Son cada vez más los especialistas que coinciden en un diagnóstico inquietante; según su visión, vivimos en una sociedad que parece haber perdido parte de su capacidad para concentrarse, reflexionar y tolerar la frustración. El ritmo acelerado de la vida digital ha transformado la forma en que pensamos, sentimos y consumimos estímulos.
Para la psiquiatra y divulgadora Marian Rojas Estapé, esta transformación tiene una explicación clara. Según sostiene, la sociedad actual se ha acostumbrado a buscar recompensas rápidas y constantes, lo que ha alterado profundamente el equilibrio natural entre placer y dolor.
La dopamina y el nuevo modelo de consumo emocional
En su análisis, la especialista sostiene que la sociedad moderna vive atrapada en una dinámica de estimulación constante. Redes sociales, videojuegos, comida ultraprocesada o plataformas de entretenimiento generan pequeñas descargas de placer que el cerebro aprende a repetir.
La responsable de este proceso es la dopamina, una sustancia clave en el sistema de recompensa del cerebro. Su función original era ayudar a la supervivencia. Comer, reproducirse o explorar el entorno activaban este mecanismo. Sin embargo, en la sociedad actual ese circuito ha sido intensificado por estímulos diseñados para captar nuestra atención.
“El placer siempre tira de la cuerda”, explica la especialista. Pero en el otro extremo aparece el dolor, que comienza a activarse cuando el cerebro se acostumbra a niveles cada vez más altos de estímulos. Con el tiempo, lo que antes producía satisfacción deja de ser suficiente.
En ese punto aparece un fenómeno cada vez más común en la sociedad contemporánea. Muchas personas ya no buscan placer por disfrute, sino para evitar el malestar. La ansiedad, el aburrimiento o la irritación empujan a consumir más contenido, más entretenimiento o más estímulos.
Según la psiquiatra, esto explica por qué hoy muchas personas sienten que todo les molesta o les aburre rápidamente. El cerebro se vuelve menos tolerante a los momentos de calma o de silencio.
Una sociedad que ha perdido el valor de la pausa

Otro de los factores que preocupa a los especialistas es la desaparición de los espacios de reflexión. La sociedad actual parece haber sustituido el tiempo de pausa por una sucesión constante de estímulos.
Para Marian Rojas Estapé, el problema no es la tecnología en sí misma, sino el modo en que se utiliza. Las pantallas permiten acceder a una cantidad de información y entretenimiento sin precedentes. Sin embargo, también han introducido una lógica de consumo inmediato que deja poco espacio para el pensamiento profundo.
La consecuencia es una sociedad que consume rápidamente y reflexiona cada vez menos. Series, vídeos o redes sociales se reproducen de forma casi automática. Muchas personas pasan de un contenido a otro sin detenerse a procesar lo que están viendo.
En este contexto, el cerebro pierde una capacidad fundamental: la atención sostenida. Cuando todo ocurre a gran velocidad, la mente se acostumbra a estímulos intensos y constantes. Las actividades que requieren paciencia o concentración comienzan a parecer aburridas.
Si el cerebro se acostumbra a “autopistas de dopamina”, los pequeños placeres cotidianos quedan relegados a caminos secundarios. Leer un libro, conversar o simplemente pasear deja de resultar atractivo para muchas personas.
Este cambio tiene consecuencias profundas para la sociedad. La dificultad para detenerse y reflexionar puede aumentar los niveles de estrés, ansiedad o frustración. Al mismo tiempo, la psiquiatra señala otro problema creciente. Muchas personas intentan evitar el vacío emocional llenando su agenda de estímulos y actividades. Sin embargo, ese vacío suele tener un origen más profundo.
“La mente no tolera el vacío”, explica. Cuando falta sentido en la vida, la sociedad tiende a sustituirlo por sensaciones rápidas. Estas pueden ir desde el entretenimiento digital hasta experiencias intensas que ofrecen una satisfacción inmediata.
El desafío, según la especialista, consiste en recuperar el equilibrio. El cerebro necesita placer, pero también necesita pausa, silencio y reflexión. Solo de esa manera es posible construir una sociedad más estable emocionalmente.





