Durante años, la imagen del detective privado ha estado ligada casi exclusivamente a la infidelidad. Sin embargo, la realidad del sector ha cambiado de forma notable. Hoy, la mayor parte de las investigaciones se mueven en el terreno empresarial.
Así lo explica el criminólogo y detective privado David Rodrigo, quien asegura que el foco ya no está en la infidelidad de pareja. Según su experiencia, el verdadero volumen de negocio se encuentra ahora en los conflictos laborales y económicos.
El mito de la infidelidad que ya no domina el sector

La escena es recurrente en la ficción. Al pensar en un detective privado, muchos imaginan seguimientos nocturnos para destapar una infidelidad. Pero Rodrigo desmonta ese cliché con un dato contundente: cerca del 80% de sus clientes son empresas.
El profesional reconoce que la infidelidad sigue existiendo como servicio, pero ha perdido peso de forma clara en los últimos años. “Han descendido bastante a nivel general”, explica, en línea con la evolución que observan muchos despachos del sector.
Detrás de este cambio hay una razón muy concreta. Investigar una infidelidad aporta información personal, pero rara vez genera un beneficio económico directo. En cambio, las investigaciones corporativas sí pueden traducirse en ahorro o en decisiones laborales con impacto financiero.
Rodrigo lo ilustra con un ejemplo habitual. Si una empresa sospecha de una baja laboral fraudulenta, puede invertir varios miles de euros en investigación y asesoría jurídica. Si se confirma la irregularidad, el retorno económico puede ser muy elevado. Por eso, el detective es claro. Hoy el mercado se mueve donde hay rendimiento. Y ahí, admite, la infidelidad ha dejado de ser la prioridad para muchas agencias especializadas.
Cuando investigar emociones pesa más que investigar dinero
Más allá de los números, David Rodrigo introduce un matiz importante. Los casos de infidelidad no solo son distintos por su rentabilidad, sino también por la carga emocional que implican.
El criminólogo reconoce que estos encargos suponen una presión añadida. No se trata solo de obtener pruebas, sino de manejar expectativas muy sensibles. En ocasiones, el cliente busca confirmar una sospecha de infidelidad, pero no siempre está preparado para asumir el resultado.
Hay momentos del año especialmente intensos. Las cenas de empresa en Navidad, por ejemplo, suelen disparar las solicitudes relacionadas con infidelidad. Son contextos donde las dudas afloran y las parejas buscan certezas.
Sin embargo, el detective advierte de un punto clave. Desde el punto de vista jurídico, demostrar una infidelidad no suele tener consecuencias económicas directas en un divorcio. Es decir, la inversión responde más a una necesidad emocional que a una estrategia legal.
Aun así, muchos clientes siguen recurriendo a estos servicios. Rodrigo describe un caso frecuente: matrimonios de décadas en los que uno de los miembros quiere demostrar a sus hijos quién rompió realmente la relación. En ese contexto, la infidelidad se convierte en una cuestión de relato familiar más que de dinero.
El profesional no oculta que estos trabajos pueden tener efectos profundos. Una investigación de infidelidad puede tensar vínculos, reabrir conflictos y, en algunos casos, precipitar rupturas definitivas.
Por eso, con los años, su agencia ha orientado el grueso de su actividad hacia el ámbito corporativo. Allí, explica, el componente emocional existe, pero está más acotado y responde a objetivos empresariales claros.
Mientras tanto, la tecnología ha transformado el oficio. Rodrigo recuerda que hace apenas quince años los detectives improvisaban soluciones casi artesanales para grabar seguimientos. Hoy, las cámaras ocultas se integran en objetos cotidianos con un nivel de discreción muy superior.
Ese salto técnico ha profesionalizado aún más el sector. Pero, pese a la evolución tecnológica, el cambio más profundo ha sido otro: la transformación del mercado. La infidelidad ya no es el motor principal del negocio. El dinero, concluye Rodrigo, está en las empresas.





