Hubo un tiempo en el que Santiago Segura mendigaba apariciones a los medios de comunicación. Los buscaba, los recorría, se apoyaba en ellos para promocionar cada estreno y alimentar el fenómeno comercial de su cine. Hoy, ese mismo director ha dado un giro radical: de depender de la exposición mediática a atacar abiertamente a periodistas cuando no le favorecen.
El cambio no es menor ni puntual. Coincide con el estreno de Torrente Presidente, la sexta entrega de una saga que ya no solo vive de la nostalgia y la repetición, sino también de la provocación política calculada.
En esta ocasión, Segura vuelve a situarse en una supuesta posición de ‘sentido común’, colocando en el mismo plano a la ultraderecha y al PSOE, mientras evita cualquier crítica al Partido Popular. Una equidistancia que, para algunos de sus críticos, no es inocente, sino una forma de no incomodar a determinados públicos.
Pero donde más evidente se ha hecho su giro es en la relación con la prensa. La decisión de no realizar pases para críticos ya marcaba distancia, pero el conflicto estalló cuando algunos medios publicaron detalles de los cameos de la película.
La reacción de Segura fue inmediata: ataques directos, especialmente contra la Cadena SER, a la que ha insultado llamándoles «gente mezquina. «Me molesta porque la SER ha demostrado ser gente mala o mezquina, o necia o una mezcla, pero ha hecho algo que yo creo que para mí es terrible, o sea, me parece de un mal gusto», ha declarado en una de sus emisoras favoritas, Es Radio.
El episodio resume bien la contradicción. Quien durante años necesitó cada minuto de televisión ahora desacredita a los medios cuando estos ejercen su legítima función de contar lo que ocurre. Y aunque el director tiene todo el derecho a restringir el acceso a su obra, los críticos también lo tienen a contar quién aparece en el film, opinar sobre el mismo y a cuestionar un modelo que, según denuncian, prioriza el impacto comercial por encima de cualquier ambición creativa.
En paralelo, Segura ha ido perfilando con claridad los espacios donde se siente cómodo, que son los de ideología conservadora. Sus apariciones en El Hormiguero, con Pablo Motos, o en los programas de Carlos Herrera en COPE y Es Radio no son casuales.

En estos entornos ha encontrado altavoz para sus críticas a otros medios, reforzando una narrativa en la que él se presenta como víctima. Sin embargo, ese discurso contrasta con su actitud en otros espacios, donde adopta un tono más moderado o incluso preocupado por la polarización. Esta dualidad alimenta la percepción de que su posicionamiento público es más estratégico que ideológico, adaptado al contexto y al interlocutor.
LOS AMIGOS DE JOSÉ LUIS TORRENTE
A todo ello se suma un historial de polémicas que para Segura reaparecen de forma recurrente. Su nombre figuró en los Papeles de Panamá, donde se señalaba la utilización de estructuras en el extranjero. Aunque el asunto no derivó en consecuencias judiciales, sí impactó en su imagen pública. También quedó en el aire su enfrentamiento con El Confidencial por informaciones relacionadas con sus vínculos profesionales con José Luis Moreno. Pese a anunciar acciones legales, estas nunca llegaron a materializarse.
En su nueva película, además, Segura recupera figuras polémicas y apuesta por cameos que buscan generar ruido. La presencia del propio Moreno o de Kevin Spacey, solo le ha faltado reclutar a Dani Alves, es probablemente el ejemplo más evidente de una estrategia basada en la provocación.
Fuera del cine, su participación en los Army Awards ha reforzado esa imagen. El evento, en el que se insultó al presidente Pedro Sánchez y se premió a Vito Quiles, evidenció su cercanía a determinados espacios donde el discurso político es cercano la ideología de la que hace treinta años se reía.
El resultado es el retrato de un creador que ha dejado atrás la necesidad de agradar a todos para instalarse en una lógica distinta: la de la polarización como herramienta. Segura sigue siendo una máquina de hacer taquilla, pero también una figura cada vez más divisiva a pesar de su interés de presentarse como apolítico y amante de un ‘buenrrollismo’ que en él solo se ha dado para hacer caja en el cine.
Segura ha pasado de ser un troll que enviaba cartas a los académicos cinematográficos para que le dieran un Goya, que se colaba en las televisiones con discursos irreverentes o que se reía de todo y de todos, a ser un empresario hipersensible que no se consuela ni con el taquillazo porque le han hecho lo que él hubiese hecho de haber sido crítico cinematográfico.




