Sergio Gómez tenía 35 años cuando empezó a trabajar como freelance. Diseñador gráfico, con varios contactos y encargos esporádicos, pensó que darse de alta como autónomo no era necesario al principio. “Solo eran trabajos sueltos”, se decía. Ese error le acabaría costando caro.
Durante meses, Sergio facturó sin estar dado de alta. No emitía facturas oficiales, cobraba por transferencia y no declaraba ingresos. Todo parecía ir bien hasta que uno de sus clientes le pidió una factura legal para justificar el gasto.
El momento en el que todo se complica
Sergio no supo qué hacer. Intentó regularizar la situación de golpe, pero ya era tarde. Hacienda detectó movimientos irregulares y le llegó un requerimiento. A partir de ahí, empezó una pesadilla administrativa.
Le reclamaron cuotas atrasadas, recargos y sanciones. Además, tuvo que justificar ingresos de meses anteriores. Lo que había ganado como freelance se convirtió en una deuda considerable.

El mito del “probar primero”
El caso de Sergio no es raro. Muchos profesionales creen que pueden “probar” a trabajar por su cuenta sin darse de alta. La realidad es que cualquier actividad habitual requiere estar dado de alta, independientemente de los ingresos.
Sergio aprendió por las malas que no estar registrado no protege, sino que expone. “Pensé que me ahorraba dinero y casi me arruino”, reconoce.
Regularizar y empezar de cero
Tras meses de trámites, Sergio consiguió regularizar su situación. Se dio de alta, pagó lo que debía y reorganizó su actividad. Hoy trabaja legalmente y con más tranquilidad.
Su experiencia sirve de advertencia para muchos: trabajar sin darse de alta puede parecer una solución fácil, pero las consecuencias llegan tarde o temprano, y casi siempre salen más caras de lo esperado.



