El INE publicó el pasado 13 de marzo la confirmación del IPC de febrero y el número redondo, 2,3% anual, parece de manual: estabilidad, sin sustos. En términos mensuales, la subida fue del 0,4%, dentro de lo esperado para esa época del año. Pero hay un indicador que vale la pena mirar con más atención: la inflación subyacente, la que excluye la energía y los alimentos no elaborados porque son los más volátiles, subió una décima hasta el 2,7%. Y eso importa, porque la subyacente es la que mejor refleja hasta qué punto los precios han cambiado de manera estructural, no solo por factores coyunturales. Bankinter, en su último informe, proyecta que el IPC medio de 2026 se situará en torno al 2,3% anual.
Lo que más sube y lo que da algo de respiro
Los alimentos sin elaborar, frutas y verduras frescas, carne y pescado, fueron uno de los componentes que más presionó al alza el índice general en febrero. Este grupo es especialmente sensible a las condiciones climáticas y a las tensiones en los mercados agrícolas internacionales, dos factores que en 2026 siguen siendo fuentes de incertidumbre. En el otro lado de la balanza, los carburantes aportaron algo de alivio: la energía, que fue el gran dolor de cabeza inflacionista en 2022 y 2023, ha encontrado una cierta estabilidad en los últimos meses.
Lo que significa para tu bolsillo
Que el IPC esté en el 2,3% no quiere decir que todo suba por igual. Para los hogares con menor margen económico, que concentran su gasto en alimentación y vivienda, la inflación que experimentan en la práctica suele estar por encima de la media. El Banco de España ha advertido en informes recientes que, aunque la situación financiera de los hogares ha mejorado y su ratio de endeudamiento se ha reducido a niveles no vistos desde 2001, hay bolsas de vulnerabilidad que persisten, especialmente entre familias con hipotecas variables o créditos al consumo de coste elevado. La foto general es mejor que hace dos años. La película, para algunos, sigue siendo difícil.
Las perspectivas para el resto del año apuntan a que el IPC se mantendrá relativamente estable, sin los picos de 2022 ni los sustos de 2023. Pero hay factores de incertidumbre que conviene no olvidar: la evolución del precio del petróleo, las tensiones geopoíticas que afectan a las cadenas de suministro y los efectos del cambio climático sobre la producción agrícola son las tres variables que más pueden desviar el dato en los próximos meses.
Para los hogares con capacidad de planificación, el momento actual ofrece cierta estabilidad que merece aprovecharse. Revisar contratos de suministros, comparar tarifas de electricidad y gas a través del comparador de la CNMC, o ajustar el presupuesto mensual con los datos reales del consumo son acciones concretas que, en un entorno de inflación moderada pero no nula, tienen un efecto real sobre el poder adquisitivo del hogar. El Banco de España y el INE publican mensualmente indicadores que permiten hacer ese seguimiento de forma sencilla, sin necesidad de interpretar jerga técnica. Aprovechar esa información pública y gratuita es el primer paso para tomar decisiones de consumo más informadas.




