El estrés se ha convertido en una constante silenciosa en la vida moderna. Lejos de ser una anomalía, forma parte del funcionamiento humano; pero la forma en la que se interpreta y se gestiona marca la diferencia entre el equilibrio y el desgaste cotidiano.
El cirujano y divulgador Mario Alonso Puig plantea que: “la única manera de acabar con el estrés es estar muerto”. No es una provocación gratuita, sino una invitación a comprender su verdadera naturaleza.
El estrés no desaparece: se transforma

Durante décadas, el estrés ha sido presentado como un enemigo a eliminar. Sin embargo, desde una perspectiva evolutiva, ha sido clave para la supervivencia. El problema no es su existencia, sino su cronificación y mala gestión.
El planteamiento de Mario Alonso Puig desmonta una creencia extendida. Pretender eliminar el estrés es, en sus palabras, un error conceptual. El organismo humano está diseñado para activarse ante desafíos. Esa activación, bien canalizada, impulsa la acción, la concentración y la toma de decisiones.
La dificultad aparece cuando el estrés se vuelve constante. En ese punto deja de ser adaptativo y se convierte en una carga que afecta tanto al cuerpo como a la mente. La atención se fragmenta, la claridad disminuye y el desgaste emocional aumenta.
En la sociedad actual, marcada por la sobreestimulación y la hiperconectividad, el estrés encuentra terreno fértil. La exposición continua a estímulos, la presión por rendir y la dificultad para desconectar generan un estado de alerta permanente. No se trata de picos puntuales, sino de una línea base elevada.
Por eso, más que eliminar el estrés, el enfoque pasa por aprender a regularlo. Identificar cuándo es útil y cuándo se vuelve perjudicial es el primer paso. A partir de ahí, entra en juego la capacidad de gestionar la atención y recuperar espacios de calma.
Del miedo a la luz: un cambio de enfoque
Uno de los conceptos centrales que defiende el especialista es la relación entre miedo y percepción. Según su visión, el miedo no tiene entidad propia, del mismo modo que la oscuridad no existe sin la ausencia de luz. Es una construcción que emerge cuando falta claridad.
Esta idea tiene implicaciones directas en la experiencia del estrés. En muchos casos, el estrés no proviene únicamente de la situación externa, sino de la interpretación interna. La mente anticipa escenarios, magnifica riesgos y alimenta una narrativa que intensifica la tensión.
Frente a esto, la propuesta no es luchar contra la “oscuridad”, sino introducir “luz”. Es decir, cambiar el foco. En lugar de centrarse en el problema, orientar la atención hacia recursos, soluciones o aprendizajes posibles.
Este cambio no es automático. Requiere entrenamiento. Reducir el juicio constante, practicar la observación y recuperar momentos de silencio son herramientas que permiten modificar la respuesta interna. No eliminan el estrés, pero sí alteran su impacto.
Otro punto relevante es la conexión con el entorno. El ser humano, según explica, es profundamente social. El aislamiento y la digitalización excesiva debilitan vínculos que actúan como reguladores naturales del estrés. La interacción directa, en cambio, fortalece el equilibrio emocional.
En paralelo, aparece una crítica a la búsqueda obsesiva de la felicidad. Perseguirla como un objetivo externo puede generar más estrés del que pretende evitar. Desde su perspectiva, la base ya está en el individuo. Lo que falla es la desconexión con esa esencia.
Así, el estrés deja de ser solo un problema a resolver y se convierte en una señal. Indica desajustes en la forma de vivir, pensar o relacionarse. Escucharlo, en lugar de combatirlo, abre la puerta a una comprensión más profunda.
En definitiva, la propuesta de Mario Alonso Puig no pasa por promesas simplistas. No ofrece fórmulas mágicas para eliminar el estrés, porque, sencillamente, no existen. Plantea algo más exigente: cambiar la relación con él.
Entender que el estrés es inevitable, pero también moldeable, permite salir de la lógica de la lucha constante. En ese punto, la gestión deja de ser una carga y se convierte en una habilidad. Una que, bien desarrollada, puede marcar la diferencia en la calidad de vida.





