Walter Suárez, especialista en diabetes y obesidad: «Si estás perdiendo peso, ojo con esto… porque puede no ser tan buena señal»

- El verdadero secreto de la salud no está en elegir entre músculo o grasa… sino en cómo conviven.

El peso no siempre cuenta toda la historia. Durante años nos han vendido una idea muy simple: menos grasa, mejor. Más músculo, mejor. Y punto. Como si el cuerpo fuera una especie de interruptor que solo puede estar en dos posiciones. Pero no. La realidad es bastante más matizada (y, en cierto modo, más interesante).

Porque no se trata de eliminar la grasa ni de obsesionarse con ganar músculo como si fuera una competición constante. Se trata de equilibrio. De cómo conviven esos dos “compañeros de piso” dentro de tu cuerpo. Y ahí es donde entra lo que explica el especialista Walter Suárez, que básicamente viene a decir algo muy lógico… pero que no siempre tenemos en cuenta: si ese equilibrio se mantiene, la salud suele ir detrás.

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Dicho así parece fácil. Pero, claro, luego llega la vida real.

Cuando el cuerpo pierde el equilibrio (y empieza a avisar)

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El equilibrio entre músculo y grasa es clave para la salud diaria. Fuente: IA

Imagina una balanza. Si un lado pesa demasiado o el otro se queda corto… algo no encaja. El cuerpo funciona de forma parecida. Cuando hay mucha grasa y poco músculo, el sistema empieza a fallar, aunque por fuera no siempre lo parezca.

Es lo que ocurre, por ejemplo, en la llamada obesidad sarcopénica. Suena técnico, sí, pero en el fondo es bastante sencillo: un cuerpo con grasa acumulada, pero con poca fuerza real. Poca base. Poca “chicha”, por decirlo claro.

Y en el otro extremo, cuando ambos —músculo y grasa— están bajo mínimos, aparecen problemas más serios. Porque el cuerpo, igual que una casa, necesita estructura… pero también necesita “reserva”.

Y aquí es donde uno se hace la pregunta incómoda: ¿cuántas veces hemos mirado solo el número de la báscula… sin pensar en lo que hay detrás?

La grasa no es el villano (aunque durante años lo haya parecido)

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No todo es perder grasa: el cuerpo necesita ambos tejidos en armonía. Fuente: IA

Este es uno de esos puntos que te hacen frenar un segundo. Porque rompe bastante con lo que nos han repetido siempre. La grasa no es solo “lo que sobra”. No es un enemigo al que haya que eliminar a toda costa.

Según explica Suárez, la grasa funciona como un órgano. Sí, un órgano. Participa en las hormonas, influye en el sistema inmune… incluso “habla” sobre cómo está tu cuerpo por dentro.

Y claro, cuando lo ves así, todo cambia.

Porque tener la grasa demasiado baja también tiene consecuencias. No es gratis. Puede afectar a las hormonas, al sistema inmunológico… y a esa sensación general de energía que, cuando falla, se nota mucho.

Así que ese mantra de “cuanto menos, mejor”… empieza a hacer aguas.

No existe el cuerpo perfecto (y eso, en el fondo, tranquiliza)

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El músculo ayuda a quemar grasa y mantener el cuerpo activo. Fuente: IA

Otra idea que conviene desmontar: no hay un porcentaje de grasa ideal para todo el mundo. No hay una cifra mágica que funcione igual a los 20 que a los 60. Ni para todos los cuerpos, ni para todas las situaciones.

Depende de la edad, de la genética… incluso del momento vital. Por ejemplo, un nivel de grasa bajo puede ser normal en una persona joven, pero quedarse corto en alguien mayor.

Y en el caso de las mujeres, esto es aún más evidente. El cuerpo femenino necesita más grasa por naturaleza, entre otras cosas por su papel en la reproducción y la lactancia. No es un fallo. Es diseño.

Así que sí, lo que a uno le sobra… a otro le puede faltar.

El músculo: ese aliado que no hace ruido (pero lo cambia todo)

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Con la edad, cuidar la masa muscular se vuelve más importante que nunca. Fuente: IA

Aquí no hay mucha discusión. El músculo es clave. Es el gran consumidor de grasa, el que mantiene el metabolismo activo, el que te permite moverte con soltura.

Pero hay un detalle que muchas veces pasamos por alto: no basta con tener músculo, hay que cuidarlo.

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Con los años, el cuerpo tiende a perder masa muscular. Y no solo eso. Ese músculo puede ir “mezclándose” con grasa, volviéndose más rígido, menos funcional. Traducido: menos fuerza, menos movilidad… y más limitaciones. Y eso, aunque no lo veas de un día para otro, se va notando.

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