El subconsciente guarda más poder sobre nuestra vida del que solemos imaginar. Hay ideas que, cuando las escuchas por primera vez, te obligan a frenar un segundo. A mirar alrededor, quizá incluso a sonreír con cierta incredulidad. ¿Y si la realidad que vivimos no fuera exactamente lo que creemos? ¿Y si todo fuera, en cierto modo, una especie de juego mucho más grande del que apenas percibimos una pequeña parte?
Esa es, más o menos, la puerta por la que entra la propuesta de Víctor Brossah. El divulgador plantea una interpretación de la vida que mezcla espiritualidad, desarrollo personal y una visión bastante distinta de cómo funciona el universo. Según explica, la realidad física que percibimos podría ser algo parecido a una simulación que el cerebro interpreta, como si cada uno de nosotros estuviera participando en un gran videojuego donde encarnamos un personaje.
No se trata —dice— de negar la vida tal como la vivimos, sino de entender que quizá hay algo más profundo detrás del escenario.
Somos más que el personaje que interpretamos

Brossah sostiene que los seres humanos serían, en esencia, fragmentos —lo que él llama “fractales”— de una fuerza creativa original. Desde su punto de vista, cada persona habría “descendido” a esta tercera dimensión para experimentar la vida desde dentro.
Y aquí viene lo interesante: para poder vivir esa experiencia con intensidad, olvidamos quién somos realmente.
Algo así como cuando un actor entra tanto en su papel que por un momento deja de recordar que está en un escenario. Según Brossah, eso es lo que ocurre con nosotros. Nos identificamos con nuestro personaje —nuestro nombre, nuestra historia, nuestras creencias— y olvidamos que quizá somos algo más amplio que todo eso.
La idea puede sonar extraña. Pero también tiene algo que engancha. Porque, si lo piensas un momento… ¿cuántas veces hemos sentido que hay algo en nosotros que no encaja del todo con la identidad que mostramos al mundo?
El momento que lo cambió todo

En el caso de Brossah, esta forma de entender la realidad no apareció de la nada. Él mismo sitúa el origen de su “despertar” a los 26 años, cuando atravesó una crisis personal bastante profunda.
Según relata, empezó a experimentar somatizaciones físicas y pensamientos suicidas que lo empujaron a cuestionar todo lo que creía saber. Fue en ese momento cuando conoció a un maestro esotérico que, según explica, logró romper la estructura mental racional con la que interpretaba el mundo.
No fue un proceso cómodo, precisamente.
Pero sí transformador.
“Al hackearte entra el inconsciente y al abrir la mente yo puedo conectar con esa parte mía”, afirma Brossah al recordar aquel punto de inflexión.
A partir de ahí comenzó, según cuenta, una etapa de apertura hacia dimensiones de la experiencia que antes ni siquiera contemplaba.
La identidad también se puede reprogramar

Uno de los conceptos que más repite Brossah es el de reprogramar la identidad.
Según su visión, muchas personas intentan cambiar su vida modificando pensamientos superficiales. Pero eso, dice, rara vez funciona de verdad. El cambio profundo ocurre cuando el subconsciente —esa parte de la mente que no funciona de forma lógica, sino asociativa— acepta una nueva forma de verse a uno mismo.
En ese proceso, Brossah otorga un papel muy especial al corazón. Lo describe como una especie de “antivirus interno”, capaz de filtrar la información que entra en nuestra mente y decidir qué encaja con nuestra identidad y qué no.
Puede sonar metafórico (lo es), pero también resulta bastante gráfico.
“Se ha demostrado ya que la materia ni existe, es una percepción del cerebro. Que no vea algo no quiere decir que no exista”, sostiene.





