Pep Martorell, físico, doctor en informática y exdirector del Barcelona Supercomputing Center, es una de esas personas que no esquivan los datos difíciles. En su última aparición, el experto en inteligencia artificial dejó cifras que obligan a repensar el futuro del trabajo tal como lo conocemos hoy.
Martorell es actualmente socio en Invivo Partners, un fondo que prepara un vehículo de inversión de alrededor de 100 millones de euros para apoyar startups europeas en inteligencia artificial. Su visión combina la profundidad técnica con una perspectiva práctica sobre lo que viene y el panorama que dibuja no es sencillo de ignorar.
El dato que cambia todo: el 40% de los empleos en riesgo con la inteligencia artificial

El punto más impactante de la conversación lo puso sobre la mesa un estudio reciente que analizó la inteligencia artificial disponible hoy y no la del futuro. La conclusión fue contundente: si se desplegaran los modelos de inteligencia artificial actuales y se adaptaran a los modelos de negocio existentes, se podrían automatizar el 57% de las horas trabajadas en Estados Unidos durante 2024.
Eso se traduciría en que el 40% de los puestos de trabajo actuales dejarían de ser necesarios. Y ese análisis se hizo antes de los modelos más recientes.
Martorell insiste en que este ya no es un debate sobre el futuro sino sobre el presente. La inteligencia artificial ha dejado de ser una tecnología que se prueba en demos y presentaciones para convertirse en una infraestructura real del trabajo cotidiano.
Las empresas que antes fracasaban en su implementación lo hacían por problemas culturales y de datos mal organizados y no por limitaciones técnicas. Ese cuello de botella se está resolviendo aceleradamente y el ritmo de adopción corporativa ha dado un salto enorme en los últimos meses.
Para ilustrar la magnitud del avance, Martorell recurre a los números. Los modelos de inteligencia artificial se entrenan con 100 sextillones de operaciones matemáticas y esa cifra se multiplica por cinco cada año.
Lo que en 2010 requería cierta capacidad computacional hoy se ha multiplicado en doce órdenes de magnitud. Los humanos pensamos en lineal pero la inteligencia artificial crece en exponencial y esa diferencia es precisamente la que nos impide comprender hacia dónde vamos realmente.
Agentes autónomos y el nuevo riesgo que nadie sabe cómo gobernar
Más allá del impacto en el empleo, Pep Martorell señala un fenómeno que considera igualmente relevante y mucho menos debatido: la llegada de los agentes de inteligencia artificial.
No se trata de chatbots que responden preguntas sino de sistemas que se marcan sus propios subobjetivos para cumplir los que uno les asigna. La distinción es crucial. Un agente no espera que le preguntes: actúa, decide y ejecuta de forma autónoma mientras tú duermes.
El experto describió su propia experiencia con un agente al que llama Clippy y que trabaja en un ordenador dedicado durante la noche. Cada mañana le entrega un informe de lo que ha hecho por iniciativa propia: desde desarrollar un sistema de respuesta por voz en WhatsApp hasta transcribir el canal de YouTube de su interlocutor para conocerle mejor. Son decisiones propias y esa autonomía es exactamente lo que define a un agente real de inteligencia artificial.
El problema es la gobernanza. Martorell es más pesimista que hace un año cuando se trata de la capacidad de los gobiernos y las instituciones para regular este ritmo. Mientras Elon Musk construyó su último centro de datos en 122 días, Europa lleva más de un año discutiendo dónde colocar las gigafactorías que necesita. La inteligencia artificial avanza bajo el control de compañías privadas que no responden ante ningún gobierno y esa asimetría preocupa al experto de manera creciente.
Martorell no cierra la puerta al optimismo pero lo condiciona. Cree que la inteligencia artificial representa una oportunidad sin precedentes para resolver problemas fundamentales de la humanidad incluyendo la pobreza como problema de ingeniería tal como sugirió Musk.
Pero también advierte que estamos en un periodo transitorio cuyo estado final nadie puede imaginar con claridad. Lo único que parece seguro es que lo que antes tardaba años ahora sucede en meses y que ese ritmo no muestra señales de frenar.






