Con el avance casi implacable de la inteligencia artificial, la velocidad de internet y el crecimiento tecnológico, cada vez más voces advierten sobre una paradoja inquietante. La sociedad en su conjunto nunca tuvo tantos recursos ni tantas herramientas, pero al mismo tiempo parece sentirse más desorientada que nunca.
Para el filósofo, psicólogo y teólogo Mario Javier Sabán, este fenómeno tiene una explicación profunda. Según sostiene, la sociedad actual ha desarrollado una enorme capacidad tecnológica, pero no ha avanzado con la misma intensidad en conocimiento y conciencia.
La sociedad con más recursos, pero también más desorientada

Sabán lleva décadas estudiando la relación entre conocimiento, espiritualidad y comportamiento humano. Desde su perspectiva, uno de los problemas centrales de la sociedad contemporánea es la enorme cantidad de energía que muchas personas no saben cómo canalizar.
A su juicio, cuando alguien se levanta cada mañana sin un proyecto claro, sin un propósito o sin una dirección vital, aparece un riesgo que suele pasar desapercibido. “Una persona que no sabe qué hacer con su vida es peligrosa para sí misma y para los demás”, advierte.
Según sus palabras, todos los seres humanos cuentan con energía mental y emocional que necesariamente termina invirtiéndose en algún lugar. Cuando esa energía se orienta hacia objetivos, aprendizaje o trabajo creativo, puede convertirse en una fuerza constructiva. Pero cuando la sociedad no ofrece caminos claros para canalizarla, esa energía puede transformarse en frustración, violencia, depresión o conductas autodestructivas.
En su análisis, Sabán considera que la sociedad actual enfrenta un escenario inédito. El avance tecnológico ha permitido ahorrar una enorme cantidad de tiempo en muchas tareas cotidianas. Sin embargo, ese tiempo extra no siempre se utiliza para crecer o aprender.
“La trampa está en creer que tener más dinero o más comodidad significa estar mejor”, explica el investigador. Para él, la verdadera diferencia no está en la riqueza material sino en la claridad del propósito. Una persona puede tener todo resuelto en lo económico y aun así sentirse completamente perdida.
Esta paradoja se repite en distintos niveles de la sociedad moderna. Jóvenes que no encuentran vocación, profesionales que trabajan sin motivación o personas que pasan años en empleos que no les generan ningún tipo de satisfacción.
Conocimiento, aprendizaje y sentido: las claves para una sociedad más consciente
Para el pensador, la salida no está en rechazar el progreso tecnológico ni en idealizar el pasado. El verdadero desafío es desarrollar una sociedad que combine inteligencia técnica con sabiduría. “La sociedad que hemos creado es tecnológicamente inteligente, pero profundamente ignorante”, sostiene.
En su opinión, la humanidad ha aprendido a construir máquinas, algoritmos y sistemas complejos, pero todavía no ha logrado comprender con la misma profundidad las leyes que gobiernan la vida humana. Uno de los ejemplos que menciona es el funcionamiento de la política moderna. En muchos parlamentos, explica, los partidos votan en bloque sin que cada representante exprese realmente su pensamiento individual.
Para Mario Javier Sabán, esta dinámica revela una forma de organización que prioriza las estructuras por encima del pensamiento crítico. Otro de los riesgos que identifica en la sociedad contemporánea es el auge de los extremismos. Cuando una persona cree haber encontrado la verdad absoluta, explica, deja de escuchar a los demás.
“El extremista es peligroso porque cree que tiene la verdad”, advierte. En lugar de buscar posiciones rígidas, Sabán propone entender la realidad como un proceso de equilibrio y oscilación constante. La vida, según explica, no funciona por extremos sino por movimientos entre expansión y restricción.
Este principio puede aplicarse a muchos ámbitos. Al trabajo y al descanso. Al gasto y al ahorro. A la vida social y a los momentos de introspección. La sociedad, sin embargo, suele moverse entre posiciones opuestas sin encontrar un punto de equilibrio.
Para el filósofo, la única manera de avanzar hacia una sociedad más sana es apostar por el conocimiento. No solo como acumulación de información, sino como una búsqueda permanente de comprensión. “El aprendizaje es la mejor habilidad que puede tener una persona para mejorar su vida”, afirma.
En ese camino, también cuestiona la idea de que la felicidad depende únicamente de lo material. Diversos estudios muestran que, a partir de cierto nivel de ingresos, el aumento de riqueza no genera mayor bienestar. El crecimiento real, sostiene, aparece en el ámbito del conocimiento, donde el potencial humano es prácticamente infinito.
Por eso insiste en que la sociedad del futuro deberá replantear muchas de sus prioridades. Más allá de la tecnología o del dinero, el desafío será construir una cultura donde el aprendizaje, el propósito y la conciencia tengan un papel central.





