Rafael Santandreu, psicólogo: «Hay una forma de decir las cosas que cambia por completo cómo reaccionan los demás»

- El psicólogo Rafael Santandreu explica por qué reducir las exigencias y aceptar la imperfección puede transformar nuestras relaciones y bienestar emocional.

Vivimos en una época curiosa. Nunca hemos tenido tantas comodidades, tantas opciones, tantas herramientas para mejorar nuestras vidas… y, sin embargo, mucha gente siente que nunca es suficiente. Que siempre falta algo. Que todo debería ir un poco mejor.

En medio de ese ruido aparece Rafael Santandreu, psicólogo y divulgador, con una idea que a muchos les desconcierta al principio por lo simple que suena: la felicidad no llega cuando conseguimos más cosas, sino cuando dejamos de necesitar tantas.

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Dicho así parece casi una frase de filosofía antigua, pero Santandreu lo explica de forma muy concreta. Según él, gran parte del malestar emocional moderno nace de una expectativa silenciosa que arrastramos sin darnos cuenta: que la vida debería funcionar perfectamente.

Y claro… la vida nunca funciona así.

“Necesitamos muy poco para ser felices. La gente fuerte sabe que con agua y comida del día tiene suficiente”, suele decir.

Cuando lo escuchas por primera vez, algo se remueve. Porque quizá tenga razón.

El secreto de las relaciones: dejar de pedir imposibles

Rafael Santandreu
Reducir expectativas puede mejorar la calidad de nuestras relaciones personales. Fuente: IA

Santandreu pone también el foco en algo que todos conocemos bien: las relaciones con los demás. Amistades, pareja, familia… ese territorio donde a veces surgen los mayores momentos de felicidad, pero también algunos de los conflictos más desgastantes.

Según explica, muchos problemas aparecen porque esperamos demasiado de una sola persona. Queremos que un amigo sea buen consejero, divertido, siempre disponible, discreto, empático, motivador… todo al mismo tiempo.

Y eso, claro, es imposible.

Su propuesta es mirar las relaciones de otra forma. Como un collage.

En un collage cada pieza tiene su lugar. Ninguna lo es todo, pero juntas forman algo valioso.

Un amigo puede ser fantástico para hacer excursiones, pero terrible guardando secretos. Otro quizá no sea el más divertido del grupo, pero escucha como nadie cuando uno lo necesita. Y eso está bien.

“El truco es pedir a cada persona solo lo que puede dar con facilidad”, explica Santandreu.

Parece una idea sencilla, pero cuando se aplica cambia muchas cosas. De repente desaparecen muchas decepciones innecesarias. Y las relaciones se vuelven más ligeras, menos tensas.

Cambiar la exigencia por algo mucho más inteligente

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Aceptar la imperfección es una de las bases de la fortaleza emocional. Fuente: IA

Hay una palabra que Santandreu repite con frecuencia cuando habla de conflictos: exigencia.

Y no la utiliza precisamente en sentido positivo.

Para él, la exigencia es una especie de veneno silencioso en las relaciones. Cuando exigimos que el otro cambie, que actúe exactamente como queremos o que cumpla nuestras expectativas al milímetro, lo que suele aparecer es resistencia.

Discusión. Frustración. Distancia.

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Por eso propone sustituir la exigencia por algo mucho más inteligente: la sugerencia.

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La psicología cognitiva propone sustituir la exigencia por la sugerencia. Fuente: IA

“La exigencia es el anticristo de las relaciones”, dice sin rodeos.

La sugerencia, en cambio, funciona de otra manera. No presiona, no amenaza, no convierte una petición en una batalla emocional.

En el ámbito de la pareja, incluso propone una herramienta curiosa que llama la carta de las sugerencias. Se trata de expresar lo que te gustaría que la otra persona hiciera, pero terminando siempre con un recordatorio importante: el amor o el afecto no dependen de si esa petición se cumple o no.

En otras palabras: pedir sin convertir el amor en una condición.

La gran trampa de la perfección

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Aprender a necesitar menos puede aumentar la sensación de bienestar. Fuente: IA

Si hay algo que Santandreu critica especialmente es lo que llama “perfeccionitis”.

Esa obsesión moderna por hacerlo todo bien, por destacar, por ser siempre más inteligentes, más atractivos, más exitosos. Como si nuestra valía dependiera constantemente de demostrar algo.

El problema es que ese juego nunca termina.

Siempre hay alguien más guapo, más brillante o más talentoso. Y cuando nuestra autoestima depende de esas comparaciones, inevitablemente acaba tambaleándose.

Por eso el psicólogo advierte contra lo que llama las tres cualidades trampa: la belleza física, la inteligencia y las habilidades.

No porque no tengan valor, claro que lo tienen. Pero no deberían ser el lugar donde apoyamos nuestra autoestima.

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