo sea inútil. Significa que cada persona puede maximizar su potencial, pero ese potencial tiene un techo que no se puede ignorar. El problema, concluye Colom, no está en la ciencia, sino en las expectativas sociales que se han construido sobre la idea de que cualquiera puede llegar a cualquier lugar si se esfuerza lo suficiente.
Esa narrativa es reconfortante, pero no siempre honesta con lo que la genética lleva décadas diciéndole a quienes están dispuestos a escucharla.





