No tienes hambre, pero sigues comiendo: picas un poco de esto y otro poco de aquello porque tiene buena pinta… Si esto te resulta familiar, quizás seas de esas personas que come de más, aunque ya no tenga demasiado apetito. Puede sucederte en el cine con unas palomitas, en una comida familiar o simplemente comiendo algo por costumbre. Y después llega la sensación de pesadez, hinchazón e incluso cierta culpa, pero detrás de este gesto hay mucho más que falta de control.
Deberías saber que comer no solamente responde a una necesidad física, porque en muchas ocasiones también intervienen las emociones, la educación recibida, el entorno e incluso la relación que cada uno tiene con la comida. Por eso, entender por qué seguimos comiendo cuando ya estamos saciados puede ser clave para mejorar nuestro bienestar.
¿Por qué sigo comiendo aunque ya esté satisfecho?
La comida cumple muchas funciones más allá de nutrir. Y es que comer no solo sirve para nutrirnos, también para relacionarnos, para regularnos emocionalmente, para nuestro propio placer, conocer culturas, entretenernos o incluso como tradición o hábito (como, precisamente, el de comer palomitas en el cine).
Esto significa que no siempre comemos porque el cuerpo lo necesite, sino que lo hacemos porque toca, porque nos acompaña en un momento concreto o porque nos resulta difícil identificar cuándo ya hemos tenido suficiente. Incluso, los especialistas ponen el foco en una cuestión importante: cada vez cuesta más reconocer las señales reales de hambre y saciedad.

No siempre es hambre: emociones, costumbres y creencias
En la mayoría de ocasiones, lo que nos empuja a seguir comiendo no es el apetito: en algunos individuos entran en juego otros factores que pasan desapercibidos. Hay quien come por ansiedad, quien lo hace por aburrimiento, quien no quiere dejar nada en el plato o quien ha crecido con la idea de que hay que comer más de la cuenta.
Hay personas que alargan una comida porque temen adelgazar, porque no quieren poner fin a una sobremesa o, incluso, porque les cuesta enfrentarse a lo que viene después. Así que, la comida deja de responder a una necesidad física y pasa a ocupar un lugar emocional o mental.
Cómo volver a escuchar las señales del cuerpo
En un principio puede parecer complicado aprender a detectar cuándo tenemos hambre y cuándo estamos saciados. Pero este proceso requiere de escucha interna y de observarnos a nosotros mismos, y se puede lograr a través de una correcta atención psicológica y nutricional.
Podemos identificar y trabajar las creencias limitantes, las señales de hambre y saciedad, mejorar la relación con la comida, aprender qué alimentos necesita el cuerpo para estar saciado a nivel nutricional y, por supuesto, encontrar el equilibrio para saciar también nuestras apetencias. En otras palabras, no se trata solo de comer menos, sino de entender qué necesita realmente el cuerpo y también qué lugar ocupa la comida en la vida de cada persona.
Comer de más no siempre significa falta de control
Muchos individuos piensan que seguir comiendo cuando ya están saciados es simplemente una cuestión de falta de voluntad; pero esto no siempre es así. Y es que detrás de esta conducta pueden esconderse factores como la ansiedad, la costumbre, una mala relación con la comida o incluso etapas previas de restricción alimentaria.
Cuando el cuerpo ha aprendido a vivir en escasez o bajo normas muy rígidas, puede responder comiendo de más en cuanto tiene oportunidad. Antes de juzgar este comportamiento, conviene entender qué lo está provocando realmente. Ante este tipo de situaciones resulta esencial acudir a un experto de la nutrición y de la psicología para poder solucionar esta problemática.




