Por décadas, el estudio del cerebro ha estado rodeado de mitos simplificadores y frases motivacionales que prometen cambios radicales. Sin embargo, el biólogo, genetista y divulgador científico David Bueno insiste en un enfoque más preciso. El cerebro humano es moldeable, pero no ilimitado. Y, sobre todo, responde con sorprendente fidelidad a la actitud mental de cada persona.
Desde su perspectiva, comprender cómo se construye el cerebro y cómo aprende permite desmontar falsas creencias muy extendidas —desde la supuesta división entre hemisferio creativo y racional hasta la idea de que basta con “querer” para poder cambiar cualquier cosa—. La evidencia científica dibuja un panorama más matizado, pero también más útil para la vida cotidiana.
El cerebro: Un órgano en permanente construcción

Debajo del cráneo, explica Bueno, no hay compartimentos estancos ni cerebros separados por funciones rígidas. Lo que encontramos son dos hemisferios cerebrales con estructuras equivalentes que trabajan de forma coordinada a través del cuerpo calloso. Ambos son capaces de procesar lógica y creatividad.
La imagen clásica del “cerebro reptiliano”, el “emocional” y el “racional” —popularizada durante décadas— resulta hoy excesivamente simplista. El cerebro funciona como una red integrada donde emoción y pensamiento están profundamente entrelazados. Sin emoción, subraya el investigador, no hay verdadera capacidad de reflexión.
En el núcleo de esa arquitectura están las neuronas y, sobre todo, sus conexiones. Cada experiencia, aprendizaje o estado emocional modifica esas redes. La neuroplasticidad —la capacidad de la mente para cambiar— implica que la identidad mental no es fija. “Si no has cambiado con los años, hay un problema”, resume el divulgador.
Este carácter dinámico explica por qué practicar una habilidad —desde chutar un balón hasta hablar en público— genera mejoras reales: el cerebro recalibra de forma inconsciente mediante ensayo y error. Sin embargo, ese potencial tiene límites biológicos y genéticos. La idea de que cualquiera puede lograr cualquier meta solo con desearlo, advierte Bueno, es una simplificación peligrosa.
Aprender mejor: juego, emoción y descanso
Si hay un principio que atraviesa toda la investigación sobre aprendizaje es este: el cerebro aprende mejor cuando está emocionalmente implicado. Por eso, sostiene David Bueno, la vía más eficiente para adquirir habilidades es pasarlo bien durante el proceso.
Cuando una persona disfruta, el cerebro libera neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, que facilitan la creación de nuevas conexiones neuronales. Lo contrario también es cierto: una actitud constante de queja activa estados mentales que dificultan el aprendizaje. De ahí su afirmación contundente, el cerebro es “obediente” a la narrativa interna de cada individuo.
El juego ocupa aquí un papel central. En la infancia no es un simple entretenimiento, sino el mecanismo biológico principal de aprendizaje. Al jugar, los niños exploran, prueban hipótesis y reorganizan su cerebro. La adultez, en cambio, suele abandonar esa lógica experimental, lo que empobrece la capacidad de aprender con agilidad.
Otro pilar es el sueño. La evidencia científica muestra que durante la noche el cerebro consolida lo aprendido durante el día. Las primeras horas de descanso son especialmente críticas para fijar memoria y habilidades. Sin ese proceso, gran parte del esfuerzo de estudio se diluye.
El estrés introduce un matiz relevante. Un nivel moderado —el llamado estrés activador— puede mejorar el rendimiento gracias a la adrenalina. Pero cuando se vuelve crónico y aparece el cortisol, el efecto se invierte: el cerebro pierde recursos en la corteza frontal y la capacidad de pensar con claridad se reduce.
Bueno subraya una idea clave para la educación y el desarrollo personal. No se trata de eliminar toda presión ni de exigir resultados imposibles, sino de crear entornos que respeten la diversidad cerebral, fomenten la curiosidad y permitan progresos graduales. El cerebro, concluye, siempre está cambiando; la cuestión es en qué dirección lo empujamos cada día.



