La desconfianza hacia instituciones, políticos y medios de comunicación no solo ocurren en nuestro país, sino que son un síntoma de un cambio cultural que se percibe en el mundo entero. En este escenario, donde la palabra libertad es captada por eslóganes políticos, la filósofa española Victoria Camps asegura que el debate actual está profundamente distorsionado por una visión individualista que reduce la vida social a la satisfacción de los deseos personales.
En su obra más reciente, La sociedad de la desconfianza, Camps analiza cómo esa interpretación limitada de la libertad ha terminado debilitando los vínculos colectivos. Según su opinión, cuando la sociedad deja de pensar en el bien común, el resultado es un escenario donde crecen el recelo, la desigualdad y la sensación de que nadie puede confiar en nadie.
La libertad mal entendida que alimenta la desconfianza

Victoria Camps lleva décadas dedicada al estudio de la ética y la filosofía política. Fue catedrática universitaria y también senadora en España. Desde esa doble experiencia sostiene que una parte importante de los problemas actuales tiene su origen en una interpretación reducida de la libertad.
Según explica, el liberalismo nació como una conquista histórica. Colocar la libertad en el centro de la vida pública permitió reconocer derechos fundamentales y proteger al individuo frente al poder del Estado. Sin embargo, con el paso del tiempo esa idea se fue simplificando.
La filósofa advierte que hoy domina lo que en teoría política se conoce como libertad negativa. Es decir, la idea de que una persona es libre mientras las leyes no le prohíban actuar. Bajo esta lógica, la libertad queda reducida a poder hacer lo que uno quiere sin demasiadas restricciones.
El problema aparece cuando ese concepto se traslada a todos los ámbitos de la vida social. Para Camps, cuando la libertad se entiende únicamente como satisfacción de deseos, desaparece la reflexión sobre el impacto de nuestras decisiones en los demás.
La consecuencia es una sociedad más individualista. Cada persona se concentra en sus propios intereses y pierde de vista que la convivencia exige límites. La filósofa lo resume de forma clara: la libertad no puede existir sin responsabilidad ni sin una mínima preocupación por el bienestar colectivo.
En ese contexto aparece la desconfianza. Cuando las personas perciben que otros solo buscan su propio beneficio, la confianza social se deteriora. Esto se observa en la política, en las instituciones públicas e incluso en las relaciones económicas.
Camps sostiene que esa dinámica también se ve alimentada por la publicidad, las redes sociales y ciertos discursos que impulsan el consumo constante. El mensaje dominante invita a perseguir deseos inmediatos. Pero rara vez se invita a preguntarse para qué queremos realmente nuestra libertad.
Desigualdad y falta de esperanza en la sociedad actual
El diagnóstico de la filósofa también apunta a un problema económico de fondo. En su opinión, la desigualdad creciente es uno de los factores que más erosionan la confianza colectiva.
Victoria Camps considera escandaloso que una pequeña parte de la población concentre una porción desproporcionada de la riqueza mundial. Aunque las cifras varían según los estudios, distintos análisis coinciden en que cerca del diez por ciento de la humanidad posee aproximadamente la mitad de los recursos del planeta.
Para la pensadora, esta situación genera frustración y resentimiento social. Además cuestiona la idea de que el éxito depende únicamente del esfuerzo individual. La narrativa del “hombre hecho a sí mismo” ignora factores decisivos como el origen social, la educación o las oportunidades reales disponibles.
En ese punto, la filósofa recuerda que la igualdad de oportunidades todavía está lejos de ser una realidad plena. Incluso en los países desarrollados, el entorno familiar sigue influyendo de forma decisiva en el acceso a la educación o al empleo.
La pandemia ofreció, según Camps, un ejemplo interesante de cómo puede funcionar la cooperación social. Durante aquellos meses muchas personas comprendieron que los problemas colectivos solo pueden resolverse mediante la colaboración.
En aquel contexto se valoró de forma especial el trabajo de sanitarios, cuidadores o empleados de supermercados. Paradójicamente, muchos de esos empleos esenciales siguen siendo los peor remunerados.
Para la filósofa, esa contradicción revela una falla profunda en la escala de valores de la sociedad contemporánea. El reconocimiento económico no siempre coincide con la importancia real de las tareas que sostienen la vida cotidiana.
A pesar de ese diagnóstico crítico, Camps insiste en que la esperanza sigue siendo imprescindible. Sin una cierta confianza en el futuro, afirma, la vida social se vuelve inviable. La libertad, en su sentido más profundo, no consiste simplemente en elegir entre opciones inmediatas.





