El CO2 biogénico consiste en una materia prima que se extrae de la biomasa sostenible y de la fracción orgánica de los residuos; y según apunta la última nota de Innoenergy y PwC podría ser un nuevo nicho de inversión clave para el fomento de la transición energética a través de las tecnologías de captura de carbono (CCUS).
El CO2 biogénico recicla el carbono de los procesos naturales
El debate energético europeo ha entrado en una nueva fase. Superado el enfoque centrado exclusivamente en la eficiencia y la electrificación, el foco se desplaza ahora hacia la gestión de las emisiones residuales y la creación de soluciones que permitan descarbonizar sectores donde no existen alternativas directas viables como el marítimo, la construcción o la aviación. En ese escenario, el carbono de origen biogénico aparece como una oportunidad diferencial: no solo permite reducir emisiones, sino también generar nuevas cadenas de valor industrial.

A diferencia del CO2 procedente de combustibles fósiles, el biogénico forma parte del ciclo natural del carbono. Es decir, proviene de procesos naturales como la fotosíntesis que realizan las plantas donde absorben C02 de la atmosfera y la convierten en energía; por lo que, siguiendo el ejemplo de las plantas, si se queman no se generaría nuevo CO2, sino el mismo que absorbió anteriormente.
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Una vez entendido esto, es necesario explicar que su captura se puede dar en instalaciones vinculadas a biomasa, biogás, residuos o biorrefinerías, dando pie a que se den emisiones negativas si se almacena de forma permanente. Es decir, al no quemar de nuevo ese C02, este no regresa a la atmósfera. Pero también puede reutilizarse como insumo para producir combustibles sintéticos, como los e-fuels o el combustible sostenible de aviación, y materias primas industriales bajas en carbono. Esa doble condición, climática e industrial, es la que lo sitúa en el radar de inversores y desarrolladores tecnológicos.
El informe señala que, de cara a 2050, la Unión Europea prevé capturar cientos de millones de toneladas de CO2 anuales para cumplir sus objetivos climáticos, y una parte sustancial procederá de fuentes biogénicas o atmosféricas.
En la próxima década, además, la mayor parte de los proyectos financiables de CCUS (Captura de carbono, uso y almacenamiento) no estarán vinculados a tecnologías aún incipientes como la captura directa del aire, sino a fuentes puntuales industriales (centrales eléctricas, plantas químicas, donde el CO₂ sale concentrado y es más fácil de capturar) ya existentes. Este factor reduce riesgos tecnológicos, mejora la previsibilidad de costes y aumenta la confianza de inversión en estos proyectos, elementos clave para atraer capital privado.
Por otro lado, desde el punto de vista económico, el CO2 biogénico abre un nuevo espacio de mercado en el que confluyen regulación climática, innovación tecnológica y demanda industrial. En este sentido, el desarrollo del combustible sostenible de aviación (eSAF), impulsado por las obligaciones europeas de descarbonización del transporte aéreo, es uno de los principales catalizadores. También lo es la creciente presión regulatoria sobre sectores intensivos en emisiones, que buscan soluciones viables para mantener su competitividad en un entorno de mayores exigencias ambientales.
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Por otro lado, el informe apunta a la aplicación de esta nueva materia prima para en el sector construcción. La integración de CO2 capturado en cemento, hormigón o nuevos aglutinantes permite almacenar carbono de forma permanente al tiempo que reduce la huella del sector. Esta aplicación transforma la captura en una herramienta de economía circular, ampliando su atractivo más allá del sector energético.
No obstante, el despliegue masivo de estas soluciones no está exento de desafíos. La nota advierte que persisten incertidumbres regulatorias relacionadas con los permisos, la definición de almacenamiento permanente o la responsabilidad a largo plazo sobre el CO2 capturado. Estas cuestiones afectan directamente a la estructuración financiera de los proyectos y a la confianza de los inversores.
Pese a ello, el mensaje de fondo es claro: el CO2 biogénico no debe entenderse únicamente como un mecanismo de mitigación, sino como una nueva palanca de desarrollo industrial. La combinación de madurez tecnológica en determinadas aplicaciones, señales de mercado crecientes y objetivos climáticos cada vez más exigentes está configurando un entorno propicio para su escalado.
En definitiva, la captura y utilización del carbono de origen biogénico se perfila como uno de los nuevos ejes de la transición energética europea. Si se consolida un marco regulatorio estable y se refuerza la coordinación entre industria, finanzas y políticas públicas, este recurso podría desempeñar un papel decisivo en la producción de combustibles sostenibles y en la construcción de una economía climáticamente neutra.




