Un sistema energético resiliente: las lecciones que nos ha dejado Ucrania 

La guerra ha convertido a Ucrania en un laboratorio involuntario de resiliencia energética. Los sistemas energéticos del futuro más cercano, deben ser sostenibles, eficientes, además de resistentes ante crisis inesperadas.

Más allá de la tan mediática guerra de Irán, también es interesante volver a la guerra que está en Europa del Este: Ucrania. Un conflicto que lleva años anquilosado, pero del que se pueden extraer varias lecciones sobre cómo defender un sistema energético. Según el último informe de la Agencia Internacional de la Energía, la clave reside en tener un sistema prevenido ante posibles perturbaciones, capacidad de resistencia y de recuperación tras interrupciones. 

Ucrania: un campo de pruebas de sistemas

Desde el inicio de la invasión a gran escala en 2022, la infraestructura energética de Ucrania ha sido uno de los principales objetivos militares. Centrales eléctricas, subestaciones, redes de distribución e instalaciones de gas han sufrido miles de ataques con misiles y drones. Esta presión constante ha provocado apagones prolongados, daños estructurales y déficits de generación que, en algunos momentos del invierno, han obligado a aplicar cortes de electricidad de varias horas al día.

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Sin embargo, lejos de paralizar el sistema, estos ataques han acelerado una transformación profunda en la forma de concebir la seguridad energética del país. La primera gran lección que señala la IEA es que la resiliencia debe incorporarse desde la fase de planificación. Tradicionalmente, los sistemas energéticos se diseñaban pensando en eficiencia y costes, pero no necesariamente en resistir eventos extremos. Ucrania ha demostrado que los sistemas que integran redundancias, planes de contingencia y rutas alternativas de suministro pueden recuperar el funcionamiento mucho más rápido tras un ataque o desastre.

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Redes eléctricas europea. Fuente: Merca2

Otra de las estrategias clave ha sido el refuerzo físico de las infraestructuras energéticas. Ante la vulnerabilidad de instalaciones críticas como subestaciones o transformadores, Ucrania ha implementado sistemas de protección que incluyen barreras de hormigón, redes anti-drón, blindaje de equipos sensibles e incluso el traslado de determinados componentes bajo tierra. Aunque estas soluciones no eliminan completamente el riesgo, sí reducen significativamente el impacto de los ataques y facilitan las reparaciones.

La gestión de las emergencias también se ha convertido en un elemento central. En plena guerra, los equipos de reparación han tenido que restaurar líneas eléctricas y subestaciones mientras continuaban los bombardeos. Para ello, el país ha reforzado sus protocolos de respuesta rápida, ha reposicionado equipos y materiales críticos y ha reforzado la coordinación entre autoridades civiles, operadores energéticos y fuerzas de seguridad. La rapidez en las reparaciones se ha convertido en una auténtica carrera contra el tiempo para evitar colapsos prolongados del suministro.

Pero quizá uno de los cambios más significativos ha sido el avance hacia un sistema energético más descentralizado. La guerra ha evidenciado la vulnerabilidad de los grandes nodos de generación y de las redes altamente centralizadas. Cuando una central o una subestación clave es destruida, el impacto puede extenderse a regiones enteras. Por ello, Ucrania ha acelerado la instalación de generación distribuida, como paneles solares en edificios, sistemas de almacenamiento con baterías y microredes capaces de operar de forma independiente en caso de fallo del sistema principal.

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Este enfoque permite que hospitales, servicios de emergencia o infraestructuras críticas mantengan el suministro incluso cuando la red eléctrica nacional sufre interrupciones. En muchos casos, las instalaciones solares combinadas con baterías o generadores han permitido mantener en funcionamiento unidades médicas, sistemas de agua o centros de telecomunicaciones durante apagones prolongados.

El informe también subraya la importancia de las reservas estratégicas de combustible. Al comienzo de la invasión, la destrucción de refinerías y centros logísticos provocó escasez de carburantes y largas colas en las estaciones de servicio. Esta experiencia llevó a Ucrania a reforzar su legislación sobre reservas mínimas de petróleo y productos derivados, un instrumento que permite mantener operativos generadores de emergencia, hospitales o servicios básicos durante crisis prolongadas.

Redes de transporte y distribución eléctricas
Redes de transporte y distribución eléctricas. Fuente: Agencias

La comunicación con la población es otro de los pilares de la resiliencia. Durante los apagones masivos, el gobierno y las compañías eléctricas desarrollaron sistemas de información que combinaban aplicaciones móviles, redes sociales, radio y avisos públicos para informar a los ciudadanos sobre cortes programados, riesgos y medidas de ahorro energético. En situaciones de crisis prolongadas, mantener informada a la población se convierte en una herramienta clave para reducir la incertidumbre y facilitar la adaptación de hogares y empresas.

Finalmente, la experiencia ucraniana demuestra que la resiliencia energética también depende de la cooperación internacional. La ayuda de países europeos ha permitido enviar transformadores, generadores, equipos eléctricos y asistencia técnica para reparar infraestructuras dañadas. Esta red de apoyo ha sido crucial para evitar un colapso total del sistema eléctrico.

En definitiva, la guerra ha convertido a Ucrania en un laboratorio involuntario de resiliencia energética. Las lecciones que deja este conflicto van más allá del ámbito militar. Por lo que los sistemas energéticos del futuro más cercano, deben ser sostenibles, eficientes, además de resistentes ante crisis inesperadas, dada la volatilidad de la actualidad internacional.


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